Presentación en Castellón.

Librería Argot.
Calle San Vicente 16
Viernes, 19 de enero, a las 19 horas.
Castellón.



Un diablo y su pícaro aprendiz que quieren vivir a cuerpo, no de rey, sino de político o banquero, que por algo ganan más dinero.

Sátira, picaresca, humor negro.

De la mano de un diablo peculiar nuestro protagonista recorrerá la España de los privilegios, las prebendas, la prostitución enmascarada, la mafia insertada en las entretelas del despotismo poco o nada ilustrado.         

GARABANDAL, solo Dios lo sabe - TRAILER OFICIAL

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (3)



Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (3)

I
ALGUNAS IDEAS GENERALES

3. La posibilidad de recuperación.

Hubo una vez, o quizá más de una vez, un hombre que entró en una cantina y pidió un vaso de cerveza. No mencionaré su nombre por razones diversas y obvias: hoy en día tal vez sea difamatorio decir esto de un hombre, y quizá podría exponerlo a la persecución policial bajo esas leyes cada vez más humanas de nuestros tiempos. En lo que concierne a esta primera acción referida, podría haber tenido cualquier nombre: William Shakespeare, o Geoffrey Chaucer, o Charles Dickens, o Henry Fielding, o cualquiera de esos nombres comunes que surgen en todas partes entre el pueblo.
Lo importante del hombre es que pidió un vaso de cerveza. Y todavía más importante es que se lo bebió. Y lo más importante de todo es que (lamento decirlo) lo escupió y arrojó el jarro al tabernero. Porque la cerveza era abominablemente mala.
Es cierto que todavía no la había sometido a ningún análisis químico, pero después de haber bebido un poco se sintió íntima, muy íntimamente persuadido de que a la cerveza le pasaba algo. Cuando ya llevaba una semana enfermo, empeorando constantemente, llevó parte de la cerveza al analista, y ese sabio, luego de hervirla, congelarla, volverla azul, verde, amarilla, le dijo que realmente contenía considerable cantidad de veneno mortífero. «Continuar bebiéndola -dijo el hombre de ciencia pensativamente- será sin duda un proceder arriesgado, pero la vida es inseparable del riesgo. Y antes de decidirse a abandonarla, debe resolver qué sustituto se propone echar dentro de sí, en lugar del brebaje que actualmente reposa allí. Si me trae una lista de lo seleccionado en materia tan difícil, con gusto le señalaré las diferentes objeciones científicas que pueden reunirse contra todos los posibles sustitutos».
El hombre se marchó. Y continuó sintiéndose cada vez peor; y notó que en realidad nadie estaba verdaderamente bien. Al pasar frente a la taberna sucedió que sus ojos tropezaron con varios amigos que, agonizantes, se retorcían en el suelo; y no pocos estaban muertos y rígidos, amontonados en el camino. Para su espíritu simple esto pareció un asunto de cierta importancia para la comunidad; de modo que se dirigió apresuradamente al tribunal y presentó una queja contra la fonda. «Parecería en verdad - dijo el juez de paz- que la casa que usted menciona es una de esas en las cuales se asesina sistemáticamente a la gente por medio de veneno. Pero antes de exigir un procedimiento tan drástico como el de echarla abajo o clausurarla tiene que considerar un problema de no muy fácil solución. ¿Ha pensado con precisión qué edificio pondría en su lugar...?».
Al llegar a este punto, siento decir que el hombre dio un fuerte grito, y que se le sacó del tribunal por la fuerza, anunciándose que se estaba volviendo loco. Por cierto que esta creencia en su enfermedad mental aumentó su mal físico; tanto, que consultó a un distinguido doctor en psicología y psicoanálisis, el cual le dijo confidencialmente: «En cuanto al diagnóstico, no cabe duda de que sufre usted una enfermedad mental; pero en cuanto al tratamiento, puedo decirle con franqueza que es muy difícil encontrar algo que ocupe el lugar de ese mal. ¿Ha pensado cuál es la alternativa de la locura...?». Entonces el hombre dio un brinco, agitando los brazos y gritó: «No hay. La locura no tiene alternativa. Es inevitable. Es universal. Debemos sacar de ella el mayor partido posible». Así, sacándole el mayor partido, mató al magistrado y al analista; y ahora está en un manicomio, tan feliz como puede serlo.
En la precedente historia se defiende la tesis de que es necesario atender primordialmente al comienzo de un esbozo de renovación social. Se refería a un caballero a quien se le preguntó con qué sustituiría el veneno que le habían metido dentro, o qué plan constructivo tenía para remplazar la cueva de asesinos donde lo habían envenenado. Algo similar se nos exige a los que consideramos la plutocracia como un veneno o el actual Estado plutocrático como algo semejante a una cueva de ladrones. Es posible que en la parábola del veneno el lector comparta algo de la impaciencia del protagonista. Dirá que nadie es tan necio como para no librarse del cianuro o de los criminales profesionales simplemente porque había diferencia de opiniones en cuanto a las consecuencias que seguirían al hecho de librarse de ellos. Yo le pediría al lector que fuera un poco más paciente, no sólo conmigo, sino también consigo mismo; y que se preguntara por qué obramos con tal prontitud en el caso del veneno y el crimen. No es, en realidad, ni siquiera en este terreno, porque seamos indiferentes al sustituto. No deberíamos considerar un veneno como antídoto de otro veneno si empeorara la enfermedad. No dispondríamos que un ladrón atrapara a otro ladrón si en realidad esto aumentara la cifra de robos. El principio por el cual estamos obrando, aunque estuviéramos obrando demasiado rápidamente para pensar, o pensando demasiado rápidamente para definir, es, sin embargo, un principio que podríamos definir. Si damos simplemente un emético a un hombre que ha ingerido veneno, no es porque creamos que puede vivir de eméticos más de lo que puede vivir de venenos. Es porque creemos que después de que se haya repuesto del veneno en primer lugar y del emético después, llegará un momento en que él mismo pensará que le gustaría tomar un poco de comida ordinaria. Ése es el punto de partida de toda la teoría, en lo que toca a nosotros.
Si se quitan ciertos impedimentos, no es tanto cuestión de qué haríamos nosotros como de qué haría él. De modo que si salvamos la vida a cierto número de personas sacándolas de la cueva de envenenadores, en ese momento no preguntamos qué harán con esas vidas. Supongamos que harán algo más sensato que tomar veneno. Dicho con otras palabras, el simplísimo supuesto inicial sobre el cual se basan todas esas reformas es el siguiente: si suprimimos la presión de un peligro o de un dolor inmediato habrá alguna tendencia a reponerse. Al comienzo de este plan esquemático de reforma social que me propongo trazar aquí, deseo aclarar este principio general de recuperación sin el cual aquél sería ininteligible. Creemos que si las cosas se liberaran se recuperarían, y también creemos (y esto es muy importante en el aspecto práctico) que si las cosas empiezan a liberarse, empezarán a recobrarse. Si el hombre deja simplemente de beber mala cerveza, su cuerpo hará un esfuerzo para recobrar sus condiciones normales. Sólo con que el hombre escape de los que lo están envenenando lentamente, el mismo aire que respire será en cierta medida un antídoto del veneno.
En los ensayos que siguen espero explicar por qué creo que el problema de la verdadera reforma social se divide en dos etapas y hasta en dos ideas distintas. Una es la detención de una carrera que ya se está encaminando hacia un monopolio enloquecido, invirtiendo esa revolución y volviendo a algo más o menos normal, aunque en modo alguno ideal; la otra consiste en tratar de inspirar a esa sociedad más normal algo ideal en el verdadero sentido, aunque no necesariamente utópico. Pero lo primero que hay que comprender es que cualquier alivio de la presión actual probablemente tenga más efecto moral del que imagina la mayoría de nuestros críticos. Hasta ahora, todos los triunfos han sido triunfos del monopolio plutocrático, y todas las derrotas han sido derrotas de la propiedad privada. Me atrevo a conjeturar que una verdadera derrota de un monopolio tendría un efecto inmediato e incalculable, muy superior a su significado intrínseco, como las primeras derrotas en el campo de batalla de un imperio militar como Prusia, que hacía alarde de invencible. A medida que cada grupo o familia vuelva al verdadero ejercicio de la propiedad privada se convertirá en centro de influencia, en misión. No estamos tratando el problema de una elección general cuyo cómputo se hará mediante una máquina calculadora. Se trata de un movimiento popular, que nunca depende de simples números.
Por eso hemos empleado tan a menudo, sencillamente como modelo fundamental, la cuestión de la comunidad labriega. Lo característico de la comunidad labriega es que no es una máquina, cuando prácticamente todo Estado social ideal es una máquina, esto es, una cosa que trabaja como está establecido en un modelo. Para una utopía se hacen leyes y sólo observándolas puede mantenerse la utopía. No se hacen leyes para una comunidad labriega. Se hace la comunidad labriega, y los labriegos hacen las leyes. No quiero decir -como aclararé suficientemente cuando llegue a asuntos más particulares- que no deban dictarse leyes para el establecimiento de una comunidad labriega o incluso para su protección. Quiero decir que la índole de la comunidad labriega no depende de las leyes. Depende de los labriegos. Los hombres han permanecido lado a lado durante siglos en sus heredades separadas y aproximadamente iguales, sin que ninguno de ellos haya comprado la mayor parte de la tierra. Sin embargo, pocas veces ha existido alguna ley contra la compra de la mayor parte de la tierra. Los labriegos no podían comprar porque los labriegos no querían vender. Porque cuando existe esta forma de igualdad moderada, no es una mera fórmula legal; es también una realidad moral y psicológica. La gente, cuando se encuentra en esa situación, se comporta como cuando está cómoda. Esto es, se queda donde está; o por lo menos se comporta normalmente. No hay nada en la lógica abstracta que pruebe que la gente no puede sentirse igualmente cómoda en una utopía socialista. Pero los socialistas que describen utopías sienten en general, de un modo vago, que la gente no estaría cómoda y por eso tienen que hacer sus simples leyes de control económico tan detalladas y claras. Usan su ejército de funcionarios para trasladar a los hombres como a multitudes de cautivos de cuarteles viejos a nuevos cuarteles, sin duda mejores cuarteles. Pues bien, creemos que los esclavos a quienes liberemos lucharán por nosotros como soldados.
Dicho con otras palabras, todo lo que pido en esta nota preliminar es que el lector comprenda que estamos tratando de hacer algo que ande por sí mismo. Una máquina no anda por sí misma. Un hombre sí anda por sí mismo, aun cuando se dirija a cantidad de metas que hubiera sido más prudente evitar. Cuando se libra de determinadas desventajas, en cierta medida puede asumir la responsabilidad. Todos los sistemas de concentración colectiva llevan consigo la cualidad de controlar al hombre hasta cuando es libre; si queréis, de controlarlo para mantenerlo libre. Tienen idea de que el hombre no será envenenado si hay un médico de pie detrás de su silla a la hora de la comida para controlar lo que se come y se bebe.
Nosotros creemos que el hombre puede necesitar un médico cuando ha sido envenenado, pero que no lo necesita cuando no lo ha sido. No decimos, como posiblemente digan ellos, que será siempre perfectamente feliz o perfectamente bueno; porque en la vida hay otros factores además del económico, y hasta el económico está alcanzado por el pecado original.
No decimos que porque no necesite un médico no necesita un sacerdote, o una esposa, o un amigo, o un dios; ni que sus relaciones con todos ellos puedan asegurarse mediante sistema social alguno. Pero sí decimos que hay algo mucho más real y mucho más digno de confianza que ningún sistema social; y es una sociedad. Existen algo así como gentes que encuentran la vida social que les conviene y que les permite llevarse relativamente bien unos con otros. No hay que esperar hasta haber establecido ese tipo de sociedad en todas partes. Importa que se haya establecido en alguna parte. De modo que si al principio se me dice «usted no cree que el socialismo o que un capitalismo reformado vayan a salvar a Inglaterra; pero, ¿cree realmente que el distributismo salvará a Inglaterra?», contesto: «No; creo que los ingleses salvarán a Inglaterra si empiezan a tener media oportunidad».
Por eso tengo esperanzas en ese sentido; creo que el fracaso ha sido un fracaso de la máquina y no de los hombres. Y, como acabo de explicar, estoy del todo de acuerdo en que es muy diferente dejar el trabajo para un hombre que dejar un plan para una máquina. Pido al lector que se haga cargo de tal distinción a estas alturas de la descripción, antes de continuar describiendo más precisamente algunas de las posibles tendencias de reforma.
No me avergüenzo lo más mínimo de estar dispuesto a escuchar razones, no tengo el menor temor de dejar las cosas expuestas a ajustes; no me molesta el punto de vista de los que plasman estos principios en sus programas desviándolos en muchos aspectos. Tengo demasiada buena fe para tratar mi propio programa como un programa interesado y para pretender que mi proyecto privado se convierta sin enmiendas en decreto parlamentario. En este caso concreto, no obstante, tengo un motivo particular para insistir, en este capítulo, en que hay bastante probabilidad de salvación; y para pedir que esta regular probabilidad sea considerada con relativa alegría. No me interesa mucho esa especie de virtud americana que ahora llaman a veces optimismo. Huele demasiado a Ciencia Cristiana para ser consuelo de cristianos. Pero sí siento, en los hechos de este caso particular, que hay una razón para prevenir a la gente contra una exhibición demasiado apresurada de pesimismo y contra el orgullo de la impotencia. Pido a todos que piensen, libre y abiertamente, si no puede llevarse a cabo algo en el estilo de lo aquí indicado, aunque se haga, en cuanto al detalle, de manera diferente; porque es una cuestión del modo de ver de los hombres. La situación es demasiado seria como para que los hombres estén en otro estado de ánimo que no sea el buen humor. Y a propósito de esto me aventuraría a hacer una advertencia.
Un hombre ha sido conducido por un guía atolondrado o por un compañero de viaje hasta el borde de un precipicio, al cual podría muy bien haber caído en la oscuridad. Puede decirse con razón que no hay nada más que hacer que sentarse y esperar el día. Con todo, estaría bien pasar las horas de oscuridad discutiendo si sería mejor volver atrás, a terreno más seguro; y el repaso de cualesquiera hechos y la formulación de cualquier plan de viaje coherente no serán una pérdida de tiempo, especialmente si no hay nada más que hacer. Pero nos inclinaríamos a dar un consejo al guía que guió mal al viajero ingenuo, especialmente si se trata en realidad de un extranjero ingenuo, de un hombre tal vez de poca educación y de emociones elementales. Le aconsejaríamos que no perdiera el tiempo demostrando concluyentemente la imposibilidad de volver atrás, la inexistencia de terreno verdaderamente seguro detrás, la improbabilidad de volver a hallar el camino hacia la casa y la necesidad de proseguir la marcha y no volver nunca atrás. Si es un hombre de tacto, a pesar de su error inicial, evitará ese tono en la conversación. Si no es un hombre de tacto, no es del todo imposible que antes de finalizada la conversación alguien caiga al precipicio, y ese alguien no sería el extranjero ingenuo.
Un ejército ha marchado a través del desierto, con su columna, según la frase militar, en el aire; bajo el mando de un jefe confiado, tiene la seguridad de lograr comunicaciones mucho mejores que las antiguas. Cuando los soldados están casi agotados por la marcha, y cuando la tropa ha sufrido horribles privaciones a causa del hambre y la intemperie, se dan cuenta de que han avanzado sin apoyo en dirección al territorio enemigo, y de que los signos de actividad militar que pueden verse en todas partes son sólo los del cerco enemigo que se va cerrando. Súbitamente se detiene la marcha y el jefe arenga a sus hombres. Hay muchísimas cosas que podría decir. Algunos pensarán que sería mejor que no dijera absolutamente nada. Muchos sostendrán que cuanto menos diga, tanto mejor. Otros opinarán, y con muchísima razón, que se necesita aún más coraje para una retirada que para un avance. Tal vez se le aconseje animar a sus hombres desilusionados, amenazando al enemigo con una desilusión más dramática, declarando que todavía lo vencerán, que escaparán de la red aunque ya esté echada, y que su fuga será todavía más victoriosa que la victoria común.
De todos modos hay un tipo de arenga que el jefe no dirigirá nunca a sus hombres, a menos que sea mucho más tonto de lo que parece por su error primero. No dirá: «Ahora estamos ocupando una posición que tal vez les parezca humillante; pero les aseguro que no es nada al lado de la humillación que sin duda sufrirán cuando hagan una serie de tentativas inevitablemente fútiles para mejorarla o para replegarse hacia lo que quizá consideren tontamente como una posición más fuerte. Me divierten mucho sus absurdas insinuaciones de que debemos volver a nuestras antiguas comunicaciones; porque de todos modos nunca me parecieron gran cosa sus antiguas comunicaciones sarnosas». Ha habido motines en el desierto otras veces, y es posible que el general no muera en combate con el enemigo.
Una gran nación y civilización ha seguido durante cien años o más una forma de progreso que se mantuvo independiente de determinadas comunicaciones antiguas, bajo la forma de antiguas tradiciones acerca de la tierra, el hogar o el altar. Ha avanzado bajo el mando de dirigentes confiados, por no decir absolutamente seguros de sí mismos.
Tenían la plena seguridad de que sus leyes económicas eran rígidas, su teoría política acertada, su comercio beneficioso, sus parlamentos populares, su prensa ilustrada y su ciencia humana. Con esta confianza sometieron a su pueblo a ciertos experimentos nuevos y atroces: lo llevaron a hacer de su propia nación independiente una eterna deudora de unos pocos hombres ricos; y a apilar la propiedad privada en montones que fueron confiados a los financieros; a cubrir su tierra de hierro y piedra y a despojarla de hierbas y granos; a llevar alimento fuera de su propio país con la esperanza de volver a comprarlo en los confines de la tierra; a llenar su pequeña isla de hierro y oro, hasta recargarla como barco que se hunde; a dejar que los ricos se hicieran cada vez más ricos y menos numerosos, y los pobres más pobres y más numerosos; a dejar que el mundo entero se partiera en dos con una guerra de meros señores, y meros sirvientes; a malograr toda especie de prosperidad moderada y patriotismo sincero, hasta que no hubo independencia sin lujo ni trabajo sin perversidad; a dejar a millones de hombres sujetos a una disciplina distante e indirecta y dependientes de un sustento indirecto y distante, matándose de trabajo sin saber por quién y tomando los medios de vida sin saber de dónde; y todo pendiente de un hilo de comercio exterior que se iba haciendo más y más delgado.
Todavía pueden decirse muchas cosas a las gentes que han sido llevadas a esa situación. Convendrá recordarles que una simple rebelión desordenada empeoraría las cosas en vez de mejorarlas. Ciertas complejidades deben tolerarse por un tiempo, porque corresponden a otras complejidades, y las dos deben simplificarse juntas cuidadosamente. Pero si pudiera decir una palabra a los príncipes y gobernantes de semejante pueblo, a los que lo han llevado a esa situación, les diría tan seriamente como puede un hombre decir algo a otros hombres: «Por Dios, por nosotros y, sobre todo, por vosotros mismos, no os precipitéis ciegamente a decirles que no hay salida en la trampa a la cual los condujo vuestra necedad; que no hay otro camino más que aquel por el cual vosotros los habéis llevado a la ruina; que no hay progreso fuera del progreso que ha terminado aquí. No estéis tan impacientes por demostrar a vuestras desventuradas víctimas que lo que carece de ventura carece también de esperanza. No estéis tan deseosos de convencerlos de que también habéis agotado vuestros recursos, ahora que ha llegado el final del experimento. No seáis tan elocuente, tan esmerada, tan racional y radiantemente convincentes para probar que vuestro propio error es aún más irrevocable e irremediable de lo que es. No tratéis de reducir el mal industrial mostrando que es un mal incurable. No aclaréis el oscuro problema del pozo carbonífero demostrando que es un pozo sin fondo. No digáis a la gente que no hay más camino que éste; porque muchos, aun ahora, no lo soportarán. No digáis a los hombres que es el único sistema posible, porque muchos ya considerarán imposible resistirlo. Y un tiempo después, ya demasiado tarde, cuando los destinos se hayan vuelto más oscuros y los fines más claros, la masa de los hombres tal vez conozca de pronto el callejón sin salida donde los ha conducido vuestro progreso. Entonces tal vez se vuelvan contra vosotros en la trampa. Y si bien han aguantado todo lo demás, quizás no aguanten la ofensa final de que no podáis hacer nada; de que ni siquiera intentéis hacer algo. "¿Qué eres, hombre, y por qué desesperas?", escribió el poeta. Dios te perdonará todo menos tu desesperación. El hombre también os puede perdonar vuestros errores y quizás no os perdone vuestra desesperación».

Me encanta Valencia.



                Me gusta Valencia en invierno, en verano, en cualquier estación. Me gusta Valencia como es, con sus aciertos y defectos. Me gusta Valencia pese a los intentos del concejal Grezzi por transformarla. Valencia es enseña del Mediterráneo, madre adoptiva de Rodrigo Díaz de Vivar, rosa perfumada de Levante y orgullo español, semáforo de Europa, murciélago ruidoso en noches de verano, cuna de flores y naranjos, de luz y de colores, de pólvora y arrozales, eterna tercería en capitalidades hispanas, esplendoroso contraste de pasado y futuro que pierde el presente, sastrería de moda, inversora de los siete pecados capitales y algunos otros provincianos, circuito de carreras en la fuga de cerebros, pescadora de sueños pecadores, velero al viento descuajado por huracanes trapicheados. Pueblo trabajador, mestizo y afable, que reúne en sus calles esfuerzo y sudor, penas y alegrías, amabilidad, humor y amor. 
En su interior, el Turia, traicionero río de gotas frías, fue cambiado de lugar para no molestar y así, su trayecto inicial, se transformó en un inmenso parque lleno de actividad donde dormita Gulliver, algo hastiado del verano prolongado, o tal vez aburrido, por el sopor provinciano de algunos gobernantes que, al ombligo mirando, han olvidado cómo se hace el nudo de un futuro razonablemente humano.
El puente de la avenida del Cid abre un inmenso mundo dispuesto a ser conquistado con el corazón en la mano. La grandiosa obra de Rincón de Arellano, iniciada por el Marqués del Turia, Tomás Trenor, transmutó la naturaleza domesticando un río de esos que ahora no y luego sí, de ahora quiero y después no puedo, de sequías duraderas y sorpresivas inundaciones.
A caballo de Babieca llegaremos hasta la plaza España, uno de los ejes neurálgicos de la ciudad, de las Torres de Quart, del paseo de la Pechina. Ciudad medieval, mora y judería, romana e hispana, soñadora y romántica, pincelada de Benlliure, colorido de Sorolla, verso de Sor Isabel de Villena, humanismo de Luis Vives, sonoridad de Iturbi, copla de la Piquer.
                Hoy he paseado por Valencia y me encanta esta ciudad de la Virgen de los Desamparados.


Texto extraído y modificado de la novela.

España Invertebrada. Capítulo 5. José Ortega y Gasset.



5 PARTICULARISMO

Entre las nuevas emociones suscitadas por el cinematógrafo hay una que hubiera entusiasmado a Goethe. Me refiero a esas películas que condensan en breves momentos todo el proceso generativo de una planta. Entre la semilla que germina y la flor que se abre sobre el tallo como corona de la perfección vegetal, transcurre en la naturaleza demasiado tiempo. No vemos emanar la una de la otra: los estadios del crecimiento se nos presentan como una serie de formas inmóviles, encerrada y cristalizada cada cual en sí misma y sin hacer la menor referencia a la anterior ni a la subsecuente. No obstante, sospechamos que la verdadera realidad de la vida vegetal no es esa serie de perfiles estáticos y rígidos, sino el movimiento latente en que van saliendo unos de otros, transformándose unos en otros. De ordinario, el tempo que la batuta de la naturaleza impone al crecimiento de las plantas es más lento que el exigido por nuestra retina para fundir dos imágenes quietas en la unidad de un movimiento. En algunos casos, tan raros como favorables, el tempo de la planta y el de nuestra retina coinciden, y entonces el misterio de su vida se hace patente a nuestros ojos. Esto aconteció a Goethe cuando bajaba del Norte a Italia: sus pupilas intensas y avizoras, habituadas al ritmo germinal de la flora germánica, quedan sorprendidas por el allegro de la vegetación meridional, y al choque de la nueva intuición descubre la ley botánica de la metamorfosis, genial contribución de un poeta a la ciencia natural.
Para entender bien una cosa es preciso ponerse a su compás. De otra manera, la melodía de su existencia no logra articularse en nuestra percepción y se desgrana en una secuencia de sonidos inconexos que carecen de sentido. Si nos hablan demasiado de prisa o demasiado despacio, las sílabas no se traban en palabras ni las palabras en frases. ¿Cómo podrán entenderse dos almas de tempo melódico distinto? Si queremos intimar con algo o con alguien, tomemos primero el pulso de su vital melodía y, según él exija, galopemos un rato a su vera o pongamos al paso nuestro corazón.
Ello es que el cinematógrafo empareja nuestra visión con el lento crecer de la planta y consigue que el desarrollo de ésta adquiera a nuestros ojos la continuidad de un gesto. Entonces lo entendemos con la evidencia misma que a una persona familiar, y nos parece la eclosión de la flor el término claro de un ademán.
Pues bien: yo imagino que el cinematógrafo pudiera aplicarse a la historia y, condensados en breves minutos, corriesen ante nosotros los cuatro últimos siglos de vida española. Apretados unos contra otros los hechos innumerables, fundidos en una curva sin poros ni discontinuidades, la historia de España adquiriría la claridad expresiva de un gesto y los sucesos contemporáneos en que concluye el vasto ademán se explicarían por sí mismos, como unas mejillas que la angustia contrae o una mano que desciende rendida.
Entonces veríamos que de 1580 hasta el día cuanto en España acontece es decadencia y desintegración. El proceso incorporativo va en crecimiento hasta Felipe II. El año vigésimo de su reinado puede considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta su cima, la historia de España es ascendente y acumulativa; desde ella hacia nosotros, la historia de España es decadente y dispersiva. El proceso de desintegración avanza en rigoroso orden de la periferia al centro. Primero se desprenden los Países Bajos y el Milanesado; luego, Nápoles. A principios del siglo XIX se separan las grandes provincias ultramarinas, y a fines de él, las colonias menores de América y Extremo Oriente. En 1900, el cuerpo español ha vuelto a su nativa desnudez peninsular. ¿Termina con esto la desintegración? Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión, intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos... Es el triste espectáculo de un larguísimo, multisecular otoño, laborado periódicamente por ráfagas adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.  
El proceso incorporativo consistía en una faena de totalización: grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. La desintegración es el suceso inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte. A este fenómeno de la vida histórica llamo particularismo y si alguien me pregunta cuál es el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo contestaría con esa palabra.  
Pensando de esta suerte, claro es que me parece una frivolidad juzgar el catalanismo y el bizcaitarrismo como movimientos artificiosos nacidos del capricho privado de unos cuantos. Lejos de esto, son ambos no otra cosa que la manifestación más acusada del estado de descomposición en que ha caído nuestro pueblo; en ellos se prolonga el gesto de dispersión que hace tres siglos fue iniciado. Las teorías nacionalistas, los programas políticos del regionalismo, las frases de sus hombres carecen de interés y son en gran parte artificios. Pero en estos movimientos históricos, que son mecánica de masas, lo que se dice es siempre mero pretexto, elaboraciones superficiales, transitorias y ficticias, que tiene sólo un valor simbólico como expresión convencional y casi siempre incongruente de profundas emociones, inefables y oscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva. Todo el que en política y en historia se rija por lo que se dice, errará lamentablemente. Ni el programa del Tívoli expresa adecuadamente el impulso centrífugo que siente el pueblo catalán, ni la ausencia de esos programas secesionistas prueba que Galicia, Asturias, Aragón, Valencia no sientan exactamente el mismo instinto de particularismo.  
Lo que la gente piensa y dice -la opinión pública- es siempre respetable, pero casi nunca expresa con rigor sus verdaderos sentimientos. La queja del enfermo no es el nombre de su enfermedad. El cardíaco suele quejarse de todo su cuerpo menos de su víscera cordial. A lo mejor nos duele la cabeza, y lo que tienen que curamos es el hígado. Medicina y política, cuanto mejores son, más se parecen al método de Ollendorf.  
La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás. No le importan las esperanzas o necesidades de los otros y no se solidarizará con ellos para auxiliarlos en su afán. Como el vejamen que acaso sufre el vecino no irrita por simpática transmisión a los demás núcleos nacionales, queda éste abandonado a su desventura y debilidad. En cambio, es característica de este estado social la hipersensibilidad para los propios males. Enojos o dificultades que en tiempos de cohesión son fácilmente soportados, parecen intolerables cuando el alma del grupo se ha des integrado de la convivencia nacional (1).
En este esencial sentido podemos decir que el particularismo existe hoy en toda España, bien que modulado diversamente según las condiciones de cada región. En Bilbao y Barcelona, que se sentían como las fuerzas económicas mayores de la Península, ha tomado el particularismo un cariz agresivo, expreso y de amplia musculatura retórica. En Galicia, tierra pobre, habitada por almas rendidas, suspicaces y sin confianza en sí mismas, el particularismo será reentrado, como erupción que no puede brotar, y adoptará la fisonomía de un sordo y humillado resentimiento, de una inerte entrega a la voluntad ajena, en que se libra sin protestas el cuerpo para reservar tanto más la íntima adhesión.  
No he comprendido nunca por qué preocupa el nacionalismo afirmativo de Cataluña y Vasconia y, en cambio, no causa pavor el nihilismo nacional de Galicia o Sevilla. Esto indica que no se ha percibido aún toda la profundidad del mal y que los patriotas con cabeza de cartón creen resuelto el formidable problema nacional si son derrotados en unas elecciones los señores Sota o Cambó.  
El propósito de este ensayo es corregir la desviación en la puntería del pensamiento político al uso, que busca el mal radical del catalanismo y bizcaitarrismo en Cataluña y en Vizcaya, cuando no es allí donde se encuentra. ¿Dónde, pues?  
Para mí esto no ofrece duda: cuando una sociedad se consume víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el Poder central. Y esto es lo que ha pasado en España.  
Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho. Núcleo inicial de la incorporación ibérica, Castilla acertó a superar su propio particularismo e invitó a los demás pueblos peninsulares para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida común. Inventa Castilla grandes empresas incitantes, se pone al servicio de altas ideas jurídicas, morales, religiosas; dibuja un sugestivo plan de orden social; impone la norma de que todo hombre mejor debe ser preferido a su inferior, el activo al inerte, el agudo al torpe, el noble al vil. Todas estas aspiraciones, normas, hábitos, ideas se mantienen durante algún tiempo vivaces. Las gentes alientan influidas eficazmente por ellas, creen en ellas, las respetan o las temen. Pero si nos asomamos a la España de Felipe III advertimos una terrible mudanza. A primera vista nada ha cambiado, pero todo se ha vuelto de cartón y suena a falso. Las palabras vivaces de antaño siguen repitiéndose, pero ya no influyen en los corazones: las ideas incitantes se han tomado tópicos. No se emprende nada nuevo, ni en lo político, ni en lo científico, ni en lo moral. Toda la actividad que resta se emplea precisamente «en no hacer nada nuevo», en conservar el pasado -instituciones y dogmas-, en sofocar toda iniciación, todo fenómeno innovador. Castilla se transforma en lo más opuesto a sí misma: se vuelve suspicaz, angosta, sórdida, agria. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras regiones; celosa de ellas, las abandona a sí mismas y empieza a no enterarse de lo que en ellas pasa.  
Si Cataluña o Vasconia hubiesen sido las razas formidables que ahora se imaginan ser, habrían dado un terrible tirón de Castilla cuando ésta comenzó a hacerse particularista, es decir, a no contar debidamente con ellas. La sacudida en la periferia hubiera acaso despertado las antiguas virtudes del centro y no habrían, por ventura, caído en la perdurable modorra de idiotez y egoísmo que ha sido durante tres siglos nuestra historia.  
Analícense las fuerzas diversas que actuaban en la política española durante todas esas centurias, y se advertirá claramente su atroz particularismo. Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido el corazón, al fin y al cabo extranjero, de un monarca español o de la Iglesia española por los destinos hondamente nacionales? Que se sepa, jamás. Han hecho todo lo contrario: Monarquía e Iglesia se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales (2); han fomentado, generación tras generación, una selección inversa en la raza española. Sería curioso y científicamente fecundo hacer una historia de las preferencias manifestadas por los reyes españoles en la elección de las personas. Ella mostraría la increíble y continuada perversión de valoraciones que los ha llevado casi indefectiblemente a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables. Ahora bien, el error habitual, inveterado, en la elección de personas, la preferencia reiterada de lo ruin a lo selecto es el síntoma más evidente de que no se quiere en verdad hacer nada, emprender nada, crear nada que perviva luego por sí mismo. Cuando se tiene el corazón lleno de un alto empeño se acaba siempre por buscar los hombres más capaces de ejecutarlo.
En vez de renovar periódicamente el tesoro de ideas vitales, de modos de coexistencia, de empresas unitivas, el Poder público ha ido triturando la convivencia española y ha usado de su fuerza nacional casi exclusivamente para fines privados.  
¿Es extraño que, al cabo del tiempo, la mayor parte de los españoles, y desde luego la mejor, se pregunte: para qué vivimos juntos? Porque vivir es algo que se hace hacia adelante, es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro. No basta, pues, para vivir la resonancia del pasado, y mucho menos para convivir. Por eso decía Renán que una nación es un plebiscito cotidiano. En el secreto inefable de los corazones se hace todos los días un fatal sufragio que decide si una nación puede de verdad seguir siéndolo. ¿Qué nos invita el Poder público a hacer mañana en entusiasta colaboración? Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el poder público que los españoles existamos no más que para que él se dé el gusto de existir. Como el pretexto es excesivamente menguado, España se va deshaciendo, deshaciendo... Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo...  
Así, pues, yo encuentro que lo más importante en el catalanismo y el bizcaitarrismo es precisamente lo que menos suele advertirse en ellos, a saber: lo que tienen de común, por una parte, con el largo proceso de secular desintegración que ha segado los dominios de España; por otra parte, con el particularismo latente o variamente modulado que existe hoy en el resto del país. Lo demás, la afirmación de la diferencia étnica, el entusiasmo por sus idiomas, la crítica de la política central, me parece que, o no tiene importancia, o si la tiene, podría aprovecharse en sentido favorable.  
Pero esta interpretación del secesionismo vasco-catalán como mero caso específico de un particularismo más general existente en toda España queda mejor probada si nos fijamos en otro fenómeno agudísimo, característico de la hora presente y que nada tiene que ver con provincias, regiones ni razas: el particularismo de las clases sociales.


(1) Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos «oprimidos por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja habrá de parecer grotesca. Pero a quien le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de ésta como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión, injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y Vasconia se hallan. 

(2) El caso de Carlos III constituye a primera vista una excepción, que a la postre vendría, como toda excepción, a confirmar la regla. Pero en la estimación que hace treinta años sentían los «progresistas» españoles por Carlos III, hay una mala inteligencia. Podrá una parte de su política ser simpática desde el punto de vista de la cultura humana, pero el conjunto es acaso el más particularista y antiespañol que ofrece la historia de la Monarquía.

Presentación en Castellón.

Reportaje fotográfico.

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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