jueves, 28 de abril de 2011

La casa de las bellas durmientes

Hoy recojo el enlace del blog Atisbos sobre la novela de Yasunari Kawabata “La casa de las bellas durmientes”. Me parece un libro interesante que espero esté pronto en mi biblioteca. Una reflexión sobre lo inevitable de la muerte que, gracias a Dios, no distingue entre ricos y pobres. Por otro lado es el maestro de uno de los más grandes autores japoneses. Me refiero a Yukio Mishima, un autor que según mi opinión merecía el premio Nobel y que fue escamoteado por la Academia Sueca.

Copio literalmente el texto del blog:


Yasunari Kawabata nació en Osaka, en 1899. Se licenció en la carrera de Literatura japonesa por la Universidad de Tokio. Yukio Mishima fue su discípulo, además de gran amigo, con quien mantuvo contacto hasta la muerte de éste. En 1972, cuatro años después de recibir el Nobel de Literatura, muere de manera extraña. Sus biógrafos y estudiosos parecen coincidir en el suicidio como causa de su muerte, aunque su viuda y demás familiares nunca admitieron tal posibilidad.
Hace tiempo leí de este autor Lo bello y lo triste, que me gustó bastante. Así que, aún teniendo en casa demasiadas lecturas pendientes, no pude evitar coger de la biblioteca pública este libro. Unas doscientas páginas. Pensé que iba a leer una novela, pero se trata más bien de un relato largo que comparte edición con otros dos cuentos del autor.
En La casa de las bellas durmientes Kawabata nos cuenta una historia extraña. Lo que parece una clara muestra de satirismo más que estomagante, se transforma en una cota desde la que se otea el inevitable final de la existencia humana, lento y cruel, que el autor, de manera más que pesimista, muestra como una transfiguración del hombre en no hombre, en algo repelente, feo, inservible: en un anciano.
Se nos expone el intento de retardar el final ineludible a través del contacto con la mujer joven, aunque sea mediante una relación bastarda. Y se nos muestra el patetismo de la condición humana, el propósito de retardar la muerte mediante la memoria, que es volver a vivir lo ya pasado.
Al final la muerte, efectivamente, se hace presente. Pero la muerte tiene la misma cara para todos, sin excepción




martes, 26 de abril de 2011

Alma (un relato)

            Como banquero judío que jamás perdona deudas, así la vida pasa al cobro las facturas pendientes. Quizás hice algo mal, una frase equivocada, un silencio improcedente. Maldito comportamiento, nunca me dieron el manual de instrucciones. Esa es la verdad que corroe mis entrañas: palabras que no debieron decirse, sueños que no debieron nacer.
Aquella tarde incierta, tan incierta como es hoy mi propia existencia, quedé encargado del cuidado de Alma. Esperanza tenía que ausentarse mientras que la niña y yo recorríamos el centro de la ciudad. Estaba tan ilusionada que no me atreví a contrariarla.
Recuerdo que Alma tenía un toque mágico, vital. Ahora estaba a mi lado, ahora saltaba de un escaparate a otro. La ciudad se transformaba en torrentes luminosos que inundaban sus ojos. Todo se concentraba en aquellos pequeños puntos negros. Tiendas de ropa, galerías comerciales, pastelerías, un universo policromático que era absorbido por una sed insaciable. La gran urbe mostraba sus encantos igual que una rosa cuando florece.
                Algunas veces me pregunto cuál fue el detonante de su atención pero de repente se detuvo ante una juguetería. Una de esas tiendas que tratan los escaparates como si cuidasen un churro de feria. Varias cajas se apilaban detrás del cristal intentando sobrevivir entre Taiwán y China. Una la sedujo con especial interés. En su interior un peluche con forma de perro la miraba sonriente.
                Inocentes, como si de un ángel surgieran las palabras, sus labios exclamaron:
               - ¡Nunca he visto un perrito tan bonito!
   - Muy bien, lo han hecho muy bien – dije sin darle mayor importancia – Es una pena que acabe tan pronto en la basura.
     Alma replicó:
  -  Si cuidas los juguetes no tienen por qué ir al contenedor. Este peluche es muy lindo. Siempre lo cuidaría, estaría a mi lado y podría dormir en mi cama.
  -  Estás equivocada princesa. Si lo llevas siempre contigo se desgastará antes. En poco tiempo se estropeará, se volverá viejo, feo y acabará apartado en un armario. Al cabo de unos meses el armario se vaciará y el juguete irá a parar en la basura. Si por el contrario no lo usas para que no se haga viejo, lo dejarás sobre tu cama o, tal vez  lo abandones en una vitrina. Cuando pasen unas semanas encontrarás otro peluche que atraerá tu atención. Te encariñarás con el nuevo y el otro quedará olvidado. Será guardado en el armario para tirarlo a la basura cuando toque limpieza. En definitiva, antes o después, los juguetes mueren en la basura.
 Durante unos instantes Alma me miró extrañada, luego miró al juguete, luego a mí de nuevo.
   - ¿Es que no piensas comprarme el perrito?
  - Te lo regalaré – accedí – pero debes prometerme que lo cuidarás y no dejarás que se convierta en otro trasto inservible.
Un salto de alegría, acompañado de palmas y gritos, festejaba el acontecimiento. Nadie puede negar nuestro parentesco con los primates, sobre todo cuando analizamos las muestras de júbilo en niños y en muchos adultos. A pesar de nuestra orgullosa civilización, no estamos lejos del comportamiento animal. Me pregunto qué pensaría de nosotros un ente superior si nos analizara con un microscopio.
 - Por aquí llega Esperanza.
Rápida como una centella corrió hacia mi esposa con el peluche entre sus manos.
-     Es un perrito – gritaba – Mira tía, me ha comprado un perrito.
-     Se ha encariñado con él – dije a Esperanza – Insistió y no me ha quedado más remedio que comprárselo. No era muy caro.
Ella frunció las cejas y esbozó una mueca, similar a una sonrisa, acompañada de un leve suspiro. Poco después nos sentábamos en la terraza de un bar para tomar un refresco.
-    No has quitado el espejo de su habitación – reprochó Esperanza acomodándose en la silla – La niña puede acercarse demasiado y caerle encima.
-    Claro, ya lo haré – evadí mientras veía jugar a la pequeña en un columpio – Es encantadora. ¿Cuántos años tendrá?
-    Imposible saberlo. Puede que ocho o nueve. Ya sabes que estos niños suelen estar desnutridos y llevan retraso en el crecimiento – contestó mientras bebía un zumo.
A la niña no se le había ocurrido otra cosa que perseguir a una mariposa alrededor del columpio. Con su mano derecha sujetaba el perro que corría sobre un prado invisible a un metro del suelo. Triples saltos mortales y piruetas se lanzaban tras el pobre insecto que revoloteaba sin prestarles atención.
-   ¿Cómo has quedado con el asistente social? – pregunté a Esperanza - ¿Qué ha podido averiguar?
-    Apenas sabía hablar cuando llegó a la residencia. Le costaba gran esfuerzo comunicarse con los demás. Sus cabellos raidos, sus silencios, su extremada delgadez le dieron el sobrenombre por el que se la conoce. El equipo de asistentes sociales no tiene nada su pasado.
-    ¿Le han preguntado a los que la encontraron? No sé, quizás estén pasando por alto alguna pista. Tal vez alguna prenda, algún objeto.
-    La encontraron desnuda en medio del bosque y no recuerda nada. El trauma debe ser tan grande que se niega a recordar el pasado. Los psicólogos piensan que, a medida crezca su confianza en nosotros, también aumentará la posibilidad de que nos proporcione información sobre su vida anterior.
-    A ti te conviene que se quede con nosotros – afirmé mientras ella dejaba el vaso sobre la mesa. Un pequeño brillo acuoso asomó por su mejilla – Sería como volver a empezar.
-    Después de todo – respondió ella con fingida sensatez - ¿qué importa eso? No debemos perder de vista que es una niña tutelada por la administración y que, en estos momentos, se encuentra bajo nuestra custodia.
Alma apareció en ese momento con la mariposa atrapada entre sus frágiles dedos. El olor de una rama de romero inundaba el aire con su fragancia. Se detuvo a mi lado y, al levantar la mirada, sentí como si la fuerza de cien pares de  ojos me desnudara recorriendo mi  interior.
-    ¿Se puede estropear? – preguntó Alma permitiéndome regresar al mundo de los vivos.
-   Una mariposa, un animal o cualquier ser vivo se puede estropear si lo tratamos como un juguete. Las cosas se pueden romper y los animalitos son más delicados que los juguetes, enseguida se rompen. Por eso lo mejor será que la dejes volar para que haga el parque más bonito.
Alma no estaba muy convencida de aquel argumento, en especial cuando se trataba de soltar a la mariposa que con tanto esfuerzo había conseguido atrapar. De forma similar a un funcionario cuando recibe una orden de un político, o de un parado que no puede aceptar más trabajo que el que le ofrece de forma benévola un empresario imbécil, la niña abrió sus dedos dejando en libertad el insecto.
Viendo como se movía el insecto entre las plantas y sujetando a la niña entre mis brazos, decidí  preguntar:
-    En el caso de que podamos encontrar a tu madre, ¿te alegrarías?
Y ella sin dudar me lanzó un certero golpe en la barbilla que me dejó fuera de juego.
-    ¿Dudas? ¿No quieres ser mi papa?
-    Un momento…, por supuesto princesa – respondí entrecortado – pero…, deberíamos hablar con tu familia. Quizás te están buscando.
La sonrisa de Esperanza ante mi torpeza fue tan generosa como puede ser la lluvia primaveral. Era una sonrisa limpia, alegre y discreta. La niña se dio cuenta  y dijo:
-   Casi ganas el cielo con esa alegría. Tengo que hacerte feliz y así es más fácil.
-   Eres muy amable – agradeció Esperanza atrayéndola hacía sí - ¿Quién te ha dicho que tienes que hacerme feliz?
-    No sé – contestó distraída – lo sé y nada más.
-   Dime pequeña, ¿cómo llegaste al bosque? – pregunté con la vana idea de obtener alguna respuesta - ¿Qué pasó? ¿Apareciste por arte de magia?
-   Eso debió ser – respondió ella.
La tarde siguiente mi mujer había salido de compras. Igual que los hunos en la conquista de Roma, un montón de papeles desordenados invadían la mesa del despacho. Una imagen de la Virgen de Fátima y una foto antigua aguantaban la embestida como dos botes a la deriva en una tormenta. Esperanza tenía un bebe en los brazos.
-   ¿Qué haces? – preguntó Alma.
-   Nada especial. A veces los mayores solemos perdernos en nuestros pensamientos – respondí dejando la foto sobre la mesa.
-    ¿Quién es?
-    Una niña que ahora tendría tu edad.
-   ¿Dónde está?
-     Se fue a un viaje muy largo.
Alma tenía en su poder el perro de juguete que saltaba de un lado a otro con la fuerza de un tigre. Me disponía a ordenar la mesa cuando la vi alejarse hacia su habitación. Recordé el espejo. Temí por ella y fui a su encuentro.
Estaba sentada en la cama intentando peinar el muñeco. Su imagen aparecía reflejada en el espejo. Era un modelo Berlín, algo antiguo, ovalado y de cuerpo entero. Dos barras negras sobre un soporte metálico permitían que estuviese de pie. En otra época Esperanza se pasaba horas probándose toda clase de vestidos. Me gustaba ver como se vestía y se desnudaba ante el cristal. Era como si tuviéramos un cómplice en la habitación, un voyeur que participaba de nuestras fantasías. Cuando la tragedia nos visitó, concentró cada milímetro de nuestra amargura. Después quedó solitario en la habitación de los invitados.
-    Ese espejo es viejo – afirmaron aquellos cabellos rubios desde el otro lado del espejo.
-    Lo sé.
-    ¿Lo vas a tirar?
-    Supongo que le queda poco tiempo. Ya está convirtiéndose en un trasto molesto y peligroso.
Dejando el peine a un lado me preguntó:
-    ¿Los juguetes también pueden ser trastos molestos y peligrosos?
-    Peligrosos puede que sí o puede que no, pero molestos estoy convencido de que sí y lo mejor es tirarlos en la basura.
No tardó mucho en regresar mi mujer.  Llegaba cargada con un abultado número de cajas. Las dejó caer de golpe sobre el sofá del comedor y rodaron voluminosas unas sobre otras. Pese al esfuerzo realizado regresaba sonriente con un color especial en sus mejillas.
-    Pensé que habías sido devorada por algún armario gigante o por una silla saltarina. ¿No habíamos quedado que ibas a comprar algo de ropa? Un poco más y traes la tienda entera.
-    Pensé que la niña necesita tantas cosas que no quería olvidarme de nada. Aún así algo habrá quedado pendiente de comprar. Mira traigo esta faldita que le vendrá muy, además de un trajecito muy bonito para la comunión de tu sobrino. No me digas que no le quedará coqueto. Un pijama rosa para cuando llegue el invierno, un suéter para el colegio…
Ya no la escuchaba. No hace falta ser Sherlock para comprender lo que estaba pasando.  En verdad no quería hacer daño, tan solo advertirle del peligro que se avecinaba. Los momentos duros necesitan un tiempo de reflexión. La preparación de esos momentos te lleva a sobrellevarlos mejor.
-    Cariño – dije – Puedo saber lo que está pasando por tu cabeza.
-    No te entiendo – respondió mientras abría algunos paquetes y empezaba a sacar la ropa.
-    No te das cuenta de lo que sucede: te estás encaprichando con la nena. Nos advirtieron de que uno de los mayores sufrimientos en los niños de acogida es la despedida. Antes o después se tienen que ir.
-    Cielo, sé lo que estás hablando pero solo he comprado unas cositas para que tenga algo qué vestirse. Mira que mono es este suéter.  Claro que tendrá que irse, pero el asistente social tiene que averiguar muchas cosas antes.
-    Es muy probable – dije mirándola a los ojos - que llegue un momento en que no se pueda investigar más y decidan dar a la niña en adopción.
Esperanza detuvo  su trajinar con los paquetes como si la hubiese ofendido o quizás le hubiese tirado un jarro de agua. No sé si sentía odio, pena o por un instante vislumbró lo que se avecinaba. Nunca ha llegado a contarlo, ni pienso preguntárselo. Lo cierto es que se detuvo y como indecisa dijo:
-    El asistente dice que la  niña se ha adaptado muy bien con nosotros. Le estamos dando todo el cariño que tenemos.
-    Que tenemos o que necesitamos
-    ¿Qué quieres decir?
-    Seamos realistas. En Alma estas volcando todo el cariño que no pudiste darle a nuestra hija. Sabes que no es un juguete, tendrá que  irse. La administración, pese a los informes del Asistente Social, puede tomar una resolución diferente a lo que pensamos. En un mes, dos o medio año podemos recibir una notificación diciendo que la niña pasa a preadopción con una familia de la Conchinchina.
-    No es cierto, en la preadopción también nos la pueden asignar. La niña puede quedarse con nosotros. Lo que pasa es que te da miedo quererla, tienes miedo de que sea nuestra hija.
-    Basta Esperanza, estas convirtiendo a la niña en un juguete, en una moneda de cambio. Yo tengo muy clara mi relación con ella. Eres tú la que estas intentando transformarla en aquella hija que perdimos. La niña no debe sustituir a nadie, debe ser ella misma y no un sustituto ni una muñeca, ni nada parecido.
Mi mujer se dejó caer en la silla como si se desplomase exhausta después de una carrera. Las fuerzas la habían abandonado en el mayor de los desiertos: el desierto de la desolación. No sabía si reír o llorar, si golpear la mesa o dejarse arrastrar. Quedó en silencio sin saber cómo reaccionar. Como una niña que intenta excusar una mala acción, sus ojos estaban a punto de desprender ríos de lágrimas tristes y amargas, grises y descorazonadoras.
-    Se parece tanto a la pequeña – susurró - . Caí en la tentación de pensar que la Providencia nos enviaba otra niña para recuperar la que perdimos. Sus ojos, sus manos, su piel, ¿quién me dice a mí que nuestra hija no se parecería a ella con su edad?
No sabía qué contar, en realidad permanecí como un idiota dejando que se desahogara. Me encontraba en medio del salón contemplándola, viendo cómo tenía un corazón todavía vivo con ganas de pelear. Quería hablar, quería acompañarla en su dolor y sólo se me ocurrió decir:
-    Tranquilízate querida. Piensa en ella cómo si no fuese la persona que buscas. Se trata de una niña más. Un juguete que debemos cuidar.
El ruido de la puerta al cerrarse me hizo fijar la atención en el dormitorio. Comprendí que habíamos tenido un espectador inesperado. Corrí a la habitación y Alma se encontraba sentada sobre la cama con la mirada puesta en el espejo.
-    No hagas caso de lo que hablábamos. Los mayores a veces decimos cosas muy tontas. No quería decir que fueses un juguete.
La niña no contestaba, permanecía muda y con la vista perdida en el infinito, en la nada.
-     Los juguetes acaban en la basura. Yo voy a ir a la basura. No me quieres.
A partir de aquel momento se volvió taciturna, silenciosa. El color de sus mejillas fue desapareciendo poco a poco. Su rostro se alargaba mostrando cada curva de los huesos.  Ya no se levantaba de la cama, nos turnábamos para darle la comida. Un fantasma amorfo, etéreo, se apoderó de cada una de las estancias.
No sirvió de nada que Esperanza y yo intentáramos quitarle aquella idea y le jurásemos que las cosas no son lo que parecen. Escudriñaba a cada una de las personas que veía. Lloraba y dudaba. La obsesión había alterado su personalidad. De noche despertaba llorando y no sabíamos qué hacer. Volvíamos a jurar que todo aquello era falso, pero ya no nos creía, sus ojos desesperados se enturbiaban con el llanto.
En secreto pedimos consejo a médicos, psicólogos y asistentes sociales, pero solo recetaban distracciones y divertimentos que la alejaran de sus sueños. Cómplices y culpables a un mismo tiempo, asistíamos impotentes al deterioro de su salud. La administración empezó a estudiar su traslado a otro hogar de acogida.
Y sucedió lo que no debía suceder.
Aquella noche Alma dormía y su sueño parecía más sosegado que de costumbre. Mi mujer y yo, asomados en el balcón, contemplábamos los tejados rojizos de la ciudad como presagiando el final. Un médico, amigo nuestro, cuidaba de ella en el interior.
La idea de que esta niña se integrase en nuestra familia pesaba como una losa de piedra. Unos gritos se escucharon en el interior.
-    ¡No quiero! ¡No me quieren! ¡Solo buscan un juguete! - gritaba  Alma mientras Jorge la sujetaba en la cama – Soy distinta a ellos. Nunca me querrán.
           Intentábamos calmarla sin conseguirlo. De pronto, soltándose de su captor, se acercó al espejo. Nos miraba con los ojos llenos de lágrimas. Volvió su rostro al cristal y posó su mano. Era como si la materia se licuase. Su cuerpo se fundía en el interior del espejo sumergiéndose con suavidad. En unos breves pero eternos instantes todo hubo concluido. Ante nuestro asombro la vimos desaparecer y una suave brisa musitó un escueto adiós. Nada es lo que parece y Alma era especial.



Si tengo que morir

Si tengo que morir 
procura que me entierren 
en el monte del olvido, 
junto al valle de la traición, 
que españolito fui 
y españolito morí 
por unos criticado, 
por otros olvidado. 
En mi sudario pon 
un rosario y una oración. 
Como pobre viví 
porque pobre nací 
solo espero del Creador 
un poco de compasión. 
Perseguí una estrella 
quizás alguna quimera, 
un sueño, una locura. 
A otros mares emigré, 
otras tierras conquisté, 
algunos amigos perdí, 
algunos amores lloré. 
Fui desheredado, 
robado y ultrajado. 
De mí se aprovecharon 
porque pobre viví, 
porque pobre nací. 
Mas nada me importa 
que una de las Españas 
rompiese mi corazón 
y la otra atacase a traición, 
porque solo he de vivir 
y solo he de morir. 
Miguel Navarro
 




lunes, 18 de abril de 2011

La corona de Uganda, capitulo II, página 9

AVISO: Ya no publicaré nada más de mi novela. Quien esté interesado puede solicitar un ejemplar al editor.


- II -
Mister Nicotina

                Jamás pensé que asesinar a un hombre podía llegar a ser tan aburrido. Allí estaba esperando que la victima saliese del maldito local y, cuando alguien sale, son dos personas que nada tienen que ver con el fulano. Al menos el saxofonista podía haber continuado su concierto nocturno. Eso hubiese despejado el fuego que quemaba mi interior. No quedaba más remedio que seguir haciendo guardia hasta que llegara el momento de la venganza.
                Oscuros pensamientos bailaban danzas macabras en mi cerebro. Recuerdos que navegaban semejantes a buques fantasmas que no encuentran destino. En algún momento creí desmayar dando al traste con la operación. No me sentía nada cómodo pero la palabra dada a un moribundo es sagrada. Por mi cabeza circulaban sus palabras, sus gestos, su promesa. Como en un océano revuelto surgían escollos que me transportaban hasta aquella mañana en la que empezó mi historia.
                Sería a finales de mayo cuando me trasladaron a la capital para hacerme cargo del nuevo departamento de adaptaciones contables. En la asesoría valoraron mi trabajo como el más adecuado para desempeñar el nuevo puesto. Nada más lejos, tras las palabras lisonjeras buscaban un negro que se encargase de recopilar datos. Seis años de carrera para acabar picando números en un ordenador.
                Encontré un ático amueblado cerca del río desde el que se podía divisar la ciudad. Un bosque de tejados asimétricos tan grises como la vida misma. El estanco, un bar y una librería quedaban cerca de mi nuevo hogar. Al trabajo llegaba paseando durante quince minutos. La verdad es que nunca he necesitado grandes cosas para ser feliz. Atrás no quedaba nadie y frente a mí se abría la ciudad como una ramera de ojos brillantes.
                Aquella mañana Diego, el jefe de sección, me pidió que copiase los ficheros necesarios para una auditoria. Olvidaba querido lector, que no conoces de quién hablamos. La ciudad estaba revuelta por una fusión empresarial sorpresa. Ya se sabe eso de que el pez grande se come al chico. El tiburón se llamaba Transportes Internacionales SA y había comprado las acciones de una pequeña empresa aseguradora. Uno de esos pequeños negocios que han estado tan vinculados a la vida de la ciudad que llegan a identificarse con su esencia más profunda. Había que sanear a la aseguradora dándole las pautas a seguir en todo el proceso. Los trabajadores estaban preocupados por el resultado de la auditoria y los jefes querían saber a cuántos deberían despedir.
                No tardé en llegar a las oficinas centrales. Un metro y un par de autobuses me dejaron en la puerta. Si usas transporte público pronto estarás preparado para las olimpiadas. Nada mejor que las carreras en vehículos conducidos por autobuseros homicidas, soportar frenazos y curvas cerradas, aguantar apretones y mala leche. A los saltos de obstáculos a la salida del metro, escalones de dos en dos, le sigue esquivar mendigos que te asaltan. Llegas al destino con la sensación de haber superado todas las pruebas de los juegos olímpicos.     
                Tres individuos fumaban en el exterior del local. Al verme se precipitaron a sus puestos como buitres que toman posiciones antes de caer sobre la carroña. Venderte aunque sea el palo de una escoba, en este caso un seguro, y hacerte creer que llevas algo único es lo que mejor saben hacer algunos farsantes. No comprendía cómo aquella empresa se mantenía en pie con tantos trabajadores tocándose los cataplines. Encubierta en su actividad aseguradora estaba la negociación de hipotecas para las víctimas del holocausto capitalista. Mayor deuda, mayor préstamo, aumento de deuda, menor ingreso, mayor pobreza, otro préstamo.
                Otro de aquellos fulanos me acompañó al piso superior donde estaban las oficinas contables. El paraíso destinado a quienes rigen los destinos de los esclavos, el edén de nóminas, manipulaciones, trapicheos. Este año menos sueldo que el anterior. ¿Por qué? Tranquilo es culpa de la crisis. Aquí se esconde el botín del pirata. Entre los siervos de confianza destinados a velar por los intereses de la empresa se encontraba Juan Cantinero, también conocido como Mister Nicotina por su afición a saltarse las leyes antitabaco. Una espesa nube de humo ocultaba a un tipo singular. La ley siempre persigue a los mejores.
                Nada más llegar me saludó con un fuerte apretón de manos. No aparentaba la fuerza que escondían aquellos dedos. Quizás lo hiciese para intimidar, tal vez por demostrar seguridad y decisión. De todas maneras aunque no lo hubiese hecho, aquel tipejo resultaba simpático. Quise presentarme al Gerente. Mis jefes habían advertido que el primer paso era saludar al señor Olmedo que me estaría esperando.










viernes, 15 de abril de 2011

Tengo ganas

Tengo ganas de romper palabras
y lanzarlas al viento
para que formen tormentas
de sueños olvidados.
Tengo ganas de gritar con fuerzas
para romper silencios
para descubrir ideales
que otros perdieron.
Tengo ganas y con las ganas me quedo
pues soy pensamiento
sin tu boca sonriendo.
Miguel Navarro



Variado

   Guardaba mi vida en un bolsillo cuando en su interior descubrí una flor marchita. Era la rosa de mis sueños, que un día tuve y otro la perdí. Su semilla la he plantado en el jardín de las palabras, la he regado con el agua de la esperanza y la he abonado con los deseos de mi corazón. Puede que algún día la perdiese y puede que vuelva a vivir, quizás no esté yo para verla, pero aun así la sentiré feliz.

   No creo en los sabios, ni en los ricos, ni en los fuertes, cuyos labios saben a muerte. Ni creo en los poderosos incapaces de comprender el sueño de una estrella, el calor de una luciérnaga, el color de una amapola o el suave beso de tu mirada. Quiero bailar al son de las golondrinas, acompañado por las olas y silbando una nana al sol de la mañana.

   Hoy he escuchado el canto de la cigarra, el rumor de las estrellas al amanecer, el latir de tu corazón.

   Si la vida es el camino hacia la muerte, prefiero morir en tus brazos a vivir una eternidad sin tí.

   Hoy he decidido saltar al vacío, desplegar mis alas bajo el lucero de tus ojos. Quiero descubrir un mundo nuevo con el sol de tu mirada. No tengas miedo a las nubes, vuela alto y deja atrás tristezas pasadas




domingo, 10 de abril de 2011

Busqué ser libre
            y encontré tus ojos solitarios.
Busqué un mundo perfecto,     
cuadrado, hermoso, lejano,
            y encontré la voz de tu alma.
Busqué una guerra perdida
entre batallas olvidadas
y antiguas sagas,
entre viejos héroes
y oscuras leyendas,
            y encontré tu paz
Busqué y no hallé,
no hallé y me perdí,
me perdí y caí,
caí y me hundí.
            y al hundirme solo pude hallar tu mano tendida.
Ahora solo busco ser
el reflejo de tu mirada,
la voz que te calma,
la mano que te acompaña.
Miguel Navarro



jueves, 7 de abril de 2011

La corona de Uganda - Capítulo I - Página 1


- I -
Una noche lluviosa

            Aquella noche llovía con intensidad. Las gotas dibujaban formas caprichosas en los charcos, pequeños riachuelos que corrían alegres por la calle. El agua inundaba la calzada convirtiéndola en un improvisado río de barro. Las obras empeoraban el tránsito y aquello era semejante a una carrera de obstáculos. Ahora salto una tubería, ahora cruzo una zanja, viene un coche, corro diez pasos. Nadie sospecharía de quien se refugia en un portal a la espera de cualquiera de las fulanas que hacían la calle. Después de resbalar en un par de ocasiones y esquivar una colina de arena abandonada, logré alcanzar un lugar seguro desde el que podía vigilar el club Luna Azul.
            Frente a mi posición había una ventana abierta en el tercero. De su interior el sonido de un saxofón luchaba con el rumor del agua al caer. Notas fuertes, notas graves que desafiaban a los elementos. Sonidos que desgarraban la noche en mil pedazos. Como el grito desesperado de un hombre en peligro, como el lamento ante lo inevitable, las notas se elevaban retando a los antiguos dioses. Era como si del averno hubiese salido un ente diabólico para disfrutar de la escena. La fiera acecha a su víctima.
            Ese era el criterio más correcto: la fiera se esconde en la sombra acechando a su presa. Estaba oculta en la oscuridad cambiando la piel de cordero por la de un lobo asesino, un león sediento de sangre y odio. Paciente, inflexible, sabía que, antes o después, el tipo que buscaba saldría por aquella puerta, confiado, victorioso, invencible. Eso era lo que me había traído hasta aquel lugar. Esperaba el momento adecuado para romper mi silencio con la fuerza de un trueno, para metamorfosearme en una fiera asesina que ejecuta una justicia que está por encima de la de los hombres. Es lo ideal para el crimen perfecto. Nadie sospechaba que un mequetrefe pueda atentar contra una de las personas más influyentes de la ciudad.
            La verdad es que no tenía nada contra aquel tipo, es más, incluso en cierta ocasión llegó a ayudarme. Puede decirse que llegaba a caerme simpático. Uno de esos tipos que conquistan el corazón de las mujeres con alzar las cejas y descubrir una espléndida sonrisa. Tenía un don de palabra que asombraría al mismo Demóstenes en cualquiera de sus discursos. Podría haberse dedicado a la política pero nada más ajeno a sus intereses. Un hombre de provecho es cualquier cosa menos político. Pero no olvides amigo lector que yo estaba allí para acabar con su vida de una vez y para siempre.
            Ignoro cuál fue la chispa que encendió mi odio. Pienso que en realidad jamás llegué a odiarle, fue algo circunstancial lo que me obligaba a tomar semejante decisión. Tenía una pistola escondida en el bolsillo de la gabardina que me pedía a gritos salir corriendo y disparar contra todo lo que se moviera. Me costaba gran esfuerzo mantenerla callada en su interior. Lo mejor era aguardar como un juramentado el momento en que se abriese la puerta y el sentenciado se presentase en el patíbulo. Así era como me sentía en aquel momento, el verdugo, el funcionario que va a ejecutar aquello que nadie se atreve a realizar. Limpiar, dar brillo y esplendor en una sociedad que se encuentra corrompida hasta lo más profundo de sus huesos.
            Cuando un hombre piensa matar a sangre fría debe estar seguro de su decisión porque se va a encontrar con varios obstáculos que deberá superar. El más básico es que la víctima no se dejará asesinar. Puede salir corriendo o intentar defenderse con el riesgo de que el cazador se convierta en la presa. Por tanto los movimientos deben ser seguros y letales. De nada sirven esas chorradas cinematográficas en las que un individuo advierte a otro de su pronta ejecución. Se trata de actuar y nada más, de ser acto y no potencia, de ser realidad y no ficción. Si dudas estás perdido. Si ejecutas debes rematar la faena con tranquilidad. Vacía el cargador en la cabeza de la víctima. De esta manera estarás seguro que ha muerto y no existe posibilidad de identificación. ¡Maldita la gracia de ir a matar a un hombre y fallar!
             Intuyo amigo lector que a estas alturas no dudas del motivo que me llevó a uno de los barrios más sórdidos de la ciudad. Mi idea estaba clara y el plan, aunque no era gran cosa, daba pie a que no fallase. En realidad no tenía secretos: disparar, cuantos más tiros mejor, en la cabeza de aquel individuo. Quizás alguno de sus acompañantes, matones antes que guardaespaldas, recibiese alguno de regalo por aquello de que no tuviese envidia del plomo repartido. Los mayores logros de la humanidad se han dado por los instrumentos y procedimientos más sencillos. La simplicidad de la rueda cambió el curso de la historia en unas tribus que vivían en la mayor de las ignorancias. Pues bien, la sencillez de mi plan, la simplicidad de lo grandioso, radicaba en apretar el gatillo y salir de allí buscando las de San Diego
           




miércoles, 6 de abril de 2011

Miré los muros de la patria mía

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salime al campo, ví que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día

Entré en mi casa, ví que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

Francisco de Quevedo

martes, 5 de abril de 2011

Si en tu camino encuentras
 una sonrisa perdida
 Si en la oscuridad de la noche
 descubres una estrella
 Si al salir el sol
 su calor te maravilla
 Si paseando ves un gorrión
 sus crías anidar
 Si sientes la sangre     
 en tu corazón palpitar 
 Si cuando todos se van
 hallas una mano amiga            
 Si no rechazas al mendigo
 que limosna te pedirá             
 No tengas miedo
 ni intentes escapar
 Porque todavía tienes vida.                
 Para dar y entregar 
Miguel Navarro.

Soneto desangelado

Te detienes y descubres un mal día
que la esperanza escapó de tu lado
llevándose lo que siempre has amado
destrozando una parte de tu vida.
Todo se torna en mentiras y envidia
que la raza humana ha creado y sembrado
para hundir la voluntad del hermano
que se ha esforzado por una melodía
capaz de superar viejas traiciones.
Sueños desgraciados, rotos y heridos
corren envenenando corazones
Mas recuperas viejas ilusiones
para resurgir donde otros han caído
lanzando al viento tus nuevas canciones.
Miguel Navarro

Dedicado a Isabel

Gracias por tus palabras, son muy bonitas. Quiero señalar que pretendo construir un blog literario y no específico de ningún tema concreto. No obstante me gusta el tema que planteas y, como puedes observar, no puedo resistirme a la tentación de contestarte. Sí, también tengo mis defectos, bastantes, y mis debilidades, que son muchas.
Lo hago por varios motivos. Uno de ellos es que considero que la religión, sea la que sea, es sustancial en la misma esencia humana, al igual que lo puede ser el afán de con conocimiento o el deseo de traspasar barreras. Quien mejor puede contestar a tus dudas puede ser un sacerdote, un teólogo o un filósofo y como no soy nada de lo anterior me limitaré a construir mi argumento desde un punto de vista testimonial y lo más breve posible (se podría hacer todo un tratado pero de momento me dedico solo a la literatura)
Una advertencia previa. Con independencia de lo que manifieste a continuación para mí, en la actualidad, Dios es el autor, editor y distribuidor de la mejor historia jamás contada: la creación.
Veo que buscas a Dios y no lo encuentras, oteas el horizonte y no lo ves, esperas su sonido pero no le oyes. Quizás el problema es que no estás planteando bien el camino. Realiza la pirueta contraria, es decir, niégalo para ver si está en algún sitio. ¿Qué dices? ¿Negarlo? ¡Jamás!, puede que sea eso lo que pienses, pero eso mismo es lo que piensan también otros que no llegan a ningún sitio y jamás tienen seguridad de nada.
Podría dar centenares de argumentos donde se demuestra que Dios no existe. No aparece para nada en ningún momento de la historia. Quienes hablan de Él pueden hacerlo con mala intención o bien de forma equivocada, creyendo de verdad lo que dicen pero nada más. En este punto la realidad suele ser demasiado dura para que pueda sostener sus argumentos. Si ellos están equivocados en un tema, ¿por qué no pueden equivocarse en los demás temas?
Siguiendo la misma pauta te aconsejo no creas en religiosos, ni en políticos (esos todavía sigo sin creer), ni científicos, ni nadie. Lo que repito nadie merece mi credibilidad y por supuesto mucho menos la tuya.
Dios, ni nada, se pueden medir, cuantificar, pesar, observar. Por tanto no podemos afirmar con rotundidad que Dios es real, tan solo una quimera de la mente. Al menos ¿podemos decir que estamos vivos? Quién sabe si en realidad somos el sueño de una mente  oscura.
Llegados a este punto conviene hacer una observación, sentimos dolor, alegría, amamos, lloramos, tenemos hambre. Un cúmulo de sensaciones se agolpa en nuestro precario estado que necesitamos satisfacer o superar. Alguien nos informa cómo superarlas mediante la buena comida, curando las enfermedades, o proporcionando sentimientos agradables. Responde ese alguien a postulados científicos que, tras un estudio de la realidad mediante procedimientos racionales, dan explicación a lo que me sucede a mí y a lo que acontece en mi entorno. Por tanto la ciencia, sobre todo la física y la química, es quien en última instancia responde a nuestras dudas y controversias para conocer la realidad. Gracias a la combinación de ambas podemos desarrollar otras como pueden ser la medicina, la robótica, o la tecnología.
Es la química quien nos dice, por ejemplo, que la combinación de dos elementos, Hierro (Fe) y Oxígeno (O2) producen óxido de hierro (FeO2). Si seguimos investigando descubrimos que los elementos químicos son combinaciones de neutrones, electrones y protones. Según el número de estos y su distribución podemos determinar diferentes átomos. Digamos que podrían ser los ladrillos del universo. Esos ladrillos a su vez proceden de elementos más simples (creo recordar que el Hidrógeno es el más sencillo por ser un electrón y un protón). Estas partes, siguiendo la física nuclear, también pueden descomponerse. Tendremos que cada electrón esta compuesto de otros elementos cada vez más pequeños pero carentes de materia. Diríamos que llega un momento en el que la materia en realidad NO es nada, tan solo energía que se mueve en un sentido o en otro.
De igual manera la ciencia demuestra que el origen del universo se encuentra en una explosión inicial. En otras palabras, al principio el universo no existía, era un punto negro en la nada donde se encontraba acumulada la energía. ¿Dónde está Dios? No lo veo.
Es la física quien siguiendo procedimientos científicos nos dice con toda certeza que para que un cuerpo se mueva necesita algo que le proporciona ese movimiento. No puedes mover un balón si no le golpeas primero, no puedes desplazar un cuerpo si antes no utilizas una palanca. Por tanto ¿qué fue el motor primero que permitió a esa concentración de energía inicial, punto negro en el espacio, que explosionase creando todo un universo multicolor y diferenciado? Aquí ya no llega la ciencia, tiene que existir algo y ese algo, cuando no hay nada, solo puede ser Dios.
¡Demonios!, aunque esté negando a Dios resulta que hay un principio primero que solo puede encontrar la explicación en un Creador.
Anteriormente he dicho que no creas en nada que no pueda ser medido, pesado, valorado, pero ¿cómo se transmite el conocimiento? Resulta que la información que me ayuda a comprender la realidad proviene de las palabras. Las palabras son sonidos, no son nada más. Códigos con significado que transmiten conocimiento.
Ese conocimiento de las palabras nos habla también de la Belleza (¿quién es capaz de medir la belleza? Para un Zulú es muy diferente a un europeo), del Bien, de la Paz, del Amor. Al mismo tiempo me habla de sus opuestos: la Fealdad, el Mal, la Guerra, el Odio. Sabemos que todos estos conceptos y otros muchos, aunque no se puedan ver de forma material, SI existen y SI son reales.
Quiero ser breve, pero al final resulta que DIOS está en todo y si no le escuchamos es porque no creamos el silencio necesario, porque no le buscamos en las cosas pequeñas que es donde está su mayor grandeza. Un pequeño punto de energía creó todo un universo en continua evolución.
La religión en definitiva ha deambulado a lo largo de la historia buscando a ese Dios desconocido. Para mí la salvación se encontrará en Cristo, pero ese sería otro argumento a desarrollar y la brevedad de este espacio me lo impide en estos momentos.
Solo encontrarás a Dios buscando entre las cosas pequeñas, en el silencio, en el renacimiento de la naturaleza con la primavera, en el sol que amanece cada mañana, en el clavo que sostiene el cuadro en la pared (recuerda que al final resulta que la materia no es nada), en lo más profundo de tu corazón.  Desmonta los tinglados que ha montado la sociedad y encontrarás la sonrisa de un niño.
La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
Un saludo.
Miguel.

domingo, 3 de abril de 2011

Sin titulo

      Cuentan las antiguas crónicas que en los albores de la humanidad se conocía la existencia de una tierra, rica y próspera, sobre la que se fijaron los dioses. Ellos la fundaron agraciándola con toda clase de bienes. Algunos la identificaban con Tartesos, otros con Atlantis, hay quien dice que es Shangri-La y los más devotos la Jerusalén celeste. Tanto la querían que sus habitantes gozaron de los dones de la inmortalidad y la belleza.
      El indiscreto Delfos, por ciertas envidias a sus moradores, ya la menciona en uno de sus oráculos. Numerosas fueron las expediciones que se organizaron para saquear sus riquezas, mas ninguna alcanzó gran cosa. Es digna de mención la gesta de Jasón y sus Argonautas. Este no fue el único intento. Se cuenta que Cesar envió un par de centurias para explorar el alto Egipto sin que encontrasen nada a su paso salvo desolación y muerte. Los sajones en sus drakares saquearon diversos lugares más interesados, tal vez por la necesidad, en satisfacer sus ansias materiales que en descubrir esa desconocida región.
     En mi anterior reencarnación conocí a cierto joven periodista porteño que, en la desembocadura del rio de la Plata, me explicó sus teorías sobre la ubicación real de la mítica urbe. Tal énfasis mostraba en sus palabras que sus ojos no podían ocultar un cierto halo de romanticismo. Sostenía que los hijos de Hispania fueron quienes más interés empeñaron en la empresa. Así Cabeza de Vaca, tras la fuente de la eterna juventud, o Pizarro, desafiaron a los dioses buscando sin descanso la mítica ciudad en el Nuevo Mundo. Hernán Cortés creyó haber encontrado el ansiado Dorado cuando derrotó al emperador azteca.
       Todos estaban equivocados, continuaba este doncel atravesado por la fabulosa consideración.  Cierto monje dominico, amanuense del monasterio de Santa María del Sueño Perdido, localizó una obra del historiador Herodoto que todos pensaban extraviada. Sus indicaciones eran precisas. Son los enviados de los dioses, los habitantes de la ciudad, quienes engañan al resto de la humanidad con pistas falsas para ocultar su verdadero paradero.
      Tenía tan claro cuál era su escondite que se lanzó en pos de la aventura sin temer al riesgo que podía conllevar.  Celosos de su intimidad existían numerosas pruebas a superar. La mayor de todas encontrar a su pueblo. Mirar a uno de sus habitantes sin su consentimiento podía costar algo peor que la vida, una eternidad de sufrimiento y dolor.
       Según él, sus habitantes salían ocasionalmente al exterior para mezclarse con el resto de los mortales durante un periodo de tiempo similar al de una vida humana. Cuando se cansaban de holgazanear con los humanos regresaban a su territorio para disfrutar de la preciada inmortalidad. En realidad los tesoros que cobijaban sus muros, pese a ser de gran valía material, eran insignificantes en cuanto a sus tesoros espirituales. La mayor riqueza provenía de su cercanía a la divinidad, de su majestuosa simbiosis con los dioses. Cohabitaban con ellos con la naturalidad de los hijos de Adán y habían sido capaces de crear una raza perfecta, ajena a los males de nuestro tiempo.
        Creí al hombre muerto en tan alocada carrera hacia la nada. Pasaron los años y cierta tarde de primavera, no hace mucho, volví a encontrarme con él a la orilla del Guadalquivir. Junto a la torre del Oro paseaba otro periodista. Su rostro permanecía inmutable al tránsito de Cronos. Me reconoció y no ocultó su asombro. Narró su fabulosa expedición y los peligros que se vio obligado a superar.  Era cierto que otros lo habían descubierto antes que él. El mismo Alejandro disimuló su muerte para huir y acogerse al beneplácito de sus moradores.
        Jamás mencionó el lugar exacto de su ubicación, quizás susurró más allá de la India, quizás cumplía con su misión de dar pistas falsas e ilusiones vacías. Desconozco si ese era su objetivo, o tal vez fue un desliz, mas lo que es seguro que en sus ojos ya no brillaba ese puro idealismo. Sentí pena por él ya que de poder elegir prefiero morir como humano a vivir sin sentimientos.
        Poco después desapareció para siempre. Marchó como una sombra furtiva que huye en la noche. Podré haberme equivocado de persona, puede que otro loco ocupase su lugar. Pero sus ojos eran tan verdaderos como la luz nuestra de cada día. Miguel Navarro

Jugando con sonetos

El papel furioso se ha rebelado
y un soneto semanal ha propuesto.
Algo muy sencillo que sale presto
cuando lo retado tu has aceptado.

Piensas que de verdad lo estás logrando
mas el verso te surge como impuesto.
Vuelves a empezar y tiras el resto
porque resistencia está presentando.

Cambias la lucha por divertimento
juegas con música, rima y sonido,
unes palabras que suenan al viento.

Yo supongo que al final he vencido
batiéndome en duelo con un soneto
con el que espero haberte divertido.
Miguel Navarro.



Con mis respetos

El verbo se hizo carne y acampó entre nosotros.  Con la palabra somos todo, sin ella nada. Existe una necesidad reciproca en esta relación, ella nos necesita tanto como nosotros a ella. Cada sonido, cada melodía, cada transmisión de conocimiento están mutuamente vinculados.
Podrán encadenar los cuerpos, reprimir las acciones, censurar la creatividad, quemar los viejos libros con olor a moho y viejos tesoros, pero jamás podrán impedir que el ser humano use las palabras. Y cada vez que usamos una palabra, por pequeña que está sea, corremos el riesgo de manifestar nuestros sentimientos, nuestros deseos y, lo que más les preocupa, nuestros sueños.
La palabra es sinónimo de libertad, de amor, en definitiva, de vida. Porque solo quien está vivo puede hablar y comunicarse, soñar y gritar, cantar y reír, por y para un mundo mejor.
Dicen que la acción de escribir es similar a la construir un puente entre dos islas lejanas, pues le pido al Dios de mis entrañas que dé aliento a mis sueños y vuele mi pluma ligera para alcanzar tu orilla, allá donde quieras estar, allá donde tú también puedas soñar.
Intentaré cabalgar en el viento de tus melodías, respirar el aliento de tus palabras, encadenar los versos más dispares, solo por estar a tú lado y tú al mío. Quizás no sean grandes obras, quizás sean pequeños pinceles de vida cotidiana las que trasluzcan en el óleo de estas páginas, más lo que estoy seguro que tus grandes sueños serán el espejo de tu alma.
Os espero y, ante todo, espero no defraudaros en esta nueva cabalgadura donde iré volcando humildes disparos desde la barricada literaria.
Miguel Navarro