Meditaciones eléctricas post navideñas.



Llegan las añoradas Navidades, llegan y pasan como suele suceder. Tras las celebraciones religiosas, que también las hay, aterrizan las inevitables comidas y cenas en familia. Maravillosos puntos de encuentro donde compartimos mesa con nuestros seres queridos; algunos que no habíamos visto en bastante tiempo.
Cena suculenta, que no por ser más fastuosa resulta más humana. Humano rima con hermano. Tras los postres llega el momento del café y la tertulia antiguos recuerdos que rememoramos, mencionamos a los que partieron, preguntamos por los enfermos, bendecimos a los niños, sus estudios, su inocencia, sus nuevos modos de vida.
Si inevitable resultan comida y tertulia, menos inevitable resulta hablar de los nuevos proyectos, de algún que otro error informático, y la conversación deriva en el gobierno, de sus desatinos, de la mendicidad de la clase política, de la inestabilidad que se avecina, justificada por unos, temida por otros.
En estos puntos de la conversación siempre hay alguien que destaca en algún tema, momento que aprovecho yo para preguntar y no pasar por pedante recordando los buenos amigos literarios que tuve la suerte de conocer durante el finiquitado año. Este familiar desvía el tema a su profesión, nos habla de las energías y de una comisión de energía a la que tengo de oídas y poco conocía.
Cuenta y recuenta la imposibilidad de ser independiente energéticamente hablando en nuestra sociedad. No permiten que uno se libere del yugo de las Hidroeléctricas. La propia Administración castiga a quien no se encuentra sometido alegando que carece de las condiciones de habitabilidad. Y así vamos pasando de tema en tema, porque el meollo de la cuestión es profundo. La electricidad tiene un coste y ¿a quién se paga?
A mi corto entender le expongo mis conocimientos de EGB cuando establecíamos las presas como fuentes de energía eléctrica renovable y barata. La cuestión era bien sencilla, cae el agua por las turbinas, se genera electricidad y la distribuidora se encarga de suministrarnos el preciado producto.
Pues bien, eso está desfasado, porque entre la caída del agua y la distribución del producto hay un “ente” encargado de subastar la energía a determinadas empresas, por supuesto internacionales, que la distribuyen a las distribuidoras eléctricas. Vamos, que entre la precipitación del agua y el enlace al acumulador de energía debe haber alguna caja que quedó sin explicar en mi infancia, pues resulta que en su interior se encuentra todo un entramado que decide lo que tengo que pagar.
Mi entender, insisto, es corto, y por tanto puedo equivocarme, pero resulta que esas empresas, donde de forma casual son vocales altos ex cargos de la Administración, deciden cuanto pantalón tengo que bajarme para poder vivir de una forma medianamente decente. Esas empresas, cuando tienen ganancias, no bajan el coste y sus plañideras se encargan de recordarnos que nunca tienen beneficio, exigiendo al gobierno una subida del impuesto.
Resulta interesante saber que la energía producida por las energías renovables en territorio español podría suministrar de electricidad, sin problemas, a toda España. Por otro lado, cuando la energía escasea, se emplean algunas veces las centrales nucleares. Y pregunto ¿para qué tantas centrales nucleares? ¿para qué queremos comprar la energía de un oleoducto que atraviesa los Pirineos si tenemos suficiente energía? ¿Por qué no consideramos la energía como algo de interés comunitario que debe suministrar tranquilidad a los hogares y las empresas españolas?
Me miran algunos de los contertulios y, quizás por mis convicciones ético religiosas, o tal vez por un sentido equivocado de la humanidad, expongo que los bienes inmateriales como la energía, la salud o la educación deben ser considerados como un derecho fundamental de todo español, e incluso de toda persona, aunque no sea español. ¿Qué mayor beneficio para la salud que no escatimar gastos en beneficio de la atención de los enfermos? ¿Para qué economizar la salud? Una sola vida es más importante que los beneficios de cualquier empresa.
Inmediatamente intuyo que deducen en mi posicionamiento unos postulados políticos erróneos. Aclaro que defiendo la propiedad privada, sagrada y propia del derecho natural, la defensa de las empresas con iniciativa propia, pero de ahí a todo lo demás hay un trecho. Creo recordar que ya San Juan Pablo II hablaba de algo similar.
Mas la comida llega a su final. Las despedidas, los abrazos, benditos besos, dan paso a la calle. La tarde está cayendo y busco en el cielo un lucero que ilumine mi pobre entender. Quizás algún día nos cobren por ver las estrellas pero mientras llega ese día seguiré contemplando su hermosura.

Fellicitación de Navidad



"Cojuelo corre", capítulo 3

El diablo travieso y el pícaro aprendiz, recorren las calles de Madrid.





Trazo III
 
Así pues, supondré que hay, no un verdadero Dios –que es fuente suprema de verdad–, sino cierto genio maligno, no menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria para engañarme.” René Descartes.


El hormiguero amenaza desbordar la ciudad con infinitos alfileres cabezudos que marchan al compás contrario. Así el que sube, bajará, el que va, vendrá; el que sortea, rifará. El que gira a la derecha encontrará al que gira de izquierdas, el que nace en el hospital, en el hospital hallará la muerte.
Todo y su opuesto, releerán sus papeles y tomarán un café mientras descansan de sus laureles. Divertido mundo donde la meretriz con la monja cenará, el empresario, pedigüeño se volverá, y la vida, contrariada de sí misma, morirá.
Camiones, autobuses, claxon, taxis, turismos, claxon. Pita, pita que no te veo, como no te apartes tú. Río antinatural, que arrasa por doquier deslizando la basura del reino animal al reino vegetal. Polvareda de francachelas, negocios y mentiras, donde venden a cuatro pesetas euros rebajados de categoría. Timadores, tunantes y maleantes, ensalada de besugos, chorizos y mendrugos.
Madrugaba con el día el profesor en psiquiatría aplicada a tunantes, don Emérito Jiménez del Osezno. El revoltijo de tripas que gemían en la oscuridad de su estómago clamaba como un despertador tarareando al son del chachachá del tren.
Cuando Mariano le vio aparecer por la puerta dispuso del café con leche, sobrecargado de cafeína, con unas porras que pedía el cliente de forma rutinaria. Se las dejaba sobre la mesa que había elegido cuando preguntó: 
– ¿Cómo fue el programa?
– Bien –mintió Jiménez–, a pesar del partido hemos conseguido mantener la audiencia. Fíjese que se colapsó la línea cuando entrevistábamos al doctor Peregrin de Balzac. Los tiempos cambian y la gente busca otras cosas, no sólo futbol.
El camarero guardó silencio mientras terminaba de servir el desayuno y, antes de que pudiese abrir la boca, alguien le llamaba unas mesas más allá del pilar. En ese momento, Jiménez alargó la mano para tomar prestado el periódico y abrirlo por la sección de audiencias. Al leer el resultado cerró los ojos, inspiró con fuerza y, al abrirlos de nuevo, miró de reojo al camarero. Seguro que ya había leído la verdad del programa que se tambaleaba en el aire por culpa de un productor mequetrefe dispuesto a sacrificarlo por su amante vallecano.
Pasó la página con cierta indolencia, casi maquinal, mientras bebía un sorbo de café. Tomando una porra entre sus dedos le dio un bocado y releyó los titulares de sucesos. Dos chicas violan a un chaval de quince años en Garbancillo del Torneo, a continuación ofrece una misa en acción de gracias a San Judas Tadeo, abogado de los imposibles. Tres individuos son electrocutados parcialmente en una promoción de viviendas inacabadas. El dueño de la promoción se enfrenta a una pena de veinte a treinta años de cárcel.
Cómo si un chispazo hubiese atravesado el cielo madrileño, la vista permaneció unos minutos hipnotizada por aquel titular. El mundo se encerró en una caja de cerillas, buscando, en los intestinos, la salida de emergencia. Maldita sea que después de emitir un programa dedicado, ahora saltaba la noticia. Es como si algún endiablado duende le persiguiera en los últimos meses. Es injusto que las cosas tengan que ocurrir cuando peor navega la barca. Sin embargo, allí relucía el titular:

Robo en el museo Baltimore (USA).
En el museo de Arte Contemporáneo de Baltimore, en Maryland (USA), roban la pulsera de la cantante de ascendencia portorriqueña Morenita Hámster. Famosa por sus temas “Dirty and Evil” “Crime Night”  y “Unfaithful Love”, alcanzó su mayor éxito a mediados de los cincuenta con “Singing in the hell”. Vinculada al mundo de las drogas, reunió en su casa de Madison a lo más selecto de la sociedad local y, escuchando su tema principal, dinamitó la casa. De ella solo encontraron la mano aferrada a su pulsera. Se sospecha que una secta satánica se encuentra detrás del robo. Siguen las investigaciones policiales para aclarar el caso.

Maldecía la sombra del diablo gafe que le perseguía cuando un peso extraordinario, opaco, trágico, reposó sobre su nuca. A través de la ventana unos felinos ojos le examinaban desde el otro lado del semáforo. Dos eran los individuos que se dirigían hacia el centro de la ciudad. El más joven, de pelo encrespado, parecía despistado y algo alterado, similar un niño que revoloteaba alrededor de su padre, mientras que el otro, su compañero, de edad indefinible, con su perfil buitreado y apoyado en su muleta, le miraba con fijeza.
– ¿Qué miras –preguntó Críspulo que seguía a su cicerone por una ciudad que se le antojaba nueva y diferente– con tanta insistencia?
– En esa cafetería se encuentra Jiménez del Osezno y sospecho que le esperan muchas sorpresas.
– ¿Por qué tanta devoción?
– Porque admira como yo las hazañas de esa muchacha, tan endiablada como graciosa en sus perversiones. Disfrutó de la vida con tres maridos y cinco amantes, rellenos de grasa, billetes y alcohol. Uno de ellos le regaló una pulsera obligándole a jurar por Satanás que jamás se la quitaría, pues mientras estuviese en su muñeca nada sucedería. Deberías saber que en el inicio de la creación fui el inventor de la danza, la música y la literatura. Con el brazalete hipnotizaba a sus incondicionales convirtiéndoles en fanáticos, que se entregaban sin descanso a los más variados rituales, en zombis sin voluntad que deambulaban por calles de vicio y perversión, en juramentados dispuestos a boicotear cualquier actuación susceptible de llevarle la contraria.
– ¿Qué sucedió?
– Un día fue invitada a una fiesta privada de caballeros en casa del mafioso Vito Papione. Tras drogarla abusaron de ella durante toda la noche. Al día siguiente acudió a la policía y descubrió que tanto el jefe de policía, como el juez y varios prohombres de la ciudad se encontraban entre los invitados. Juró su venganza y, sin levantar tumulto, volvió a invitarlos en su casa en la noche de Halloween. A medianoche, mientras sonaba con gran escándalo la canción “Singing in the hell” dinamitó la casa permaneciendo en su interior. Solo encontraron su mano aferrada a la pulsera.
– Esto suena a lejano –comentó Cris–, desconozco esas canciones. ¿Cuándo sucedió?
– Poco tiempo –respondió su mentor–, sería alrededor de los años cincuenta.
Deteniendo el paso, Crís exclamó: 
– ¡Largo lo fías! En esas fechas todavía no había nacido.
– El tiempo es un suspiro –respondió Cojuelo– que pasa inadvertido entre sueños perdidos.
Sin saber cómo, ni cuando, se habían metido por una calle angosta, llena de cámaras fotográficas, donde muchas personas, tomaban diferentes posturas y permanecían impasibles, sin mover mandíbula ni bigote. Durante unos segundos pensó que estaba en una calle poblada de mimos, genios de la imagen, alma de los sueños, de no ser porque aquella gente permanecía sin maquillar en posturas extrañas y artificiales. Preguntó Cris qué calle era aquella, que le parecía no la había visto nunca, y Cojuelo respondió:
– Esta es la calle de la fotografía, que solo la conocen los que acuden a Moncloa, pues está dicho que quien se mueva no sale en la foto. Así pues aquí ensayan la pose que deben mantener durante todo el día. No se mueven pues si lo hicieren saldrían por la puerta de detrás. Lo mejor para ellos es permanecer quietos y seguir en el sitio mientras que gobiernos y mentideros vendrán y se irán. Son los mismos, o hijos de los mismos, que un día poblaron la Corte Española. Hay quien sale serio, todo un don de gentes, sin don y sin gente. Los hay incluso que les pilla la foto por detrás, quizás esa pose les guste más, pero también los hay quienes sonríen con burla, sorna y desprecio a quien fuera quedó. Si alguien quiere hacer algo en este país, de inmediato es extraditado más allá de la frontera, con la prohibición tajante de regresar a su interior. 
Salieron de la calle para atravesar una plazuela donde había gran cantidad de ancianos que mantenían vivas disputas con jóvenes, frente a pequeños tenderetes que se encontraban llenos de papeles y mercancías. Preguntó nuestro amigo torero qué sitio era aquel, pues tampoco lo conocía, y el diablo respondió:
– Este es el mercadillo de los títulos. Aquí se compran y malvenden algunas de las licenciaturas más significativas según el precio y el traje que vistan. Cuando salgan de la calle los jóvenes irán vestidos con el color del título adquirido. Unos regatean, los otros negocian y los hay que tienen que llevar a cabo los trabajos de Hércules para poder obtener uno. Existe un lugar en el centro de la plaza donde se tienen que enfrentar entre sí, ante el divertimento de las autoridades. En cambio los otros, los que entran por la puerta grande, a esos se les regala, y aún regalándolo, les cuesta alcanzarlo. Tal vez sea porque sopla el viento como juguete en las tabernas de estudiantes. Ahí están los médicos, los ingenieros, los economistas, padres de la patria y de sus hundimientos titánicos. Que los buenos, tendrán que huir, los mediocres lucharan por salir y los pésimos, gobernaran por cualquier lugar.
– Pensaba que conocía Madrid –dijo Críspulo– pero descubro que me equivocaba; pero me tienes intrigado con el profesor ese, el de los programas de radio. ¿Qué le sucederá?
– En el periódico de hoy aparece la noticia del robo de la pulsera. Eso alterará su estado de percepción deseando su recuperación, o tal vez, en el mercado negro, su adquisición. Primero ronroneará en su interior el gusanillo de la posibilidad,  seguirá la comezón de la duda, después la voracidad del chacal dispuesto a devorar a quien sea necesario para conseguirlo. El ser humano es honesto hasta que la posibilidad hace viable la ambición.
A mano izquierda, cerca de Marqués de Urquijo, una travesía de Ferraz, estaba una plazuela, en cuyo centro se elevaba un monumento a la modernidad electromagnética, un genuino dispositivo, con dos cuernos rocambolescos que se dirigían hacia una entrada eléctrica.
Poblaba el coso una algarabía ingente de trashumantes individuos, diferentes en castas, partidos, poblaciones o profesiones. Llevaban consigo al correspondiente padrino que aconsejaba tal o cual toma de tierra necesaria. Sin embargo, con aquello de prometer y prometer hasta…, las parejas resultaban algunas de lo más dispares y atractivas: enchufes azules en clavijas rojas; voluptuosas almas en madureces incontinentes; anacrónicos “reniega todo” en beatos “sueña palacetes”.
Cada cual pagaba el precio estipulado, ya sea ciertas complacencias jurídicas, ciertas cegueras ocasionales o bien entregas carnales a cuenta del mercadeo.
Críspulo permanecía encantado ante aquel mundo que se abría a su paso. Sueño dorado el de un joven opositor, licenciado en Derecho Urbanístico, para un Ayuntamiento necesitado de crear nuevas plazas o para una Consejería que no debiera prescindir de sus servicios. Si para Cojuelo aquel lugar era frecuentado por sus hermanos, Crís tenía la sensación de encontrarse en la antesala del paraíso, en la encarnación del ideal, en el mundo celestial.
– Esta es la plaza de los enchufes –advirtió Cojuelo ante la mirada atenta de su discípulo– fantástico invento que atrae las corrientes alternas y eternas de las amistades duraderas, o por lo menos mientras duren las pilas. Por allí tienes una fregona, que apenas sabe darle al interruptor, aprobando unas oposiciones a técnico administrativo de quinto grado, en el Ayuntamiento de Mandahuevos del Carajo, con sueldo base superior al más antiguo del cuerpo. Por supuesto, para no perderse en estas idas y venidas, la acompaña su tío el concejal de Patatas Fritas al Ajillo. 
– Veo –respondió el aprendiz contemplando las piernas de tan refinada señorita– que la mona, cuando se viste de seda, más mona queda. Pero ¿qué griterío es el que entra en la calle ahora, acompañado de tantos vítores y celebrando tan altos honores? 
– Son los de mayor voltaje –respondió divertido Cojuelo– los que mayor ruido provocan. Los principios básicos de la electrodinámica son infalibles, pues, cuanto mayor es la fuente eléctrica a vaciar, mayor es el alboroto del enchufe que se aproxima. España es única y sus instalaciones eléctricas nada tienen que envidiar a las de otros países. Pero migremos a otros lugares que tal vez podemos encontrar alguien que no coincida con nuestras opiniones, pues regidores honestos, aunque raros cual especie en extinción, puede que también los haya.
– Bueno es conocer este lugar –susurró Cris–, pues sería interesante para mi trabajo alcanzar. Cinco veces me he presentado para técnico urbanístico y las cinco de paseo me mandaron.
Con esto se detuvieron frente a un edificio donde predominaba el blanco agrisado sobre grietas de profundo calado, y en el frontispicio se hallaba una imagen de la Virgen del Cencerro, adornada alrededor con varios instrumentos musicales.
– Este es el manicomio –dijo Cojuelo antes que se adelantase su pupilo– que fue instituido por un rico de la Corte, que, entre otras obras pías, dejó asignado un sueldo para curar locuras. Ahora ese sueldo quedó menguado por la subida del director y la bajada de nómina al doctor.
– Entremos –dijo Críspulo– aunque más parece abandonado que en funcionamiento. Incluso la puerta parece abierta sin riesgo que nadie escape.
Dicho y hecho, hecho y dicho, ambos entraron, uno tras otro. Cris contemplaba preocupado el silencio sepulcral que envolvía al edificio. Cojuelo advirtió:
– En tú época los loqueros piensan que un enfermo se cura en la calle, con sus iguales, y no dentro que en poco se ayuda a su recuperación. Aquí solo permanecen aquellos de difícil tratamiento, o que se niegan a salir. De esta manera fuera tienes a quienes dentro debieran permanecer y dentro permanecen los que fuera no quieren salir.
En un banco del patio, junto a un pequeño jardincillo, un hombre escribía números en una caja contable de juguete. El cuarenta y seis, el cincuenta y cinco, el setenta y cinco…
– Ese hombre no tiene remedio –aclaró el demonio– se ha empeñado en auditar todas las cosas. Imagina la gravedad del problema para un funcionario de Hacienda. Cierto día, que su enfermedad adquirió tonalidades severas, su mente desvarió hasta el extremo de investigar a su superior afirmando que había descubierto ciertos negocios absurdos, desfalcos contables, falsedades documentales. Tan extraño resultó el caso que no puede regresar a su trabajo.
– ¿Y a ese qué le pasa? –preguntó Cris mirando a otro que llenaba y rellenaba folios en otro banco.
– Es muy peligroso –contestó el diablo – siempre está acosando al ministro de Economía. Le manda libros enteros justificando que los recortes en sueldos de Directivos y políticos serán más ventajosos para la economía nacional que los despidos de trabajadores. Un día intentó hacerle tragar uno al señor ministro.
– ¿Un trabajador? –preguntó el joven.
– No seas bruto –conminó el Cojuelo–, no quedan trabajadores, se extinguieron en las cloacas del Banco de España, me refiero a un libro de esos que son tan indigestos para nuestras queridas autoridades, que explican lo que está bien y lo que está mal, que el trabajo se debe premiar y la usura castigar. 
– ¿Y ese –volvió a preguntar Cris– quién es?
– Ese era el chofer de cierto presidente autonómico, que de tanto recorrer clubs nocturnos, ha perdido la orientación y ya no sabe conducir de día.
– Vámonos de aquí, que si aquí no están todos, los que no están: ¿dónde pararán?
– Seguiremos tu consejo –respondió Cojuelo– que en el mundo hay mucho loco que pasa por cuerdo y algunos cuerdos que no lo parecen.
Con esta conversación salieron a otra calle, más amplia, por donde circulaban gentes de las más variadas condiciones, de estirpes tan diferentes como razas pueblan el planeta. Una guirnalda de banderas reflejaba el dólar americano, la libra inglesa, el euro, el yen japonés y toda la variada gama monetaria del mundo mundial bajo el emblema de un tiburón.
– ¿Qué calle es esta? Se diría que se trata de una calle internacional, universal, una delegación de la ONU en barrio madrileño tan singular. 
– Esta es la calle Prestada –le respondió Cojuelo–, aquí vienen las entidades bancarias y, aunque la calle es pequeña, recorren todos los comercios buscando el dinero a mejor precio. Prestan el dinero a medianos y pequeños para que ellos les alaben y si no lo hacen sueltan el tiburón que devora a todos sin compasión.
– Dinero es lo que necesito mas antes prefiero una paga o un trabajo sin trabajar pues el que mucho trabaja, poco cobra, y el que mucho cobra, menos trabaja.
– Adivinas bien la que se avecina –dijo Cojuelo– pues al volver la esquina, cerca de la plaza de Santa Bárbara, y en diagonal a la calle Génova, se encuentra la calle de los Negocios.
En efecto, caminando de un lado a otro, callejeando entre ríos humanos y hedores impúdicos, nuestros transeúntes habían dado a otra calle, que más que calle parecía avenida. Con un amplio paseo central, poblado de árboles, y en el inicio de la vía una pelota preside el recibimiento.
– No hace falta que jures –dijo Cris– dónde nos encontramos. Veo el símbolo cultural que determina la calle que sale a recibirnos.
– Aprendes rápido –advirtió Cojuelo– amigo mío. Nos hallamos ante la calle; ¿calle?, ¡avenida más bien!, plaza reina, símbolo cultural más identificativo de nuestra patria. No hay hombre, ni mujer, que sueñen al menos una vez en la vida, con esa pelota que haga redondos sus negocios. Este es el lugar más conocido de España a la vez que el menos mencionado. Paraíso de negociantes, premio para tunantes. Por esta calle transitan desde el sinvergüenza promotor de viviendas de bajo coste, hasta el que en nombre de una organización caritativa lava el bolsillo ajeno y rellena el suyo propio. Ofertas de cursos de formación y desvió de fondos para la ocasión. Todos nos hacemos iguales, el político mediático con el pequeño inversor, el que tiene los hilos y el que dispone del momento apropiado. Hoy no vale nada, mañana sí.
Críspulo se encontraba con los ojos abiertos, su boca parecía la desembocadura del Ebro. Su mentor, observando el éxtasis en que se encontraba el discípulo, dijo: 
– Dejemos las vanidades por el momento, que sé lo dispuesto que eres y lo pronto que aprendes, pero va siendo hora de buscar almuerzo y lugar donde descansar, que tras lo trasnochado y madrugado, no es bueno que el hombre permanezca de pie sin probar bocado.



"El caballero bobo" de Guillén de Castro acto II



EL CABALLERO BOBO

ACTO SEGUNDO
JORNADA SEGUNDA.

Salen Anteo y dos criados vistiéndole.

Criado I.-            Que bien le siente el calzón,
la liga, media y zapato.
Criado II.-           Nacido viene el jubón.
 Anteo.-               Mudar quiero el traje, y trato,
como mudo el corazón.
Criado I.-            Es uso muy de soldados
llevar sueltas las ropillas,
y abiertas por ambos lados.
Criado II.-           Estanle a mil maravillas
los cuellos alquerolados.
Criado I.-            Todas las cosas te están 
como si hubieras nacido
con ellas.
Criado II.-                          Bravo ademán.
Criado I.-            Para de monte el vestido
no puede ser más galán.
Cíñete ahora esta espada.
Criado II.-           ¿Y es de España?
Anteo.-                                                Es muy ligera,
y por ello no me agrada;
porque en mi brazo más fiera
será cuanto más pesada.
Criado I.-            Tan grandes tus fuerzas son,
que no la hallare que venga
al justo con tu opinión.
Anteo.-                Búscame alguna que tenga
el peso de mi bastón.
Criado I.-            Habré de mandar hacella
a tu gusto.
Anteo.-                                Y hazla hacer
que haya tanto acero en ella,
que haya un hombre menester
ayuda para traella.
Llevaré mientras la espero
ésta y harela cortar
aunque tiene poco acero.
Criado II.-           Y gustarás de llevar
con plumas este sombrero.
Y parecerás soldado
desde el pie hasta la cabeza.
Anteo.-                Pues me siento enamorado
fundaré en su ligereza
el peso de mi cuidado.
                               Sin duda es loco el amor
pues por él el seso pierdo;
pero ¿yo tengo valor?,
que he dejado de ser cuerdo
tan a costa de  mi honor.
¿A mi hermana (justos cielos),
he de querer, soy Cristiano?,
pero con justos recelos
bien puedo, aunque soy hermano,
querella, y pedille celos.

Salen el Duque, Teleo y Ceslao.

Anteo.-                ¿No es mi padre y mis hermanos?
Duque.-               ¿No es Anteo?, o hijo querido.
Anteo.-                Oh señor, dame las manos.
Duque.-               Que bien te luce el vestido
mas ¡ay cielos soberanos!
Si fuera en otra ocasión 
más se alegraran mis ojos.
Anteo.-                Pues señor, ¿por qué razón
no es buena?
Duque.-                               Ciertos enojos
me aprietan el corazón.
Anteo.-                ¿Quién señor te los ha dado?
¿no me respondes señor?
Duque.-               Ya hijo no soy honrado.
Que la mano de un traidor
a mi me dejó afrentado.
Anteo.-                ¿La venganza no es honrosa?
Cortarésela al villano
que la rige.
Duque.-                               Es poderosa
Anteo.-                No es de Dios, que es soberano
y no hay otra más honrosa.
Que no afrenta su poder
pues faltándole el divino,
¿qué humano la ha de tener?
Duque.-               El príncipe mi sobrino
que nuestro Rey ha de ser.
Movido de cierto antojo
llamó una sangre a mi cara,
que es suya.
Anteo.-                                Rabio de enojo,
que no lo hiciera si pensara
que ya la tengo en el ojo.
 Yo voy a matalle, muera
pues que por su casa dejó
afrentado un padre viejo:
yo soy honrado.
Duque.-                                              Espera,
con más acuerdo y consejo.
Que en cosas tan importantes
se toma resolución.
Teleo.-                 Sosiégate hermano, que antes,
en negocios semejantes
(si se sigue mi opinión)
no hay afrenta.
Anteo.-                                ¿Cómo no?
Teleo.-                 Que ni del duelo a la ley,
ni su agravio le obligó,
pues un príncipe le dio
estando presente un Rey.
Ceslao.-               También me parece a mí
que un Rey no agravia, ni obliga.
Anteo.-                ¿Qué dijiste? ¿Tal oí?,
no hay agravio, si castiga,
pero cuando afrenta sí.
La rabia me tiene ciego
o reniego de los dos,
de vuestro hielo, y mi fuego,
y si de Dios no reniego,
es porque respeto a Dios.
Teleo.-                 Tú, hermano, estás engañado.
Ceslao.-               De que suerte has de saber
(si en los montes te has criado)
si es bueno, o mal parecer
el nuestro.
Anteo.-                                Mi pecho honrado
me pide a voces venganza,
pues que no os pido favor
para lograr su esperanza,
decid en mi confianza
lo que calláis de temor.
Ceslao.-               Eres mi mayor hermano.
Anteo.-                Y no en la edad solamente.
Teleo.-                 A no nacer más temprano,
y estar mi padre presente.
Anteo.-                ¿Qué hubierais hecho vilano?
Duque.-               Detento Anteo.
Anteo.-                                                Señor
mi parecer seguirás
y devolveré tu honor.
Teleo.-                 Siempre se siguen los más.
Anteo.-                Siempre se sigue al mejor.
                               Asidme de entre ambas manos
si vuestra fuerza me obliga
a seguiros, luego hermanos
vuestro parecer se siga.
                               Tirad.
Teleo.-                                 Cielos soberanos.
Ceslao.-               Que robre.
Anteo.-                                ¿N o tiráis?
Teleo.-                 No te podemos mover.
Anteo.-                Pues obligados estáis
a seguir mi parecer,
pues hago que me sigáis.
Duque.-               Hijo de mi corazón.
Anteo.-                Digaos la misma ocasión
que una cosa.
Duque.-                               Bravo estás.
Anteo.-                Cuando es buena, vale más
que muchas, sino lo son.
¿Seguiréis mis pareceres?
Teleo.-                 Si hermano, suela por Dios.
Ceslao.-               Sí, suelta.
Anteo.-                                A medio mujeres,
pues valgo más que los dos,
respetarme.
Duque.-                               ¿Qué hacer quieres?
Anteo.-                Porque de mi padre siento
la voz, no os hago volar
tantas leguas por el viento,
que llegarais al lugar
donde tengo el pensamiento.
A ti te guardo el decoro,
y a tú venganza me obligo.
Duque.-               ¡Ay escondido tesoro!,
esta condición bendigo,
estas bravezas adoro.
Anteo.-                Ponte en el lugar más fuerte
señor de todo tu estado,
y déjame a mí el cuidado
de tu venganza y la muerte
de quien tu afrenta ha causado.
Duque.-               Pues dame un abrazo estrecho.
Anteo.-                Y la bendición te pido,
dejárete satisfecho,
porque te llevo ofendido
en el alma y en el pecho.
Teleo.-                 De su loco proceder
alguna gran desventura
nos tiene que suceder.
Ceslao.-               ¿Qué haremos?
Teleo.-                                 ¿Qué hemos de hacer?
                               ¿Seguir también su locura?

Se van y salen Aurora y Estrella.

Estrella.-             Tuviste gracia extremada
en engañarle, una cosa
fue que parece soñada.
Anteo.-                Y por ser maravillosa,
me parece imaginada.
Estrella-              Que eras su hermana creyó.
 Anteo.-               Y quedó desesperado.
Estrella.-             ¿A ti que te pareció
de su talle?
Aurora.-                              Muy cuidado
lo sabe mejor que yo.
Estrella.-             Muy buenas sus partes son
pues con tu gusto las mides.
Aurora.-              Pareciese (y con razón)
con la quijada Sansón,
y con el bastón Alcides. 
Estrella.-             Al fin que te satisfacen
sus partes.
Aurora.-                              Y lo merecen,
que con mucha causa aplacen
los hombres que lo parecen
en los efectos que hacen.
Y del Príncipe, mi hermano,
¿qué dices?
Estrella.-                            Quiéralo bien,
por decírtelo más llano.
Aurora.-              No le trates con desdén.
Estrella.-             Ni tampoco está en mi mano,
pero fus que él es que viene.
Aurora.-              Pues tan a tiempo ha llegado,
aquí esconderme conviene.
Estrella.-             ¿No tiene talle extremado?
Aurora.-              Mejor tu hermano le tiene.

Sale el príncipe Lotario.

Lotario.-             Turbado, confuso y ciego
voy siguiendo mis antojos
y moriré si no allego
a verme en aquellos ojos
que dan luz y arrojan fuego.
Estrella.-             Hermano, mi buena suerte
te trae.
Lotario.-                                             Señora mía
mira si es pena fuerte,
pues vengo sin alegría
sabiendo que vengo a verte.
Estrella.-             ¿Qué te aflige?
Lotario.-                             Mis recelos.
Estrella.-             ¿Quién los causa?
Lotario.-                             Mi desdicha.
Estrella.-             ¿Quién los permite?
Lotario.-                             Los cielos.
Estrella.-             ¿Qué has tenido?
Lotario.-                             Poca dicha.
Estrella.-             ¿Qué tienes?
Lotario.-                             Amor y celos.
Estrella.-             ¿De quién?
Lotario.-                             De un hombre dichoso.
Estrella.-             ¿Y quién es?
Lotario.-                             Será tu esposo.
Estrella.-             ¿Ya sabes que lo ha de ser?
Lotario.-             Eres mi hermana y mujer,
y es príncipe y poderoso.
El Rey lo quiere y lo deja
en manos de un traidor
que a mi pesar le aconseja;
que es el Duque.
Estrella.-                            ¿Quién señor?
Lotario.-             Un león en piel de oveja.
Éste esforzó la razón
de mi padre a pesar mío
y yo le di un bofetón.
Estrella.-             ¿A quién?
Lotario.-                             Al Duque, mi tío.
Estrella.-             ¡Ay padre del corazón.

Sale Anteo

Anteo.-                O hermana libre y exenta.
Lotario.-             Extrañas mudanzas veo
en tu rostro.
Aurora.-                              Si es Anteo
que galán viene.
Estrella.-                            Que afrenta,
con dos contrarios peleo.
Al Príncipe tengo amor
y con toda el alma siento
de un padre el perdido honor.
Anteo.-                ¡Ha infame!
Lotario.-                             ¿Qué pensamiento
te trata con tal rigor?
Aurora.-              El semblante trae airado
¿se imagina que soy yo?
El traje le habrá engañado.
Lotario.-             O sol para mi eclipsado,
¿quieres responderme?
Estrella.-                                            No.
Lotario.-             Tente.
Estrella.-                            No puedo.
Lotario.-                                             Señora,
¿qué no quieres esperarte?
Escucha.
Estrella.-                            No puedo ahora
Anteo.-                Iré villano a matarte,
y a matar a esta traidora.

Se van y sale Aurora de donde estaba escondida, y tiene a Anteo.

Aurora.-              La que piensas que lo es
viene a escuchar ese daño.
Anteo.-                Señora, dame los pies,
si me disculpa un engaño
te suplico me los des.
Aurora.-              Mejor los brazos merece
tu razón.
Anteo.-                                Puedo saber
quién es aquella mujer
que en el traje te parece,
pero no en el proceder.
¿Es la infanta?
Aurora.-                              Ya no más
es justo engañarte Anteo, 
con la Infanta misma estás.
Anteo.-                ¿Y las manos no me das?
Aurora.-              Darte mil gustos deseo.
Anteo.-                Con tan divino favor
quedara el alma contenta,
a no afligirla el dolor
de ver en mi padre afrenta,
y en mi hermana poco honor.
Que no siendo tú, es aquella
que vi Aurora.
Aurora.-                              Disculpalla
puede la justa querella
que la obliga.
Anteo.-                                Iré a buscalla
y a tomar venganza de ella.
Aurora.-              Pues el Príncipe es aquel
que la hablaba y la siguió.
Anteo.-                ¿Él a mi padre afrentó?
Pues morirán ella y él,
si acaso no muero yo.
Aurora.-              ¿Quién obligarte pudiera?
                               Detente.
Anteo.-                                Cielos divinos,
como no queréis que muera
el que por tantos caminos
me quita la honra.
Aurora.-                              Espera.
                               Mira que te tengo amor.
Anteo.-                Para merecerte quiero
cobrar señora mi honor
muero de rabia.
Aurora.-                              Y yo muero
a manos de tu rigor.

Sale Lotario.

Lotario.-             Del camino me volví
por no dalle más disgusto.

Sale Estrella y se queda en la puerta.

Estrella.-             Qué presto me arrepentí
de dejalle amor injusto.
Lotario.-             Pero ¿no es aquella? Sí.
                               ¿Qué veo? Si son anteojos.
Anteo.-                Déjame.
Aurora.-                              Terrible estás,
¿no te duelen mis enojos?
Anteo.-                Mucho puedes con los ojos,
pero mi honor puede más.
Aurora.-              Mírame.
Anteo.-                                El gusto de vellos
aplaca mi pena fuerte.
Aurora.-              Quién pudiera
Anteo.-                                Son muy bellos.
Aurora.-              Con los ojos detenerte
y atarte con mis cabellos.
Anteo.-                Que fuerza te dan los cielos
que a detenerme es bastante.
Lotario.-             ¿Esto miro? Matárelos
como hermano, y como amante
tengo envidia, y tengo celos.
Estrella.-             Por el vestido imagina
que soy yo.
Lotario.-                             Muera el villano.
Anteo.-                Ya como cosa divina
te respeto.
Estrella.-                            Tente hermano.
Lotario.-             ¿Hay cosa más peregrina?
Estrella.-             Reporta tanto rigor.
Lotario.-             Perdóname; ¿pudo ser
que he dudado en tu valor?
                               ¿Quién es aquella mujer
que tiene tan poco honor?
                               ¿Será nuestra prima?
Estrella.-                                            Sí,
y aquel su hermano.
Lotario.-                             ¿El salvaje
que ya por buscarme  a mí
mudó el hábito y el traje?
Matárele porque aquí
entró contra el mandamiento
del Rey, Anteo.
Estrella.-                            Detente.
Aurora.-              Perdida soy.
Anteo.-                                Voces siento,
pero te tengo presente,
y no te mato o reviento.
Pues excusarme has querido
el trabajo de buscarte.
Lotario.-             ¿Y sabes a qué he venido?
Anteo.-                ¿A qué viniste?
Lotario.-                             A matarte.
Anteo.-                Para matarte he venido.
Estrella.-             Dame primero la muerte.
Aurora.-              Pásame primero el pecho
para obligarte, ¿el quererte
es de tan poco provecho?
Estrella.-             Que no puedo detenerte.
Lotario.-             Hare lo que tú quisieres
de tu hermosura sujeto.
Aurora.-              Anteo.
Anteo.-                                Haré lo que quieres;
que deben este respeto
los hombres a las mujeres.
Lotario.-             En otro lugar Anteo
puedes venirme a buscar.
Anteo.-                Por este monte rodeo
por buscarte y por lograr
mi venganza y mi deseo.

Se van, uno por una parte y el otro por la otra.

Aurora.-              Muerta quedo.
Estrella.-                            Muerta estoy.
Aurora.-              Corre Estrella.
Estrella.-                            De alcanzarte 
mi fe y mi palabra te doy.
Aurora.-              Ve tú por aquella parte
mientras yo por resta voy.

Se van, Sale el Conde Octavio.

Conde.-                Es posible que al príncipe no hallo,
si ha subido al cielo o se lo ha tragado
la tierra indigna de su real persona,
cansado de buscalle ando perdido
por estos valles y por estos cerros.

Sale el Príncipe Lotario.

Lotario.-             Lo intrincado del monte y su maleza
me tienen perdido casi loco;
Anteo, Anteo, Anteo, o si me oyese
no piense que he dejado de cobarde
de probar mi persona con la suya.
Conde.-                ¿No es el Príncipe aquel? Señor.
Lotario.-             Oh Conde.
Conde.-                Vine de la ciudad y ocupé el puesto
que tú me señalaste, esperé tanto,
que te busco ha dos horas con mil penas
que me daba el cuidado de no hallarte.
Lotario.-             Y pues amigo Conde, ¿qué hay de nuevo
en la ciudad?
Conde.-                               El Rey tiene ofrecida
tu hermana a Henrico.
Lotario.-             Ay cielos, yo soy muerto.
Conde.-                Entrará en la ciudad hoy o mañana,
porque estuvo escondido en una aldea
hasta tener el sí del Rey tu padre.
Lotario.-             Válgame Dios, ¡ay Conde!, ay Conde amigo
pues eres mi regalo y mi privanza
dame consuelo.
Conde.-                                               De las venas mías
daré sangre si fuere de provecho.
Lotario.-             Dame por muerto, si se casa Aurora
quierola como loco, y como al alma
su sombra adoro, y mis desdichas sigo.
Conde.-                ¿A tu hermana Señor?
Lotario.-                             Conde a mi hermana,
que es hereje el amor, no está en mi mano
no tengo amigos ya, no soy yo Príncipe,
y el que ha de suceder a un padre viejo; 
piérdase el reino, y el Rey, y el mundo todo
y siga yo este mundo que me abrasa.
Conde.-                Eres cristiano, y quedaría el mundo
asombrado, que Escita, que hombre humano
tuvo tal pensamiento.
Lotario.-                                            ¿Qué haré Conde?
Que me siento morir.
Conde.-                                               Morir primero
que hacer cosa tan fea.
Lotario.-                                             En este punto
una cosa he pensado, si me vale,
pues tu Príncipe soy, seré tu esclavo,
 restauraras mi vida, y de mi alma
serás todo el remedio.
Conde.-                                               Di qué mandas
que yo aunque como amigo te aconsejo,
te serviré como leal vasallo.
Lotario.-             Dame los brazos Conde.
Conde.-                               Y tú las manos.
Lotario.-             Ya sabes como Henrico es un traslado
mío, y yo lo soy suyo en cara, en talle,
y aún dicen que en la voz, y en las acciones.
Conde.-                Y sé que es una cosa, que la fama
en ella admira el mundo.
Lotario.-                             Pues escucha
  ve donde está, y de parte de la Infanta
dices que ella desea verle antes
que mi padre dé el sí, y que de otra suerte
no le dará, porque es razón que sea
quien su esposo ha de ser, de gusto suyo;
y llevándole tú un vestido mío,
dile que se lo ponga, y podrá verla,
diciendo que soy yo a los guardas;
y esto has de hacer por mi gusto.
Conde.-                                               ¿Y qué resulta
de esto en provecho tuyo?
Lotario.-                                             Mi remedio
traerás con mi vestido a Henrico puesto
que entre los dos quedaré señalado
y advierte que te quedes el vestido
de Henrico en tu poder.
Conde.-                ¿Y qué harás luego?
Lotario.-             Con su mismo vestido, y con su nombre
después de haberle muerto entre los suyos
entraré en la ciudad acompañado
a donde me desposen con mi hermana
creyendo que soy él.
Conde.-                                               Terrible enredo,
mira señor.
Lotario.-                             No más consejos Conde,
esto has de hacer, daré razón al mundo
con este engaño, y lograré el deseo
que me tiene abrasada toda el alma.
Conde.-                Por fuera he de servirte.
Lotario.-                             Vamos luego,
que es Dios clemente, y dicen que el pecado
que es escondido, es medio perdonado.

Se van y sale Anteo.

Anteo.-                Que no aparece el cobarde,
la tierra se le ha tragado
y no es mucho que le guarde 
de mi brazo que está airado.

Sale Estrella.

Estrella.-             Llegaré si tardo, tarde.
                               Pero ¿no es aquel Anteo?
Anteo.-                Si es mi hermana, y mi enemiga,
o es la infanta la que veo.
Estrella.-             No sé cierto que le diga,
que me ha conocido creo.
Le diré que soy la infanta,
que ella dijo que era yo,
 y diferencia no hay tanta,
que Anteo se lo creyó:
pues la infanta soy.
Anteo.-                                                Levanta
o mal nacida villana,
te mereces ese nombre.
Estrella.-             Tu hermana soy.
Anteo.-                                ¿Tú mi hermana?
                               Haré un castigo que asombre
a la región soberana.
                               Mi mano te ha de matar
pues infamemente trata,
pero aquí te quiero atar
te mataré pues me matas
con afrenta y con pesar.
                               Con pesar y con afrenta
trayendo muerto a tus ojos
al villano que acrecienta
con mi afrenta, y mis enojos,
el dolor que me atormenta.
                               Al príncipe, infame loca
traeré delante de ti,
y de matalle.
Estrella,-                                            ¡Ay de mi,
hermano.
Anteo.-                                Cierra la boca,
no hables más: ¿no callas?
Estrella.-                                                            Si
Anteo.-                Buscaré ahora el villano
por matarte con su muerte,
y como hijo y hermano
dos afrentas.
Estrella.-                            Triste suerte.
Anteo.-                Vengaré.
Estrella.-                            Dios soberano.
                               Valedme Virgen sagrada,
muerta soy favor os pido,
es mi desdicha sobrada.

Se va Anteo y sale Aurora.

Aurora.-              De haber tratado y corrido
estoy corrida y cansada.
Estrella.-             Señora.
Aurora.-                              ¿Qué miro?
Estrella.-                                            El cielo
te ha traído por aquí
a darme vida y consuelo,
Anteo me puso así
de quien la furia recelo.
Desátame que es cruel.
Aurora.-              Mi buena suerte bendigo,
pero quiero amiga fiel
por lo que puedes conmigo,
ver lo que puedo con él.
Aquí mismo me has de atar
para que esto efecto tenga
y gustaré de escuchar
lo que dirá cuando venga
hallándome en tu lugar.
Le diré que se ha engañado,
y que por atarte a ti, 
a mi atada me ha dejado
y será un cuento extremado:
¿qué dices?
Estrella.-                            Digo que si.
                               Que aún responderte no puedo
del miedo que me ha dejado.
Aurora.-              Mucho te sujeta el miedo.
Estrella.-             Mucho: a Dios.
Aurora.-                              Buena he quedado
de rendida atada quedo.
Verá cuando venga Anteo,
que el adoralle es tan justo,
que contenta de mi empleo
estoy atada a su gusto,
y rendida a mi deseo.

Sale Anteo.

Anteo.-                No es posible parecer,
es en efecto cobarde
y se ha sabido esconder
mas mi sangre he de verter
por lo que en mis venas arde.
Saldrá de un pecho villano.
Aurora.-              Detén el golpe feroz,
mira.
Anteo.-                                Cielo soberano,
que llegó tarde la voz
para detener la mano.
Aurora.-              Jesús mío.
Anteo.-                                Cielo santo,
¿si es penetrante la herida?
no es posible, mas que espanto
¿habrá quedado sin vida?
¿Cómo no me acaba el llanto?
Con agua volverá en sí,
llorad ojos, más os vale,
que aunque tan fuerte nací,
como de una peña sale,
bien puede salir de mí.
Mas de mi suerte reniego,
y que disparate os niego,
no lloréis mis ojos, no
porque cuando llore yo
serán mis lágrimas fuego.
Qué haré ahora, si el pesar
me quita todo el sentido,
mas convenible lugar
buscaré, cielo ofendido,
acabadme de acabar.
Ay Aurora, ay prenda amada
que carga, que pena fiera
por hermosa y desdichada,
para los brazos ligera,
y para el alma pesada.

Se va, llevando en los brazos a Aurora, y sale el príncipe Henrico, sale Lotario y el Embajador con él.

Embajador.-     Te esperan Señor con tanto gusto
el Rey y sus vasallos, que lo traigo
escrito yo en el alma, solo el Príncipe
no está en gracia del Rey, ausente anda.
Henrico.-            El agravio del Duque será causa
de esa ausencia.
Embajador.-     No es mucho, que es
el Duque
primo hermano del Rey, y su persona
no menos estimada que la suya.
Henrico.-            ¿Y qué dice de mi?
Embajador.-                     Te tienen  Henrico 
como en las voces, pienso que en el alma
Henrico.-            Que de ver a mi Aurora, y de gozalla
he de ser digno.
Embajador.-                                     ¿La quieres mucho?
Henrico.-            Es ídolo del alma donde asiste,
muero por ella.
Embajador.-                     ¿Cómo? ¿Que es posible 
que sin habella visto, ni tenido
noticia de sus partes (porque es cierto
que ninguno las sabe) tú la adoras?
Henrico.-            Pues de eso mismo estoy enamorado
y no he de enamorarme, y estar loco
por mujer que ninguno la ha mirado.
¿Hay valor como el suyo? Las mujeres
en mi opinión amigo valen menos
cuanto las miran más; y los honrados
no se han de enamorar para casarse,
de un rostro hermoso, de unos bellos ojos
sino solamente de la fama
que tiene la que toman por esposa;
porque al fin tanto hermosa, como fea,
de bueno, o de mal talle, un mesmo gusto
(cuando es mujer) ofrece a su marido.
Embajador.-     Tienes mucha razón.

Entra un criado.

Criado.-               El Conde Octavio
pide licencia.
Embajador.-     Dásela que es el Conde
de los mayores Grandes de su reino,
y te es apasionado.
Henrico.-                            Dile que entre
                               ¿Qué querrá el Conde?
Embajador.-     ¿Qué? Tratar contigo
del puesto donde quieres esperarte
para que salga el Rey a recibirte;
y piensa que te tiene apercibida
una entrada famosa, y vi hechos
muchos arcos triunfales milagrosos,
y pintados al óleo en muchos lienzos,
de los Ingleses Reyes las historias
sacadas de la boca de la fama,
y otras cosas insignes; ya entra el Conde.

Entra el Conde.

Conde.-                Deme sus reales manos vuestra alteza.
Henrico.-            El Conde se levante, y de mis brazos
reciba estos favores.
Conde.-                                               Tus pies beso,
y tras tanta merced, dadme licencia
que a parte pueda hablarte.
Henrico.-                                           Ya la tienes.
Embajador.-     ¿Embajada en secreto? No carece
de misterio si el príncipe la envía
Henrico.-            ¿No sobra que la Infanta guste de eso
para servilla yo?
Conde.-                               Y escucha el como.
Embajador.-     Muy alegre semblante tiene Henrico
no será de pesar lo que se escucha,
con todo me da pena este cuidado.
Henrico.-            Muy buena traza diste, vamos luego.
Embajador.-     Hasta perfelle no tendré sosiego.

Se van y salen Estrella y Claudia

Estrella.-             Como digo la dejé, y es cierto, pues no han llegado, que Anteo se la ha llevado con su gusto.
Claudia.-             ¡Ay! ¿Dios, qué haré?
                               Que ha prevenilla venía,
que apercibida estuviese
para cuando el Rey viniese,
por ella
Estrella.-                            Desdicha mía
                               ¿Qué haremos? Que muerta estoy
de pensar dónde estará;
¿y Henrico cuándo entrará
en la ciudad?
Claudia.-                             ¿Cuándo? Hoy.

Sale Anteo.

Anteo.-                Por este monte desierto
tan ciego voy de pesar
que de no hallar que matar
estoy loco y estoy muerto.
Afligido y afrentado,
¿de qué suerte vivir puedo?     
Estrella.-             Mi hermano es aquel, de miedo
casi sin alma he quedado.
Escondámonos aquí
que aun ánimo yo no tengo
para huir.
Anteo.-                                Sin alma vengo,
y por eso estoy sin mí.
Allá la dejo ofendida
con mi Aurora.
Claudia.-                             Bien estás.
Anteo.-                Aunque en ella ha sido más
el espanto que la herida.
                               Pero no estará contenta
hasta que se halle por dicha
la ocasión de su desdicha,
y la causa de mi afrenta.
                               ¿A dónde se habrá escondido?
¿la tierra lo habrá tragado?
¿Si al infierno se ha bajado?
¿Si a los cielos se ha subido?
                               Mas no importa, en mi linaje
no ha de haber afrenta, y duelos,
aunque se suba a los cielos,
o a los abismos se abaje.
                               Hasta las celestes salas
volaré tras mi ofensor,
que en los hombres de valor
los agravios tienen alas.
Estrella.-             Furioso está.
 Claudia.-            El rostro ha puesto
sobre el brazo, divertido
está ahora.

Entra el Príncipe Henrico, y el Conde.

Conde.-                               Hemos venido
por el aire, este es el puerto.
Aquí podrás esperarte.
Henrico.-            Aquí espero.
Estrella.-                            Muerta estoy.
Conde.-                Que yo por Lotario voy
para que venga a matarte.

Se va el Conde.

Estrella.-             ¿Cómo a la pena resisto?
Henrico.-            Que bien mis intentos van,,
si se ven, se matarán.
Estrella-              Más  ¡ay cielo!, ya se han visto.
Henrico.-            ¿Quién será?
Anteo.-                                ¿No es mi contrario?
                               ¿Qué espero? ¿Me tienes en poco?
Henrico.-            ¿Qué pretendes? ¿Vienes loco?
Anteo.-                ¿No me conoces Lotario?
                               De cobarde y de espantado,
la memoria habrás perdido.
Henrico.-            Tú el seso.
Anteo.-                                De ofendido;
 mete mano.
Estrella.-                            Cielo airado.
                               Valedme.
Henrico.-                            Algún loco este es;
tente.
Estrella.-                            Cielos soberanos.
Anteo.-                Quien afrenta con las manos
se retira y saca pies.
Henrico.-            Muerto soy. ¡Válgame el cielo!
Claudia.-             Le pasó de una estocada.
Estrella.-             Por ser yo tan desdichada.
                               Traidor.
Claudia.-                             Fuese.
Estrella.-                                            Buscarelo.
                               Mas no puedo que el dolor
me tiene rendida, y muerta,
pero en desdicha tan cierta
matarme será mejor.
Claudia.-             Tente, ¿tanto amor tenías
al Príncipe mi señor?
Estrella.-             Cuando es tan justo el amor
no se mide con los días.
Claudio.-             Por tu padre considera
que tu hermano le mató.
Estrella.-             ¿Cuándo a mi padre afrentó?,
no sabía que lo era.
                               Y yo fui la causa.
Claudia.-                             Así.
Estrella.-             Que si él a mi no me amara,
nunca a mi padre afrentara,
pues lo que hizo por mí,
aunque contra mí haya sido
mitigara mi cuidado,
no adviertes que me ha obligado
lo mismo que me ha ofendido.
¡Ay mi bien!, ¿quieres dejarme
echar este lazo al cuello,
aunque me quites aquello
que es bueno para matarme?
Será otra Dorsia.
Claudia.-                             Que ciego dolor,
de límite pasas.
Estrella.-             Aunque me faltan las brasas,
yo sé que no falta el fuego.
Y no me podrás quitar
que me mate.
Claudia.-                             Ya me incitas
a enojo.
Estrella.-                            Si no me quitas
la desdicha y el pesar,
que sé mucho y siento mucho.

Salen Lotario y el Conde.

Lotario.-             Yo mismo lo mataré.
Conde.-                Ya no está aquí.
Lotario.-                             ¿Si se fue?
Estrella.-             ¡Ay mi Lotario!
Lotario.-             ¿Qué escucho?
Estrella.-             ¡Ay mi bien!
Lotario.-                             Ya he conocido
la voz
Estrella.-                            ¡Ay príncipe amado!
de mí tan presto adorado,
pero tan presto perdido.
¿Qué veo?
Lotario.-                             Querida infanta
ya procuro no perderte.
Claudia.-             Es su sombra.
Estrella.-                            Estoy de suerte
que aún su sombra no me espanta.
Claudia.-             ¿Si fue pequeña la herida?
Lotario.-             Ni estoy herido, ni muerto;
no soy sombra.
Claudia.-                             Cierto.
Lotario.-                                             Cierto,
cuerpo tengo, y tengo vida.
Estrella.-             Pues ¿no te vi matar a Anteo?
Lotario.-             Sin duda a Henrico mató,
creyéndose que era yo.
Conde.-                El logró nuestro deseo.
Estrella.-             Mi príncipe.
Lotario.-                             Infanta amada
no he sido yo el desdichado.
Estrella.-             ¿Cómo señor?
Lotario.-                             Traza he dado
aunque en él es extremada
para ser.
Estrella.-                            ¿No te mató?
Lotario.-             Huyó.
Estrella.-                            ¿Anteo?
Claudia.-                                             Espera.
Lotario.-                                                            Ya
veo que allí el cuerpo está
del que piensas que soy yo.
Estrella.-             ¿Quién es señor aquel hombre?
Lotario.-             El de Inglaterra fue,
pues queda muerto yo iré
con su gente y con su nombre,
a desposarme contigo
pues tanto nos parecemos,
que semejantes  extremos
hace el amor, si le obligo.
Con él favorece a mi agora
a mi alma y a mi engaño
porque si no será el daño
más notable.
Estrella.-                            Quien te adora,
no podrá negarte cosa,
lograré así mi esperanza.
Lotario.-             Pues me voy, que la tardanza
podrá sernos muy dañosa.
A Dios, y a ti en el camino
te diré lo que has de hacer.

Se van los dos.

Claudia.-             Que es posible suceder
suceso tan peregrino.
¿Qué es aquello?
Estrella.-                            Claudia mía,
pues la infanta no parece,
y tanto gusto merece
 alma que de ti se fía.
Digamos que soy la infanta,
pues nadie la conoció
y siendo tu reina yo
haz cuenta que te levanta
tu buena suerte por mí,
mi Claudia hasta el mismo cielo.
Claudia.-             Pues tú lo quieres, harelo
que eso y más te debo a ti.
Si preguntan por Estrella,
¿qué dirás y qué diré?
Estrella.-             Que con su hermano se fue,
y vino él mismo por ella.
Dichosa reina he de ser.
Claudia.-             ¿Quién vio enredos semejantes?
Estrella.-             Fortuna no me levantes
para dejarme caer.

Se van y salen el Rey y un Grande.

Rey.-                     ¿Ya se partió?
Grande.-                             Señor, sí.
Rey.-                     ¿Y va el marqués advertido?
Grande.-              De que no mude el vestido,
ni descubra el rostro.
Rey.-                                                    Y así
conviene que hasta que sea
casada, no la han de ver
el rostro.
Grande.-                             Cosa ha de ser
de gran gusto a quien lo vea.
Rey.-                     Pues me disculpa la edad,
¿salió mi Gobernador
a Henrico?
Grande.-                             Con lo mejor
de tu reino y tu ciudad.
Rey.-                     ¿Qué hay del Duque?
Grande.-                             Que ha escogido
para estarse retirado
lo más fuerte de su estado.
Rey.-                     Con razón está afligido.
                               Y corre mi sentimiento
parejas con su razón,
con parte del corazón
comprara  yo su contento.
                               Pero un hijo que nacido
por mi mal, lo tuve en poco,
porque es de soberbio loco
como de loco atrevido.
¿Qué se dice de esto?
Grande.-                                             Mal
se ha murmurado después,
que como es tu sangre, y es
en virtudes general:
Lo sienten, y agradecello
puedes a él, que si fuera
menos leal, se perdiera
todo tu reino por ello.
De los votos los mejores
de su parte a tener viene
y más, que el Príncipe tiene
amigos y valedores.
Alborotase el mundo
a no ser el Duque fiel.
Rey.-                     ¿Sus hijos están con él?
Grande.-              El tercero y el segundo.
                               El primero mudó el traje
que como salvaje andaba.
Rey.-                     ¿Qué sintió?
Grande.-                             Cosa brava,
es valiente, aunque salvaje.
Está ausente y querrá ver
de su padre la venganza.
Rey.-                     Contra tan loca esperanza
algún freno es menester.
La Infanta debe llegar.
Grande.-              Sí, que ya en la sala suena
la música.
Rey.-                                    En hora buena,
venga a quitarme el pesar.

Entra el Grande y sale Estrella con acompañamiento.

Estrella.-             Si me engaño sale bien
mas que dichosa seré;
Vuestra Majestad me dé
las manos .
Rey.-                                    Hija, también
los brazos, la bendición
os daré por mi consuelo,
y muchas gracias al cielo
de que con tal ocasión
de un desierto tan forzoso
os ha sacado.
Estrella.-                                            Y tan justo,
que siguiendo en él tu gusto
fue apacible y fue dichoso.
Rey.-                     En siendo de Henrico esposa
se me cumplirá un deseo
de ver cara que no veo.
Estrella.-             Quisiera tenerla hermosa
para agradarte con ella.
Rey.-                     Tu gracia me tiene loco
 y no será infanta poco
siendo discreta, ser bella.
Por eso a dudallo vengo.
Estrella.-             Pues mi palabra te doy,
que el ser necia como soy
es lo que de hermosa tengo.
Rey.-                     Pero ya el Príncipe viene
a mostrar vuestra hermosura.
Estrella.-             Y a que yo tenga ventura
si mi engaño fuerza tiene.

Entra el Príncipe Lotario.

Lotario.-             Que posible hace el amor
una imposible esperanza.
Rey.-                     Viese mayor semejanza.
Lotario.-             Dame las manos señor.
Rey.-                     Con los brazos te las doy
que no se te certifico
si eres mi hijo, o Henrico.
Lotario.-             Las dos cosas señor soy.
Porque para ser dichoso
todo ha sido menester.
Rey.-                     Las dos cosas puede ser
quien es de mi hija esposo.
¿Qué ruido es aquel?

Sale un Grande.

Grande.-              Alborotada está ya la ciudad
y el reino todo a poco de perderse.
Rey.-                     ¿Cómo?
Grande.-              A cielo, ¿cómo comenzaré?
Rey.-                     Acaba.
Grande.-                              Ha traído,
del Príncipe tu hijo
el cuerpo muerto,
las guardas del distrito
donde estaba la Infanta mi señora.
Lotario.-             Habranle hallado
por descuido del Conde.
Estrella.-             ¡Ay desdichada!
Mis recelos me aflige.
Rey.-                     Cielo Santo, como no muero
yo y quien mató a mi hijo.
Grande.-              Tras el grande tumulto y alboroto,
cien hombres han llegado a caballo,
bien puestos todos, y entre todos
viene una mujer vestida
con el traje que está agora
la infanta mi señora.
Estrella.-             Esta es Aurora,
¡ay, Dios!, yo soy perdida.
Grande.-              Y dice el uno de ellos,
que le otorgues a dalle
sola una hora de seguro
y él dirá quién mató
con mano airada al Príncipe tu hijo.
Rey.-                     Mil seguros le daré por saber
la verdad cierta del suceso
infelice y desdichado.
Tomaré una venganza
con que asombre el mundo
 todo, y arderase el mundo,
sin que quede persona
que no mate, por no errar
el traidor que me ha ofendido.
¡Lotario.-            ¡Ay, padre de mi alma!,
lo que siente mi muerte,
bueno estoy para servirte.
Estrella.-             Temblando estoy de miedo
que no salga vano mi pensamiento.
Rey.-                     Cielo airado, todo lo he de arrasar,
perezca todo, que tengo
en las entrañas harto fuego.

Salen Aurora con el mismo traje, y el Duque con una banda por el rostro y salen Ceslao y Anteo.

Anteo.-                Guárdate el cielo mil años
porque todos ellos vivas
dando al mundo claro ejemplo
de nobleza, y de justicia.
                               Yo señor tuve en los montes
el gusto como la vida,
adonde hallaron las fieras
en mi fuerza su desdicha.
Fueron de mí las mujeres
sumamente aborrecidas,
hasta que quiso mi suerte
 que descuidada y dormida
vi a una mujer, y vi en ella
descubiertas unas Indias
del oro de sus cabellos
del nácar de sus mejillas,
de las perlas de sus dientes,
y el coral de sus encías;
de los rubios de sus labios,
y otras mil cosas que cría
este  minero del cielo
para que con él compita,
dejóme el sentido loco,
dejóme el alma rendida.
Y estándola contemplando
como a otra maravilla,
despertó, y viéndome así
me dijo: Bobo ¿qué miras?
Y yo aprobando ese nombre
que de su boca salía,
juré de llamarme el Bobo,
y de emplearme en servilla,
hasta poder merecella,
dando a todos justa envidia;
y cumplille la palabra
como lo dirán las firmas
de las cartas que hasta agora
(aunque pocas) tengo escritas.
Y un día, por cierto engaño
(para mí infelice día)
le di yo sin conocella
aunque pequeña una herida.
Porque aunque su voz no pudo
detener la mano mía,
pude en llegando a su pecho
sino detenella, abrilla,
perdiendo el hierro su fuerza,
y no le quité la vida.
Pero con el mucho espanto,
y la sangre que perdía,
en mis brazos desmayada,
a la más cercana Villa
la llevé , curela, y vine,
infinitos años viva.
La que está presente es
la que digo yo tu hija,
y será a pesar del mundo
 mi esposa y reina de Hungría
Este, señor, es mi padre,
cuya honra vi perdida,
y la cobré con la muerte
del Príncipe; y el que diga
que ha sido mal hecho miente.
Rey.-                     ¡Oh vilano!
Estrella.-                            ¡Oh, mal nacida!
Anteo.-                Si el seguro no me vale,
solo de mi espada fía
mi valor, mis cosas.
Rey.-                                    Mueran;
de nosotros defendida
será esta puerta.
Duque.-                               Parientes.
Aquesta es la Infanta misma.
Ceslao.-               Vete padre, vete hermano.
Lotario.-             No faltará quien los siga.
Rey.-                     Mueran los traidores, mueran.
Lotario.-             Grande injuria.
Estrella.-                            Gran desdicha.

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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