Cuento parabólico: Dios, el empresario y la meretriz.


                Un día, Fray Mendigo de la Calzada, de la orden de los Abandonados, halló dos discípulos que presumían de espiritualidad, criticando a los demás. 
              El fraile tomó la palabra y dijo:
              Un hombre y una mujer se hallaban en misa. Él era un importante hombre de negocios y ella una meretriz. El empresario, sentado en los primeros bancos de la iglesia, se decía en su interior:

                – ¡Gracias Dios mío!, te doy gracias por todos los bienes que he conseguido. Ofrezco buenos donativos al templo, mi empresa se halla en auge y no soy como los demás: corruptos, drogatas y sinvergüenzas.

                La prostituta, en cambio, se había sentado junto a uno de los pilares próximos al cancel y sin atreverse a levantar los ojos, se decía:

                – ¡Oh, Dios!, perdóname. No quiero pecar y peco, quiero vivir y muero. Malvivo por mantener a mi hijo. Quisiera salir y caigo de nuevo. Perdóname te lo ruego.

                El fraile continuó su historia sentenciando:

                – En verdad os digo que ella fue perdonada y aquél no. Porque Dios sólo, y sólo Dios, es quien juzga y quien perdona. Que cada cual oiga lo que quiera oír.
                                                                                           (Inspirado en el evangelio de San Lucas)


"No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas" Miguel de Unamuno.


Solo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe... Solo la cultura da libertad... No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura” Miguel de Unamuno.


Jura de Bandera.



No tengo dinero, 
ni tengo poder, 
pero tengo una bandera 
y tengo una fe.
Libre de partidismos, 
ajeno a las ambiciones, 
lejos de intereses económicos, 
hoy, en la festividad de Santa Teresa de Jesús, 
esa gran mística y escritora española, 
he renovado mi juramento a la bandera 
para servir a España y a todos los españoles.




Alabanza de España “De Laude Spaniae” San Isidoro de Sevilla.



Para los que consideran a España un producto de finales del Medievo, para los que dudan de su unidad y de su origen, a continuación transcribo “De Laude Spaniae”, una alabanza a España escrita por San Isidoro de Sevilla en el siglo VI después de Cristo.  Este autor forma parte del proceso de unificación tanto territorial como litúrgico de la España visigoda. Incluso sus expresiones ya no corresponden al Latín Clásico, su obra está escrita en un latín afectado por las tradiciones locales visigodas y contiene cientos de palabras identificables como localismos hispanos (el editor de su obra en el siglo XVII encontró 1640 de tales localismos, reconocibles en el español de la época).

La traducción dice:
Eres, oh España, la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a la India; tierra bendita y siempre feliz en tus príncipes, madre de muchos pueblos. Eres con pleno derecho la reina de todas las provincias, pues de ti reciben luz el Oriente y el Occidente. Tú, honra y prez de todo el Orbe; tú, la porción más ilustre del globo. En tu suelo campea alegre y florece con exuberancia la fecundidad gloriosa del pueblo godo.


La pródiga naturaleza te ha dotado de toda clase de frutos. Eres rica en vacas, llena de fuerza, alegre en mieses. Te vistes con espigas, recibes sombra de olivos, te ciñes con vides. Eres florida en tus campos, frondosa en tus montes, llena de pesca en tus playas. No hay en el mundo región mejor situada que tú; ni te tuesta de ardor el sol estivo, ni llega a aterirte el rigor del invierno, sino que, circundada por ambiente templado, eres con blandos céfiros regalada. Cuanto hay, pues, de fecundo en los campos, de precioso en los metales, de hermoso y útil en los animales, lo produces tú. Tus ríos no van en zaga a los más famosos del orbe habitado. 

Ni Alfeo iguala tus caballos, ni Clitumno tus boyadas; aunque el sagrado Alfeo, coronado de olímpicas palmas, dirija por los espacios sus veloces cuadrigas, y aunque Clitumno inmolara antiguamente en víctima capitolina, ingentes becerros. No ambicionas los espesos bosques de Etruria, ni admiras los plantíos de palmas de Holorco, ni envidias los carros alados, confiada en tus corceles. Eres fecunda por tus ríos; y graciosamente amarilla por tus torrentes auríferos, fuente de hermosa raza caballar. Tus vellones purpúreos dejan ruborizados a los de Tiro. En el interior de tus montes fulgura la piedra brillante, de jaspe y mármol, émula de los vivos colores del sol vecino.

Eres, pues, Oh, España, rica de hombres y de piedras preciosas y púrpura, abundante en gobernadores y hombres de Estado; tan opulenta en la educación de los príncipes, como bienhadada en producirlos. Con razón puso en ti los ojos Roma, la cabeza del orbe; y aunque el valor romano vencedor, se desposó contigo, al fin el floreciente pueblo de los godos, después de haberte alcanzado, te arrebató y te armó, y goza de ti lleno de felicidad entre las regias ínfulas y en medio de abundantes riquezas.

            El texto original es el siguiente:
1
            Omnium terrarum, quaeque sunt ab occiduo usque ad Indos, pulcherrima es, o sacra, semperque felix principum, gentiumque mater Hispania. Jure tu nunc omnium regina provinciarum, a qua non Occasus tantum, sed etiam Oriens lumina mutuat. Tu decus, atque ornamentum orbis, illustrior portio terrae: in qua gaudet multum ac largiter floret Geticae gentis gloriosa fecunditas.
2
            Merito te omnium ubertate gignentium indulgentior natura ditavit. Tu baccis opima, vis proflua, messibus laeta, segete vestiris, oleis inumbraris, vite praetexeris. Tu florulenta campis, montibus frondua, piscosa littoribus. Tu sub mundi plaga gratissima sita, nec aestivo solis ardore torreris, nec glaciali rigore tabescis, sed temperata coeli zona praecincta, zephyris felicibus enutriris. Quidquid enim arva fecundum, quidquid metalla pretiosum, quidquid animantia pulchrum et utile ferunt parturis. Nec illis amnibus posthabenda, quos clara speciosorum gregum fama nobilitat.
3
            Tibi cedet Alphaeus equis, Clitumnus armentis, quanquam volucres per spatia quadrigas olympicis sacer palmis Alpheus exerceat, et ingentes Clitumnus juvencos capitolinis olim immolaverit victimis. Tu nec Etruriae saltus uberior pabulorum requiris, nec lucos Molorchi palmarum plena miraris, nec equorum cursu tuorum eleis curribus invidebis. Tu superfusis fecunda fluminibus, tu aurifluis fulva torrentibus. Tibi fons equi genitor. Tibi vellera indigenis fucata conchyliis ad rubores tyrios inardescunt. Tibi fulgurans inter obscura penitorum montium lapis jubare contiguo vicini solis accenditur.
4
            Alumnis igitur, et gemmis dives et purpuris, rectoribus pariter et dotibus imperiorum fertilis, sic opulenta es principibus ornandis, ut beata pariendis. Jure itaque te jam pridem aurea Roma caput gentium concupivit, et licet te sibimet eadem Romulea virtus primum victrix spoponderit, denuo tamen Gothorum florentissima gens post multiplices in orbe victorias certatim rapuit et amavit, fruiturque hactenus inter regias infulas et oves largas, imperii felicitate secura.

            Seamos conscientes que el acta de defunción del Imperio Romano en Occidente es del año 476, cuando Odoacro depuso al emperador Rómulo, y pese a los intentos bizantinos de recuperar el territorio, éste jamás volvió a integrarse bajo el poder de Roma.
            En la península ibérica encontramos que hacia el año 438 el rey suevo Requila emprende una decidida actividad de conquista del resto de Hispania, adueñándose de la Lusitania, la Carthaginense y la Bética.  Lo que quedaba del Imperio romano pidió a los visigodos, a través de su rey Teodorico II, la ayuda precisa para controlar Hispania.
Las tropas visigodas cruzan los Pirineos y en el 456 capturan al rey Requiario, quedando el resto de los suevos en el territorio comprendido en las actuales Galicia, parte de Asturias y León y mitad norte de Portugal. El reino suevo se mantuvo independiente hasta finales del siglo VI. El resto de la península queda en manos visigodas.
Los visigodos no controlaban toda la península ibérica. Tras una época convulsa, en el 624 podemos considerar que ya no queda influencia política romana en territorio hispano y la capital de este reino visigodo, es Toledo, estableciéndose un fortalecimiento de la monarquía, con logros en diversos campos. Consiguió cierto nivel de estabilidad de la monarquía con reformas monetarias, restableciendo el control soberano sobre territorios que se habían declarado independientes, la conquista del reino suevo, así como contra las instalaciones bizantinas, muchas de las cuales pasaron de nuevo a manos visigodas. Toda Spania es visigoda.
            En este contexto histórico, donde el catolicismo juega un papel importante para la unificación, aparece San Isidoro, un santo venerado en la actualidad tanto por católicos, ortodoxos y anglicanos.
            Sobre San Isidoro, nacido probablemente en Cartagena, 556 – Sevilla, 4 de abril de 636, indicar que fue un eclesiástico católico erudito polímata (*) hispano–godo, confesor, doctor y Arzobispo de Sevilla, durante más de tres décadas (599–636). Se distinguió por su contribución a la conversión de los reyes visigodos (arrianos) al catolicismo.
Era hijo de Severiano o Severino, el cual pertenecía a una familia hispanorromana de elevado rango social y al cual se le adjudica el título de dux (si bien su hermano Leandro menciona que era simplemente un ciudadano); su madre Teodora, en cambio, de acuerdo con algunos, era de origen visigodo y, según parece, estaba lejanamente emparentada con la realeza, pero los matrimonios mixtos estaban prohibidos. Era el pequeño de los cuatro hermanos santos cartageneros; el mayor, San Leandro, así como San Fulgencio, el siguiente, parece que nacieron en Cartagena, como sostiene Fray Justo Pérez de Urbel.
En el "año de 554, Severiano y su mujer, abandonan Cartagena, que había pasado al poder bizantino, y en un exilio forzoso o voluntario, se establecen en Sevilla acompañados de sus tres hijos, Leandro, Fulgencio y Florentina. Así lo cuenta San Leandro, al asegurar que la familia de Severiano y Teodora tiene que iniciar su exilio en el año 554 “con sus tres hijos”, con lo que nos viene a indicar que San Isidoro no había nacido todavía". 
"En Sevilla se señala hasta el sitio de la casa de su nacimiento, que es el lugar donde se levanta la parroquia de San Isidoro. Así lo hizo constar el padre Antonio de Quintana Dueñas, en su libro “Santos de la ciudad de Sevilla y su Arzobispado”, al decir: “Su insigne Parroquial, erigida en el sitio que presumen fue del Palacio de sus padres y de su nacimiento, es fundación del Santo Rey Don Fernando”
Al parecer, la familia de Isidoro huyó a Sevilla tras la conquista bizantina al ser éstos defensores del rey Agila I frente a Atanagildo, aliado de los bizantinos.
Miembros de esta familia son su hermano Leandro, su inmediato predecesor en el arzobispado de Sevilla y oponente del rey Leovigildo (llegó al arzobispado al inicio del reinado del nuevo rey, el ya católico Recaredo); su hermano Fulgencio, que llegó a ser obispo de Cartagena y de Astigi (hoy Écija), y también su hermana Florentina, de la que la tradición dice que fue abadesa a cargo de cuarenta conventos.
Los cuatro fueron canonizados y se les conoce colectivamente como los Cuatro Santos de Cartagena, siendo los patrones de la diócesis cartagenera.
Isidoro también es mencionado como hermano de Teodora o Teodosia, reina de la Hispania visigoda por su matrimonio con el rey Leovigildo. Isidoro y sus hermanos Leandro, Fulgencio y Florentina serían tíos maternos, por tanto, de los hijos de Leovigildo y Teodora: Hermenegildo (posteriormente también canonizado) y Recaredo, el rey visigodo que se convirtió al catolicismo. Todavía, la primera mujer de Leovigildo fue ciertamente una visigoda, de nombre desconocido, puesto que, al tiempo, los matrimonios mixtos eran prohibidos.
La maestría de San Isidoro en griego y hebreo le dio reputación de ser un estudiante capaz y entusiasta.
En una época de desintegración de la cultura clásica, de violencia e ignorancia entre las clases dominantes, Isidoro impulsó la asimilación de los visigodos, que ya llevaban dos siglos en Hispania, a fin de conseguir un mayor bienestar, tanto político como espiritual, del reino. Para ello, ayudó a su hermano en la conversión de la casa real visigoda (arrianos) al catolicismo e impulsó el proceso de conversión de los visigodos tras la muerte de su hermano (599).
Presidió el segundo sínodo provincial de la Bética en Sevilla (noviembre de 618 o 619, durante el reinado de Sisebuto), al que asistieron no sólo prelados peninsulares sino también de la Narbonense (que formaba parte del reino visigodo de Toledo) y Galia.
En las actas del concilio se establece totalmente la naturaleza de Cristo, de acuerdo con los concilios ecuménicos de Nicea del año 325 y de Constantinopla del año 381 y posteriores, rebatiendo las concepciones arrianas.
A edad avanzada, también presidió el IV Concilio de Toledo (633), que requirió que todos los obispos estableciesen seminarios y escuelas catedralicias. Siguiendo las directrices establecidas por Isidoro en Sevilla fue prescrito el estudio del griego y el hebreo, y se alentó el interés por el estudio del Derecho y la Medicina.
Como he mencionado anteriormente, también marcó la unificación litúrgica de la España visigoda (rito hispano, mozárabe o isidoriano, utilizado en toda la España cristiana hasta la progresiva imposición del rito romano en el siglo XI e impulsó la formación cultural del clero.

El concilio fue probablemente un reflejo de las ideas de Isidoro. Pero el concilio no sólo produjo conclusiones de carácter religioso o eclesiástico, sino también político.
El lugar ocupado por el rey y la deferencia a él debida en el concilio es también destacable: la Iglesia es libre e independiente, pero ligada mediante una solemne lealtad al rey. Para muchos autores fue uno de los primeros pensadores en formular la teoría del origen divino del poder regio: “Dios concedió la preeminencia a los príncipes para el gobierno de los pueblos”.
Su cuerpo fue sepultado, según la tradición, en una ermita a las afueras de Sevilla, cuyo uso perduró incluso después del traslado de los restos a León, y sobre la cual se fundó en el siglo XIV el monasterio de San Isidoro del Campo, habitado primero por monjes cistercienses y luego por monjes jerónimos, que fueron precursores de la Reforma en España, y dos de ellos, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, fueron los autores de la primera versión de la Biblia en castellano traducida de los idiomas originales.
Desde dicha ciudad, sus restos fueron, en 1063, trasladados a la basílica de San Isidoro de León, donde permanecen desde entonces; ese año el monarca leonés Fernando I comisionó a los obispos, Alvito de León y Ordoño de Astorga, para obtener las reliquias del rey de la taifa de Sevilla, Al-Mutadid, tributario suyo.
Fue un escritor prolífico y un infatigable compilador y recopilador, está considerado como el primero de los grandes compiladores medievales. Compuso numerosos trabajos históricos y litúrgicos, tratados de astronomía y geografía, diálogos, enciclopedias, biografías de personas ilustres, textos teológicos y eclesiásticos, ensayos valorativos sobre el Antiguo y Nuevo Testamento, y un diccionario de sinónimos, así como “LAUS SPANIAE” (Alabanza de España).
Su obra más conocida son las Etimologías (hacia 634), monumental enciclopedia que refleja la evolución del conocimiento desde la antigüedad pagana y cristiana hasta el siglo VII. Este texto, también llamado Orígenes y dividido en veinte libros, con 448 capítulos, constituye una enorme obra enciclopédica en la que se recogen y sistematizan todos los ámbitos del saber de la época (teología, historia, literatura, arte, derecho, gramática, cosmología, ciencias naturales...).
Isidoro tenía acceso a las importantísimas obras eruditas, hoy perdidas, del romano Marco Terencio Varrón, la principal de sus fuentes, por lo cual salvó de la destrucción una parte sustancial de la obra enciclopédica de aquel y gracias a su esfuerzo se hizo posible la perduración de la cultura clásica grecolatina y su transmisión no solo a la España visigoda, sino al resto de Europa durante los siglos oscuros.
Asimismo cabe destacar su Hispana, una colección de cánones conciliares y epístolas episcopales. Los cánones recogidos corresponden a concilios griegos, africanos, galicanos y españoles, mientras las epístolas episcopales, más de un centenar, quedan agrupadas por orden cronológico.
La riqueza de contenido y universalidad de sus planteamientos confieren a la Hispana un papel de capital importancia, sin parangón posible con cualquier otra colección canónica de la misma época, perdurando su influencia durante siglos y llegándose a traducir al árabe.
La Hispana fue precedida desde mediados del siglo VI por un índice formado por el extracto de los cánones, y constó de tres recensiones: la Isidoriana, correspondiente a la redacción primitiva, la Juliana (de la época de San Julián de Toledo) y la Vulgata, o edición más difundida y utilizada, que habría de ser bien conocida en las Galias y que influyó además en otras colecciones canónicas posteriores.
Producción historiográfica:
            Isidoro de Sevilla escribió diversas obras históricas, siendo la más importante “Etimologías”, una extensa compilación que intenta abordar el estudio de todo lo conocido por el origen de las palabras en la que almacena, sistematiza y condensa todo el conocimiento de la época y que sirvió de base para organizar todos los estudios alto y bajo medievales posteriores.
            Otra obra, pero de menor importancia es su “Historia de los godos, vándalos y suevos”.
            “Etimologías”.
            Una de las cuestiones que se abordan en este libro es definir el concepto de Historia y diferenciar los tipos de historia que pueda haber.
            Isidoro coloca a la historia dentro del género de la Gramática, ya que, al igual que en la Antigüedad, la trata como un género literario. Dice que la Historia es la narración de hechos acontecidos y que etimológicamente significa “ver” o “conocer”. Esto difiere de la concepción que tenía Heródoto, para el que significaba “investigar”.
            Para Isidoro, los escritores antiguos sólo escribían lo que habían visto. Él hace una genealogía de la Historia y cita como primer historiador a Moisés, que es el que hace la historia sobre el principio del mundo.
            Entre los griegos, el primer historiador sería Dares Frigio, que realmente fue un personaje de la Ilíada, un sacerdote de Troya. Isidoro lo considera así porque en el siglo VI aparece una historia apócrifa de la Guerra de Troya, aparentemente escrita por este hombre, y será la fuente más valorada sobre este hecho durante la Edad Media (incluso más que Homero). El siguiente historiador griego en importancia considera que fue Heródoto.
            En las “Etimologías”, Isidoro de Sevilla explica que los antiguos dividieron la Filosofía en tres partes, que según el formato de la tabla de triadas se puede presentar así: Física, Lógica y Ética. Cada una de ellas se puede subdividir a su vez:
            División de la Física: Geometría / Aritmética / Música.
            División de la Lógica: Gramática / Dialéctica / Retórica.
            División de la Ética: Justicia / Prudencia/ Fortaleza/ Templanza.
            Luego, Isidoro de Sevilla habla de la utilidad de la Historia, que es para la enseñanza del momento presente. Este autor y esta obra serán muy influyentes durante toda la Edad Media.
            “Historia de los godos, vándalos y suevos”
            Es la historia de los pueblos que se asientan en la Península durante el siglo V d. C. Ahora se da un paralelismo con lo ocurrido con Eusebio de Cesárea, porque escribe desde el lado de los visigodos, que son los pueblos que se enfrentan a los romanos. Su tarea debe ser que no se muestre a los visigodos como los malos y a los romanos como los buenos. Por eso dice que durante la conquista, todos los romanos que estuviesen en un lugar sagrado, como dentro de una iglesia, o que simplemente gritasen el nombre de Cristo, no fueron muertos ni hechos cautivos.
            “De la fe católica contra los judíos”.
            En medio de un proceso de luchas internas y de reformulaciones ideológicas, la comunidad judía hispana del los siglos VI y VII fue objeto expiatorio de un deseo de consolidación de la monarquía alrededor del catolicismo.
            En su obra “DE FIDE CATHOLICA CONTRA IUDAEOS” amplía las ideas de San Agustín sobre la presencia judía en la sociedad cristiana. Se trata de un opúsculo escrito contra el judaísmo, aunque Isidoro estaba en contra del rey Sisebuto en su idea de que era necesario promover la conversión al cristianismo por la fuerza. Isidoro prefirió convencer a obligar, pero tampoco fue enérgico en rechazar la violencia que sobre los judíos se ejercía en este periodo. Como Agustín, acepta la necesidad de no eliminar la población judía por su papel supuesto en la venida segunda de Jesús.
            Como teórico de la música.
            A lo largo de sus escritos encontramos una serie de menciones a diversas cuestiones musicales que resultan trascendentales para conocer tanto el pensamiento como las prácticas musicales de aquella época.
            En las “Etimologías”, la música se aborda en el libro III, dentro del Quadrivium, junto con las matemáticas, geometría y astronomía. Allí Isidoro de Sevilla habla sobre el valor de la memoria en música ante la falta de notación musical, al no poderse escribir los sonidos. En esta misma obra encontramos afirmaciones sobre la música como:
            “Sin la música, ninguna disciplina puede ser perfecta, puesto que nada existe sin ella” (libro III. C. 15), que nos da una idea del valor que se confería a la música entonces.
            Junto con las “Instituciones” de Casiodoro constituyen una fuente de información esencial sobre las siete artes liberales, entre las que se incluye la música. Asimismo, Isidoro hace referencias excepcionales sobre el repertorio litúrgico hispano, más acordes con una visión práctica de la música. Esta perspectiva supone un primer paso hacia una nueva concepción de una teoría de la música más ligada a la realidad que a la especulación.
            Al igual que otros teóricos como Boecio, San Agustín o Casiodoro, Isidoro recoge en sus escritos términos como sinfonía o diafonía, que podrían identificarse como el sonar de varias voces, pero siempre son casos muy oscuros. Parece que este tipo de denominaciones podría hacer alusión a la aparición de dos sonidos sucesivos, en vez de simultáneos.
            El minucioso estudio de estas fuentes es fundamental para determinar con exactitud el origen de la polifonía en la música clásica occidental.
            Otras obras
            Estos son algunos otros de sus trabajos, todos escritos en latín:
            “CHRONICA MAJORA”: Una historia universal.
            “DE DIFFERENTIIS VERBORUM”. Un breve tratado teológico sobre la doctrina de la Trinidad, la naturaleza de Cristo, del Paraíso, los ángeles y los hombres.
            “DE NATURA RERUM” (Sobre la naturaleza de las cosas): Libro de astronomía e historia natural dedicado al rey visigodo Sisebuto.
            Preguntas en el Antiguo Testamento.
            “DE ORDINE CREATURARUM”.
            “REGULA MONACHORUM”.
            “SENTENTIAE LIBRI TRES” (CODEX SANG. 228; siglo IX).
            “DE VIRIS ILLUSTRIBUS”
            “DE ECCLESIASTICIS OFFICIIS”.
            Tratado místico sobre los significados alegóricos de los números.
            Cartas breves.




Fue canonizado en 1598, y el 25 de abril de 1722 el papa Inocencio XIII lo declaró Doctor de la Iglesia.
Es venerado por la Iglesia católica, Iglesia ortodoxa, Comunión anglicana, Iglesias viejo católicas de la Unión de Utrecht.
Su festividad depende del rito que lo celebre:
4 de abril “VETUS” ordo y bizantino.
16 de diciembre (en León) traslación de San Isidoro.
22 de diciembre Mozárabe.
26 de abril “NOVUS” ordo
            Se le representa con los siguientes atributos: Obispo latino, con un libro y a veces montado sobre un caballo blanco y sosteniendo una espada.
            Es patrono de las Humanidades, topógrafos, informática, estudiantes.




(*) Polímata: un polímata quiere decir “que conoce, comprende o sabe de muchos campos”, es decir, sería un individuo que destaca en diversas ramas del saber. El término se refiere a personas cuyos conocimientos no están restringidos a un área concreta, sino que dominan diferentes disciplinas, generalmente las artes y las ciencias.
– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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