La Cataluña naciente, financiada por la Córdoba califal



Resumen de un interesante artículo publicado por Carmen Panadero Delgado el Viernes, 26 de mayo de 2017 en la revista digital lasnuevesmusas.com

Al finalizar cuelgo el enlace para acceder al artículo completo.

Los catalanes, enfurecidos por su derrota y a falta de tener a mano al enemigo bereber, se desquitaron con los desventurados cordobeses, entregándose ciegos de ira al pillaje y otras violencias.
      Fueron los cordobeses quienes, a su pesar, financiaron lo que vendría a ser el germen de Cataluña.
Durante el reinado de Hixem II, hijo de al-Haqem II, el Califato de Córdoba inicia su descomposición, debido en gran medida a los abusos cometidos por Sanchuelo (segundo hijo de Almanzor). En consecuencia, se genera contra el débil soberano un levantamiento en Córdoba, que eleva al trono a otro príncipe omeya, al-Mahdi. Pero los beréberes, grupo étnico de enorme peso entonces en la vida política y militar de al-Ándalus, odiados por los cordobeses, disconformes, eligieron a su propio califa, Suleymán, un omeya débil que se dejase manejar por ellos. Ambos partidos se enfrentaron para disputarse el trono, y al-Mahdi resultó vencido por los berberiscos en la batalla de Qantich (Alcolea- Córdoba), viéndose forzado a huir. En Toledo fue recibido con grandes manifestaciones de júbilo y aclamado como su único califa.
El monarca elegido por los beréberes sólo había sido reconocido por las provincias más meridionales, todas las del Norte y las fronteras, desde Tortosa hasta Lisboa, que permanecían fieles a al-Mahdi. Los beréberes determinaron ir contra Toledo, pero el walí de las fronteras medias, el eslavo Wadhid declaró una vez más su lealtad a al-Mahdi, poniendo todo su ejército y el de los eslavos al servicio de la causa de este.       
                Los bereberes consiguieron el apoyo del Conde de Castilla contra al-Mahdi a cambio de varias ciudades y plazas.
                Wadhid y su califa solicitaron la ayuda de los condes catalanes Ramón Borrell III de Barcelona y Armengol de Urgel. Para lograr la alianza hubieron de prometer todo lo que les pidieron: cien dinares al día para cada conde y dos para cada soldado, todos los víveres y el vino que fueran menester para tan gran multitud, además del botín que se lograra de los beréberes y que no habrían de compartir. Con un gran ejército catalán (barceloneses, urgelenses y besaluneses), unido a cordobeses y eslavos amiríes (los leales al difunto Almanzor y sus hijos), las tropas de al-Mahdi se dirigieron hacia Córdoba, resueltas a recuperarla.
          Los beréberes les salieron al encuentro, y ambas huestes se avistaron en un lugar llamado Aqabat al- Baqar o Cuesta de los Bueyes (El Vacar), a menos de cuatro leguas al norte de Córdoba. Cargaron con tal ímpetu contra las fuerzas de su rival que acabaron con numerosos combatientes contrarios; allí, cordobeses, eslavos y hasta setenta caudillos catalanes vertieron su sangre y, entre estos, el conde de Urgel, Armengol, y los obispos Odón de Gerona y Arnulfo de Vic. Pese a todo, el ejército berberisco erró en su estrategia, y los que ya se creían vencedores se desbandaron con gran desorden, regresando a Medina al-Zahãra, donde tenían su cuartel general.    
         El ejército del califa al-Mahdi se alzó con la victoria, quedó dueño del campo y se hizo con rico botín, entrando poco después victorioso en la capital califal. Los desventurados cordobeses, que ya habían sufrido antes el saqueo de beréberes y castellanos, hubieron de padecer ahora los excesos de los catalanes. Estaba el pueblo hastiado de los males de aquella guerra que tan sin fruto hacían, pues, siendo la mayoría de sus lances en el interior de la misma ciudad, eran por ello más graves y sensibles los horrores que soportaban. Cuando la población supo que los vencidos berberiscos evacuaban Medina al-Zahãra con sus familias, corrieron hacia allá y destrozaron sus casas, arrebatando cuanto a su paso hallaron: tapices, lámparas, muebles y hasta ejemplares del Corán.
        Tras la entrada triunfal de al-Mahdi en Córdoba, ordenó gravar a la población con un impuesto extraordinario para poder pagar la soldada  convenida a sus refuerzos catalanes. Entre tanto, los beréberes, con sus miras puestas en Algeciras, avanzaban hacia el Sur saqueando, despechados, todo cuanto hallaban en su camino. Pero al-Mahdi, sabiéndolos vencidos y "apremiado por los catalanes", decretó que su ejército los siguiera para exterminarlos y asegurar la victoria.
           Sin embargo, los beréberes volvieron atrás y se reagruparon junto al río Guadiaro (otros dicen que el Guadaíra. Exasperados por la reciente derrota y con afán de venganza, arremetieron contra el ejército que integraban cordobeses, eslavos y catalanes, batiéndose con gran saña. Los aliados de al-Mahdi comenzaron la lid defendiéndose con brío, mas, al punto, quienes estaban en la vanguardia no se sabe qué vieron o qué temieron, pero lo cierto es que tornaron bridas y, desordenados, huyeron a rienda suelta atropellando a las líneas que los seguían y quedando el campo desbaratado. Tras recejar, fueron vencidos con cruel matanza y muchos perecieron arrastrados por la corriente del río. Gran número de eslavos y cordobeses fueron despedazados en aquellos campos; pareja suerte corrieron más de tres mil catalanes, además de ser despojados del botín de su victoria anterior y de los cinturones que llevaban repletos de dinares de oro y dirhems de plata. Culpándose unos a otros de la mala ventura de la guerra, retornaron a Córdoba las reliquias del vencido ejército para protegerse tras sus recias murallas.    
Los catalanes, enfurecidos por su derrota y a falta de tener a mano al enemigo bereber, se desquitaron con los desventurados cordobeses, entregándose ciegos de ira al pillaje y otras violencias.
Tan injusta e imprevista crueldad de parte de sus aliados anonadó a la población, pues no solo saquearon comercios, zocos, casas, palacios, harenes, sino hasta las mezquitas.
           Las mesnadas catalanas regresaron sin gloria, pero inmensamente ricas tras saquear a sus aliados y recobrar sus desproporcionadas soldadas. Aquel ingente tesoro que portaban consigo contribuyó a mejorar la situación que hasta entonces vivieran, influyendo en su devenir político y social:
Los condados catalanes llevaban algunos años procurando conseguir la unidad de sus diferentes feudos, cuya división lastraba su progreso económico, su avance social y hasta su defensa frente al enemigo. Los anteriores intentos por lograr esa unidad, llevados a cabo por los condes y otros seniores de natura o de rango baronial junto con los obispos —sobre todo los de Vic y Ripoll— habían fracasado siempre por falta de recursos. Pero la situación iba a cambiar mucho tras el saqueo de Córdoba.          
Cómo debió de ser aquel saqueo que el precio del oro bajó no solo en el noreste peninsular, sino también en el sur y sureste de Francia. Y en aquel mismo año, convocados en Vic, lograron al fin la unidad de feudos y condados a que aspiraban y que antes se les resistiera —los condados de Barcelona, Gerona y Ausona conformaron un núcleo político que se hizo con el liderazgo unificador e influyente en el resto—, al mismo tiempo que por iniciativa de Oliba,  nieto de Wifredo el Velloso, además de abad de Ripoll y obispo de Vic, pudieron repoblarse amplias extensiones de tierras catalanas, como Calaf, el Bages y la Segarra, Anoia, la Conca de Barberá y el Campo de Tarragona,  logrando así delimitar y asegurar sus fronteras, sobre todo en Tarragona y Tortosa. Sobraron, además, recursos para engrandecer su incipiente flota con nuevos encargos de navíos a los astilleros de Génova y Venecia; aquel botín les había proporcionado el caudal necesario para lanzar también su desarrollo mercantil.              
Es hecho muy probado que los cordobeses financiaron la Cataluña naciente.   

Puedes leer el texto original e integro en el enlace:





Daniel Faria



"No creo que cada uno tenga su lugar.
Creo que cada uno es un lugar para los demás."
Daniel Faria







 

Valencia y las nuevas calles o el despotismo ¿ilustrado? valenciano.




El despotismo ilustrado es un concepto político que surge en la segunda mitad del siglo XVIII, en Europa (Austria, Francia, Rusia y Prusia), que se enmarca dentro de las monarquías absolutas y que pertenece a los sistemas de gobierno del Antiguo Régimen Europeo. Los monarcas de esta doctrina adoptaron un discurso paternalista. Su lema era «Tout pour le peuple, rien par le peuple», es decir, Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. También se le suele llamar despotismo benevolente o absolutismo ilustrado; y a quienes lo ejercen, dictador benevolente.


El Ayuntamiento de Valencia, amparándose en la Ley de Memoria Histórica, ha procedido a cambiar el nombre de 51 calles de la capital del Turia. Este cambio, según datos oficiales, afectará alrededor de 20.000 ciudadanos. Al finalizar el artículo aparecerá el listado de las calles afectadas.
Por su propia iniciativa ha considerado conveniente proceder a dicha redenominación viaria.  ¿Cuál pretende ser su objetivo? Eliminar calles de connotación franquista. Debe ser esto más importante que reorganizar el caos circulatorio que han creado en el centro de la ciudad, prestar mayores y mejores servicios a los ciudadanos o prohibir las campanas de San Nicolás.  No dudo, e incluso puede que aunque no comparta sus criterios, los nuevos nombres sean necesarios para la ciudad. Para ello bastaría abrir nuevas calles y avenidas asignándoles los nombres deseados. Reconozco que Goerlich merece una avenida.
Sin embargo sucede como sucede siempre; es decir, cambiamos a unos y ponemos a otros. Siempre es más de lo mismo, el que está en el poder emplea todas sus herramientas para imponer sus criterios a costa del pueblo.

España invertebrada. Capítulo 3. José Ortega y Gasset


3. ¿POR QUE HAY SEPARATISMO?

Uno de los fenómenos más característicos de la vida política española en los últimos veinte años ha sido la aparición de regionalismos, nacionalismos, separatismos; esto es, movimientos de secesión étnica y territorial. ¿Son muchos los españoles que hayan llegado a hacerse cargo de cuál es la verdadera realidad histórica de tales movimientos? Me temo que no.  

Para la mayor parte de la gente, el «nacionalismo» catalán y vasco es un movimiento artificioso que, extraído de la nada, sin causas ni motivos profundos, empieza de pronto unos cuantos años hace. Según esta manera de pensar, Cataluña y Vasconia no eran antes de ese movimiento unidades sociales distintas de Castilla o Andalucía. Era España una masa homogénea, sin discontinuidades cualitativas, sin confines interiores de unas partes con otras. Hablar ahora de regiones, de pueblos diferentes, de Cataluña, de Euskadi, es cortar con un cuchillo una masa homogénea y tajar cuerpos distintos en lo que era un compacto volumen.
Unos cuantos hombres, movidos por codicias económicas, por soberbias personales, por envidias más o menos privadas, van ejecutando deliberadamente esta faena de despedazamiento nacional, que sin ellos y su caprichosa labor no existiría. Los que tienen de estos movimientos secesionistas pareja idea, piensan con lógica consecuencia que la única manera de combatirlos es ahogarlos por directa estrangulación: persiguiendo sus ideas, sus organizaciones y sus hombres. La forma concreta de hacer esto es, por ejemplo, la siguiente: En Barcelona y Bilbao luchan «nacionalistas» y «unitarios»; pues bien: el Poder central deberá prestar la incontrastable fuerza de que como Poder total goza, a una de las partes contendientes; naturalmente, la unitaria. Esto es, al menos, lo que piden los centralistas vascos y catalanes, y no es raro oír de sus labios frases como éstas: «Los separatistas no deben ser tratados como españoles.» «Todo se arreglará con que el Poder central nos envíe un gobernador que se ponga a nuestras órdenes.»

Los límites de la cordura - G.K. Chesterton (2)



Proféticas palabras de Chesterton sobre el capitalismo.
 
2. La hora critica.
Cuando por un momento estamos satisfechos, o hartos, después de haber leído las últimas noticias de los círculos sociales más altos, o los informes más exactos de los tribunales de justicia más responsables, nos volvemos de manera natural al folletín del diario, que se titulará «Envenenado por su madre» o «El misterio del anillo de compromiso rojo», en busca de algo más tranquilo y más serenamente convincente, más descansado, más doméstico y más próximo a la vida real. Pero a medida que vamos volviendo las páginas, al pasar de la realidad increíble a la ficción relativamente creíble, es probable que nos encontremos con una frase particular sobre el tema general de la degeneración social. Es una de las varias frases que parecen guardarse ya estereotipadas en las imprentas de los diarios. Como la mayoría de estas declaraciones sólidas, es de carácter consolador. Es como el titular «esperanza de un arreglo», por el cual nos enteramos de que las cosas están desarregladas; o eso del «renacimiento de la industria», anuncio que es parte de lo que tiene que hacer renacer periódicamente a la industria periodística. El dicho al cual me refiero reza así: los temores acerca de la degeneración social no deben inquietamos, porque tales temores se han manifestado en todas las épocas; y siempre hay personas románticas y retrospectivas, poetas y demás basura, que miran atrás, a «felices viejos tiempos» imaginarios.
Lo propio de tales afirmaciones es que parecen satisfacer a la inteligencia; en otras palabras, lo propio de tales pensamientos es que nos impiden pensar. El hombre que ha elogiado así el progreso no cree necesario progresar más. El hombre que ha desechado una queja por vieja no considera necesario decir nada nuevo. Se contenta con repetir esta disculpa de las cosas existentes, y parece incapaz de ofrecer ningún otro pensamiento sobre el tema. Claro está que es bien cierto que esta idea de la decadencia de un Estado ha sido sugerida en muchas épocas y por muchas personas, algunas de ellas, por desgracia, poetas. Así, por ejemplo, a Byron, tan notoriamente taciturno y melodramático, de un modo o de otro se le había metido en la cabeza que las islas de Grecia eran menos magníficas en cuanto a artes y armas en los últimos tiempos de la dominación turca que en tiempos de la batalla de Salamina o La República de Platón. Así también Wordsworth, figura igualmente sentimental, parece insinuar que la república de Venecia no era tan poderosa cuando Napoleón la aplastó cual chispa agonizante como cuando su comercio y su arte llenaban los mares del mundo con un incendio de color.
Muchos escritores de los siglos XVIII y XIX han llegado hasta a insinuar que la España moderna desempeñaba un papel menos importante que la España de los tiempos del descubrimiento de América o de la batalla de Lepanto. Algunos, aún más carentes de ese optimismo que es el alma del comercio, han hecho una comparación igualmente perversa entre las condiciones anteriores y últimas de la aristocracia comercial de Holanda. Otros han llegado a sostener que Tiro y Sidón no están tan en su apogeo como lo han estado. Y al parecer una vez alguien dijo algo acerca de «las ruinas de Cartago».
En un lenguaje algo más sencillo, podemos decir que todo este debate deja un hueco grande y evidente. Cuando un hombre dice que «la gente era tan pesimista como ustedes en las sociedades no ya decadentes, sino en las florecientes», está permitido responder: «Sí, y la gente era tan optimista como usted en las sociedades realmente decadentes». Porque, después de todo, había sociedades realmente decadentes. Es verdad que Horacio decía que cada generación parecía ser peor que la anterior, sobreentendiendo que Roma estaba perdida, en el preciso momento en que todo el mundo extranjero caía bajo las águilas. Pero es probable que un último y olvidado poeta de corte, elogiando al último Augústulo olvidado en la ceremoniosa corte de Bizancio, contradijera todos los rumores sediciosos de decadencia social, exactamente igual que nuestros periódicos, alegando que, después de todo, Horacio había dicho lo mismo. Y también es posible que Horacio tuviera razón, que fuera en sus tiempos cuando se inició el camino que llevó a Horatius sobre el puente de Heracleius, en el palacio; que si Roma no se iba inmediatamente a los perros, los perros irían hacia Roma y que su aullar lejano se oyó por primera vez en aquella hora de águilas alzadas; que había empezado un largo progreso que también era una larga decadencia, pero terminó en la Edad Media. Roma había vuelto a la Loba. Digo que esta opinión puede al menos defenderse, aunque en realidad no es la mía; pero es suficientemente razonable como para rehusar descartarla con la jovialidad barata del axioma al uso. Ha habido y puede haber algo como una decadencia social, y el único interrogante es, en un momento dado, si Bizancio había decaído y si Gran Bretaña está decayendo. Dicho con otras palabras, debemos juzgar cualquier caso de pretendida degeneración según sus propios merecimientos. No constituye una respuesta decir lo que, por supuesto, es perfectamente cierto: que algunas personas tienen propensión natural al pesimismo. No las estamos juzgando a ellas, sino a la situación que juzgaron acertada o desacertadamente. Podemos decir que a los escolares les ha disgustado siempre tener que ir a la escuela. Pero existe una cosa que es una mala escuela. Podemos decir que los agricultores siempre se quejan del tiempo. Pero hay una cosa que es una mala cosecha. Y tenemos que considerar como una cuestión de hecho en cada caso, y no de sentimientos del agricultor, si el mundo espiritual de la moderna Inglaterra tiene en perspectiva una mala cosecha.
Ahora bien, las razones para juzgar amenazante y trágico el problema actual de Europa, y especialmente de Inglaterra, son razones enteramente objetivas y nada tienen que ver con esta disposición de ánimo propicia a la reacción melancólica. El sistema actual, llamémoslo capitalismo o cualquier otra cosa, particularmente tal como existe en los países industriales, ya ha llegado a ser un peligro y se está convirtiendo rápidamente en una amenaza de muerte. El mal se advierte en la experiencia privada más ordinaria y en la ciencia económica más fría. Para tomar primero la prueba práctica, no sólo lo sostienen los enemigos del sistema, sino que lo admiten sus defensores. En las disputas obreras de nuestro tiempo no son los empleados, sino los empleadores quienes declaran que el negocio anda mal. El hombre de negocios que prospera no está defendiendo la prosperidad, está defendiendo la quiebra. La causa a favor de los capitalistas es la causa contra el capitalismo. Lo más extraordinario es que su representante tiene que echar mano de la retórica del socialismo. Dice simplemente que los mineros o los obreros ferroviarios deben proseguir su trabajo «en beneficio público». Nótese que los capitalistas ya no usan nunca el argumento de la propiedad privada. Se limitan por completo a esta especie de versión sentimental de la responsabilidad social general. Resulta divertido leer lo que dice la prensa capitalista sobre los socialistas que abogan sentimentalmente por gentes «fracasadas». Y ahora el argumento principal de todo capitalista en toda huelga es el de que él mismo está al borde del fracaso.
Tengo una objeción simple a este argumento simple de los periódicos que hablan de huelgas y de peligro socialista. Mi objeción es que su argumento lleva derecho al socialismo. En sí mismo, no puede llevar a nada más. Si los obreros deben seguir trabajando porque son servidores del público, sólo puede deducirse que deberían ser servidores de la autoridad pública. Si el Gobierno debe obrar en beneficio del público, y no hay más que decir, entonces es evidente que el Gobierno debería encargarse de todo el asunto, y no hay más que hacer. Yo no creo que la cuestión sea tan simple como esto, pero ellos sí lo creen. No creo que este argumento en favor del socialismo sea concluyente. Pero según los antisocialistas, el argumento pro socialista es concluyente. Hay que considerar solamente al público, y el Gobierno puede hacer lo que le plazca siempre que considere al público. Presumiblemente puede hacer caso omiso de la libertad de los empleados y forzarlos a trabajar, tal vez encadenados. También es presumible que puede hacer caso omiso del derecho de propiedad de los empleadores y pagar al proletariado, si fuera necesario, con lo que saca de los bolsillos de aquéllos. Todas estas consecuencias se siguen de la doctrina altamente bolchevique que cada mañana pregona la prensa capitalista. Eso es todo lo que tienen que decir; y si eso es lo único que hay que decir, entonces lo otro es lo único que hay que hacer.
En el último párrafo se señala que abandonarnos a la lógica de los editorialistas que escriben sobre el peligro socialista sólo podría llevarnos derecho al socialismo. Y como algunos de nosotros se niegan sincera y enérgicamente a ser llevados al socialismo, hemos adoptado hace tiempo la alternativa más difícil: la de tratar de pensar en las cosas. Y seguramente iremos a parar al socialismo, o a algo peor que se llamará también socialismo, o al simple caos y la ruina, si no hacemos un esfuerzo para ver la situación en su totalidad, dejando aparte nuestros enojos inmediatos. Ahora bien, el sistema capitalista, bueno o malo, verdadero o falso, se apoya en dos ideas: la de que el rico siempre será suficientemente rico para pagar salarios al pobre, y la de que el pobre siempre será bastante pobre para querer ser asalariado. Pero también supone que cada una de las partes está negociando con la otra, y que ninguna de las dos piensa en primer término en el público. El dueño de un autobús lo explota en beneficio propio, y el hombre más pobre consiente en manejarlo a fin de procurarse una paga. De modo similar, el conductor de autobús no está henchido de un abstracto deseo altruista de conducir bien un buen vehículo lleno de gente en vez de llevar una carreta. No desea conducir un autobús porque ello constituya las tres cuartas partes de su vida. Está haciendo su trabajo por la paga más alta que puede obtener. Ahora bien, el argumento favorable al capitalismo decía que, mediante ese negocio privado, se servía realmente al público. Y así fue durante un tiempo. Pero si tenemos que pedir a cualquiera de las dos partes que prosiga beneficiando al público, el único argumento original en pro del capitalismo se desploma por completo. Si el capitalismo no puede pagar tanto como para tentar a los hombres para que trabajen, el capitalismo está, según los principios capitalistas, en simple bancarrota. Si un comerciante de té no puede pagar a los empleados, y no puede importar té si no tiene empleados, su negocio quiebra y se acaba. En las antiguas condiciones capitalistas nadie dijo que los empleados debieran trabajar por menos a fin de que alguna anciana pobre pudiera tomar una taza de té. De modo que, en realidad, la prensa capitalista es quien prueba, según principios capitalistas, que el capitalismo ha tocado a su fin. Si no fuera así, no habría necesidad de las exhortaciones sociales y sentimentales que hacen. No sería necesario que pidieran, como los socialistas, la intervención del Gobierno. No hubiera sido necesario que, como los sentimentales y altruistas, adujeran como motivo la molestia de los pasajeros. La verdad es que ahora todo el mundo ha abandonado el argumento en el cual se basaba todo el viejo capitalismo: el argumento de que, si se dejara a los hombres cerrar tratos individualmente, automáticamente se beneficiaría el público. Tenemos que hallar nuevo fundamento de alguna clase; y los conservadores ordinarios, sin saberlo, están recurriendo al fundamento comunista.
Estoy seguro de que es absolutamente imposible seguir recurriendo al antiguo fundamento capitalista. Aquellos que intentan hacerlo se enredan en nudos absolutamente inextricables. Las cuestiones más prácticas y urgentes del momento ponen de manifiesto la contradicción día tras día. Así, por ejemplo, cuando hay alguna gran huelga o lockout en algún negocio grande como lo es el de las minas, se nos asegura siempre que no se lograría gran economía suprimiendo los beneficios privados, puesto que esos beneficios privados son ahora insignificantes y la industria en cuestión ya no enriquece mucho a la minoría.
Sea cual fuere el valor de este particular argumento, es evidente que destruye por completo el argumento general. El argumento general en pro del capitalismo o el individualismo es que los hombres no se aventurarán, salvo que en la lotería haya premios considerables. Es el que se conoce en todos los debates socialistas como el argumento del «incentivo de la ganancia». Pero si no hay ganancia, claro es que no hay incentivo. Si los titulares de regalías y los accionistas sólo reciben de la explotación un pequeño beneficio inseguro o dudoso, bien podrían caer en la baja condición de soldados y servidores de la sociedad. Nunca he comprendido, dicho sea de paso, por qué los polemistas tories tienen tanto deseo de probar, en contra del socialismo, que los «servidores del Estado» tienen que ser necesariamente incompetentes e inactivos. La verdad es que podría dejarse a otros la tarea de señalar la modorra de Nelson o la rutina embotadora de Gordon. Pero este hundimiento del individualismo industrial, que también es una contradicción (puesto que tiene que contradecir todas sus máximas más comunes), no es sólo un accidente de nuestra condición, aunque esté más acentuado en nuestro país.
Cualquiera que pueda pensar en teorías, o sea en esas cosas tan sumamente prácticas, verá que tarde o temprano se hace inevitable esta parálisis del sistema. El capitalismo es una contradicción; es una contradicción hasta en los términos. Diseccionarlo lleva mucho tiempo, y todavía más tiempo notar que se ha hecho; pero ahora hay nuevas circunstancias, el timón ha dado una vuelta completa. El capitalismo se hace contradictorio tan pronto como se completa, porque consiste en tratar con la masa de los hombres de dos modos opuestos al mismo tiempo.
Cuando la mayoría de los hombres son asalariados, es cada vez más difícil que la mayoría de los hombres sean clientes. Porque el capitalista siempre trata de rebajar lo que su dependiente pide, y al hacerlo merma lo que su cliente puede gastar. Tan pronto como tiene dificultades en su negocio, como sucede actualmente en el negocio del carbón, trata de reducir lo que tiene que invertir en salarios, y al hacerlo reduce lo que otros tienen para gastar en carbón. Quiere que el mismo hombre sea rico y pobre a la vez. Esta contradicción del capitalismo no aparece en las primeras etapas, porque todavía existen poblaciones no sometidas a la condición proletaria común. Pero en cuanto la totalidad de los ricos emplea a la totalidad de los obreros, esta contradicción se hace patente como irónico sino y como evidente fallo. Empleador y empleado se retratan de forma palmaria en la relación de Robinson Crusoe y Viernes.
Robinson Crusoe puede decir que tiene dos problemas: la provisión de trabajo barato y la perspectiva de comerciar con los nativos. Pero como trata de estos dos modos diferentes con un mismo hombre, se meterá en complicaciones. Robinson Crusoe posiblemente pueda obligar a Viernes a trabajar a cambio de nada más que su manutención, ya que el hombre blanco tiene todas las armas. Como Geddes, puede hacer economía con un hachan. Pero no puede reducir a cero el salario de Viernes y luego esperar que éste le entregue oro, plata y perlas de oriente a cambio de ron y rifles. Ahora bien, en la proporción en que el capitalismo cubre toda la tierra, enlaza grandes poblaciones y es dirigido por sistemas centralizados, se acentúa más y más el parecido de su funcionamiento con el de las solitarias figuras de la isla. Si realmente disminuye el comercio con los nativos hasta hacer necesario que también bajen los salarios de los nativos, sólo podemos decir que si la excusa es verdadera el caso es algo más trágico que si fuera falsa. Sólo podemos decir que entonces Crusoe está ciertamente solo y que Viernes es incuestionablemente desgraciado.
Considero muy importante que la gente comprenda que existe un principio que obra detrás de las perturbaciones industriales de la Inglaterra de nuestros días; y sea quien sea el que acierte o se equivoque en determinada disputa, no hay persona ni partido determinado responsable de que se haya malogrado nuestro experimento comercial. Es un círculo vicioso en el cual caerá por fin la sociedad asalariada cuando comience a perder beneficios y a bajar salarios; y aunque algunos países industriales todavía son suficientemente ricos como para permanecer ignorantes de la tensión latente, es sólo porque su desarrollo está incompleto; cuando lleguen a la meta se encontrarán con el enigma. En nuestro país, que es lo que más importa a la mayoría de nosotros, ya estamos cayendo en ese círculo vicioso de salarios que bajan y de demanda que decrece. Y como voy a indicar aquí, aunque de manera incompleta, la forma de escapar de esta trampa que se va cerrando lentamente, y porque sé algunas de las cosas que comúnmente se dicen acerca de tales sugerencias, tengo sobrada razón para recordar al lector todas estas cosas en este momento.
«¡Seguro! ¡Claro que no es seguro! Hay poca probabilidad de burlar la horca». Tal fue la destemplada exclamación del capitán Wicks en la novela de Stevenson; y el mismo novelista puso en boca de Alan Breck Stewart una muestra de candor similar. «Pero cuidado, que no es poca cosa; dormirá al raso y sobre el suelo duro... y tendrá que hacerlo con una mano sobre las armas. Sí, hombre; arrastraremos muchos pies cansados o nos sacarán. Le digo esto desde el principio porque es una vida que conozco bien. Pero si me pregunta qué otra oportunidad tiene, le diré: ninguna».
Yo mismo me siento tentado a veces de hablar de esta forma brusca, después de haber escuchado largas y meditadas disquisiciones que ponen en duda la perfección detallada del Estado distributivo, comparado con la gran felicidad y la tranquilidad definitiva que coronan el actual Estado capitalista e industrial. La gente nos pregunta cómo nos apañaríamos con las torpes faenas de los muelles, y qué ofreceríamos para remplazar la resplandeciente popularidad de lord Davenport y la paz industrial permanente del puerto de Londres. Aquellos que nos preguntan qué haremos con los muelles pocas veces parecen preguntarse qué harían los muelles consigo mismos si nuestro comercio decayera constantemente, como el de tantas ciudades comerciales del pasado. Otros nos preguntan cómo trataríamos con obreros que poseyeran acciones de una empresa que podría arruinarse. Nunca se les ocurre responder a su propia pregunta, en un Estado capitalista en el cual empresa tras empresa se van arruinando. Nosotros tenemos que solucionar las posibilidades menores y más remotas de nuestra sociedad más simple y estática, en tanto que ellos no solucionan las realidades más importantes y urgentes de la suya propia, compleja y decadente. Tienen curiosidad por saber los detalles de nuestro proyecto, y desean establecer de antemano una casuística para todas las excepciones. Pero no se atreven a mirar de frente sus propios sistemas, en los cuales la ruina se ha hecho regla. Otros desean saber si se permitirá que en nuestra utopía exista una máquina en tal o cual condición: como muestra de museo, o como juguete de cuarto de niño, o como «utensilio de tortura del siglo XX» en la cámara de los horrores. Pero aquellos que tan ansiosamente preguntan cómo trabajarán los hombres sin máquinas no nos dicen cómo trabajarán las máquinas si los hombres no las dirigen, o cómo trabajarán tanto máquinas como hombres si no hay trabajo. Están tan impacientes por descubrir los puntos flacos de nuestra propuesta que todavía no han descubierto ningún punto fuerte en su propio sistema. Es extraño que nuestra vana y sentimental fantasía sea tan vívida para estos realistas, al punto de que pueden verla en todos sus detalles, y que su propia realidad sea tan vaga que no puedan verla en absoluto; que no puedan ver el hecho más evidente y abrumador de ella: que ya no existe.
Porque una de las bromas pesadas de la situación  consiste en que nos reprochan a nosotros aquello que es especial y particularmente cierto en ellos. Nos acusan continuamente de que creamos posible volver al pasado, o a la simplicidad bárbara y la superstición del pasado, aparentemente con la idea de que queremos revivir el siglo IX. Pero ellos creen realmente que pueden hacer volver el siglo XIX. Están diciéndonos continuamente que tal o cual tradición se ha perdido para siempre, que tal o cual oficio o creencia ha desaparecido; pero no se atreven a enfrentarse al hecho de que su propio comercio vulgar y de menudeo se ha acabado para siempre. Si hablamos de un renacimiento de la fe, o de un renacimiento del catolicismo, nos llaman reaccionarios, pero siguen encabezando con toda calma sus periódicos con la cantinela del renacimiento comercial. ¡Qué grito que viene del pasado distante! ¡Qué voz salida de la tumba! No tienen motivo alguno para creer que se producirá un renacimiento del comercio, salvo que a sus bisabuelos les hubiera resultado imposible creer en la decadencia del comercio. No tienen motivos para suponer que nos haremos más ricos, excepto el de que nuestros antepasados no nos prepararon para la perspectiva de que nos volviéramos más pobres. Sin embargo, son ellos quienes nos culpan siempre de depender, por tradición sentimental, del juicio de nuestros antepasados. Son ellos quienes rechazan de continuo los ideales sociales por el mero hecho de haber sido ideales sociales de una época anterior. Siempre están diciéndonos que el molino no volverá a sacar el agua que pasó, sin advertir que sus propios molinos ya están ociosos y no sacan absolutamente nada, como los molinos en ruinas de algún evaporado paisaje victoriano primitivo, apropiados para su evaporada cita victoriana primitiva. Siempre están diciéndonos que al oponernos al capitalismo y al mercantilismo hacemos como Canuto cuando increpaba a las olas; y ni siquiera saben que la Inglaterra de Cobden ya está tan muerta como la Inglaterra de Canuto. Buscan siempre hundirnos en las corrientes, arrasarnos con esas metáforas fastidiosas e insípidas de la marea y el tiempo, exactamente como si ellos pudieran disponer el retorno de los ríos que han dejado atrás nuestras ciudades, o exigir a los siete mares que vuelvan a su fidelidad al tridente, o refrenar otra vez, con oro para la minoría y hierro para la mayoría, el rugiente río del Clyde.
Bien podemos sentirnos tentados a emplear la exclamación del capitán Wicks. No estamos escogiendo  entre unos posibles labradores y un comercio próspero. Estamos eligiendo entre unos labradores que tal vez tengan éxito y un comercio que ya ha fracasado. No nos esforzamos por alejar a los hombres de una tarea floreciente, tentándolos con una fiesta en la Arcadia o con una utopía de tipo campesino. Estamos tratando de insinuar que hay que volver a empezar otra vez cuando un negocio en quiebra ha quebrado realmente. No vemos ninguna razón para suponer que el comercio inglés recobrará su predominio del siglo XIX, excepto la del mero sentimentalismo victoriano y esa particular especie de mentira que los diarios llaman «optimismo». Nos insultan por tratar de volver a las condiciones de la Edad Media, como si intentáramos volver a los arcos y a la armadura de la Edad Media. Pues bien, los yelmos ya han vuelto, y la armadura puede volver; y las flechas y los arcos tienen que volver largo tiempo antes de que se produzca un retorno a aquel momento afortunado gracias al cual viven. Es tan probable que se llegue a la conclusión, por algún accidente, de que el arco largo es superior al rifle, como que el acorazado pueda por más tiempo dominar las aguas sin tener en cuenta el aeroplano. El sistema mercantil daba por hecha la seguridad de nuestras rutas comerciales; y eso implicaba la superioridad de nuestra marina nacional. Cualquiera que mire los hechos de frente sabe que la aviación ha alterado toda la teoría de esa defensa marítima. Todo el enorme y terrible problema de una gran población en una pequeña isla que depende de importaciones inseguras es tanto un problema para los capitalistas y colectivistas como para los distributistas. No proponemos aldeas modélicas como parte de un tranquilo sistema de urbanización. Estamos acometiendo al enemigo desde una ciudad sitiada, espada en mano: atacando la ruina de Cartago. « ¡Seguro! ¡Claro que no es seguro! Hay poca probabilidad de burlar la horca».
No creo improbable que, de cualquier modo, vuelva otra vez una vida social más simple, aunque vuelva por el camino de la ruina. Creo que el espíritu encontrará otra vez la simplicidad, aunque sea en la Edad Media. Pero somos cristianos, y nos inquieta tanto el cuerpo como el alma; somos ingleses y no queremos, si podemos evitarlo, que el pueblo inglés sea sólo el pueblo de las ruinas. Y deseamos fervorosamente que se considere si puede producirse la transición a la luz de la razón y de la tradición; si todavía podemos hacer deliberadamente y bien lo que la Némesis hará ruinosamente y sin piedad; si podemos tender un puente desde estas cuestas inclinadas y resbaladizas hasta la tierra más libre y firme de más allá, sin consentir todavía que nuestra nobilísima nación descienda hasta ese valle de humillación en el cual las naciones desaparecen de la historia. Con este propósito, convencidísimos de nuestros principios y sin vergüenza de quedar expuestos a que se nos discuta su aplicación, hemos llamado a consejo a nuestros compañeros.






“Los Miserables” Víctor Hugo (5) y (6).



La prudencia aconseja a la sabiduría.

Aquella noche el obispo de D., después de dar un paseo por la ciudad, permaneció hasta bastante tarde encerrado en su cuarto. A las ocho trabajaba todavía con un voluminoso libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloire entró, según su costumbre, a sacar la plata del cajón colocado junto a la cama.
                Poco después el obispo, sabiendo que su hermana lo esperaba para cenar, cerró su libro y entró en el comedor. En ese momento, la señora Magloire hablaba con singular viveza. Se refería a un asunto que le era familiar, y al cual el obispo estaba ya acostumbrado. Se trataba del cerrojo de la puerta principal.
                Parece que yendo a hacer algunas compras para la cena había oído referir ciertas cosas en distintos sitios. Se hablaba de un vagabundo de mala catadura; se decía que había llegado un hombre sospechoso, que debía estar en alguna parte de la ciudad, y que podía tener un mal encuentro los que aquella noche se olvidaran de recogerse temprano y de cerrar bien sus puertas. 



PRIMERA PARTE
Fantina.
LIBRO SEGUNDO
La caída
II
La prudencia aconseja a la sabiduría.

Aquella noche el obispo de D., después de dar un paseo por la ciudad, permaneció hasta bastante tarde encerrado en su cuarto. A las ocho trabajaba todavía con un voluminoso libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloire entró, según su costumbre, a sacar la plata del cajón colocado junto a la cama.
                Poco después el obispo, sabiendo que su hermana lo esperaba para cenar, cerró su libro y entró en el comedor. En ese momento, la señora Magloire hablaba con singular viveza. Se refería a un asunto que le era familiar, y al cual el obispo estaba ya acostumbrado. Se trataba del cerrojo de la puerta principal.
                Parece que yendo a hacer algunas compras para la cena había oído referir ciertas cosas en distintos sitios. Se hablaba de un vagabundo de mala catadura; se decía que había llegado un hombre sospechoso, que debía estar en alguna parte de la ciudad, y que podía tener un mal encuentro los que aquella noche se olvidaran de recogerse temprano y de cerrar bien sus puertas.
– Hermano, ¿oyes lo que dice la señora Magloire?, –preguntó la señorita Baptistina.
– He oído vagamente algo –contestó el obispo.
Después, levantando su rostro cordial y francamente alegre, iluminado por el resplandor del fuego, añadió: 
– Veamos, ¿qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro?
                Entonces la señora Magloire comenzó de nuevo su historia, exagerándola un poco sin querer y sin advertirlo. Se decía que un gitano, un desarrapado, una especie de mendigo peligroso, se hallaba en la ciudad. Había tratado de quedarse en la posada, donde no se le quiso recibir. Se le había visto vagar por las calles al oscurecer. Era un hombre de aspecto terrible, con un morral y un bastón.
– ¿De veras? –dijo el obispo.
– Y como monseñor nunca pone llave a la puerta y tiene la costumbre de permitir siempre que entre cualquiera…
En ese momento se oyó llamar a la puerta con violencia.
– ¡Adelante!, –dijo el obispo.

PRIMERA PARTE
Fantina.
LIBRO SEGUNDO
La caída
III
Heroísmo de la obediencia pasiva.

                La puerta se abrió. Pero se abrió de par en par, como si alguien la empujase con energía y resolución. Entró un hombre. A este hombre lo conocemos ya. Era el viajero a quien hemos vistos vagar buscando asilo. Entró, dio un paso y se detuvo, dejando detrás de sí la puerta abierta.
                Llevaba el morral a la espalda; el palo en la mano; tenía en los ojos una expresión ruda, audaz, cansada y violenta. Era una aparición siniestra.
                La señora Magloire no tuvo fuerzas para lanzar un grito. Se estremeció y quedó muda e inmóvil como una estatua.
                La señorita Baptistina se volvió, vio al hombre que entraba, y medio se incorporó, aterrada.
                Luego miró a su hermano, y su rostro adquirió una expresión de profunda calma y serenidad.
                El obispo fijaba en el hombre una mirada tranquila.
                Al abrir los labios sin duda para preguntar al recién llegado lo que deseaba, éste apoyó ambas manos en su garrote, posó su mirada en el anciano y luego en las dos mujeres, y sin esperar a que el obispo hablase dijo en alta voz: 
                – Me llamo Jean Valjean: soy presidiario. He pasado en presidio diecinueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me dirijo a PONTARLIER. Vengo caminando desde TOLÓN. Hoy anduve doce leguas a pie. Esta tarde, al llegar a esta ciudad, entré en una posada, de la cual me despidieron a causa de mi pasaporte amarillo, que había presentado en la alcaldía, como es preciso hacerlo. Fui a otra posada, y me echaron fuera lo mismo que en la primera. Nadie quiere recibirme. He ido a la cárcel y el carcelero no me abrió. Me metí en una perrera y el perro me mordió. Parece que sabía quién era yo. Me fui al campo para dormir al cielo raso, pero ni aun eso me fue posible, porque creí que iba a llover y que no habría un buen Dios que impidiera la lluvia; y volví a entrar en la ciudad para buscar en ella el quicio de una puerta. Iba a echarme ahí en la plaza sobre una piedra, cuando una buena mujer me ha señalado vuestra casa, y me ha dicho: llamad ahí. He llamado: ¿Qué casa es ésta? ¿Una posada? Tengo dinero. Ciento nueve francos y quince sueldos que he ganado en presidio con mi trabajo en diecinueve años. Pagaré. Estoy muy cansado y tengo hambre: ¿queréis que me quede?
                – Señora Magloire –dijo el obispo– poned un cubierto más.
                El hombre dio unos pasos, y se acercó al velón que estaba sobre la mesa.
                – Mirad –dijo–, no me habéis comprendido bien: soy un presidiario. Vengo de presidio y sacó del bolsillo una gran hoja de papel amarillo que desdobló–. Ved mi pasaporte amarillo: esto sirve para que me echen de todas partes. ¿Queréis leerlo? Lo leeré yo; sé leer, aprendí en la cárcel. Hay allí una escuela para los que quieren aprender. Ved lo que han puesto en mi pasaporte: “Jean Valjean, presidiario cumplido, natural de...”, esto no hace al caso… “Ha estado diecinueve años en presidio: cinco por robo con fractura, catorce por haber intentado evadirse cuatro veces. Es hombre muy peligroso.” Ya lo veis, todo el mundo me tiene miedo. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esta una posada? ¿Queréis darme comida y un lugar donde dormir? ¿Tenéis un establo?
                – Señora Magloire –dijo el obispo–, pondréis sábanas limpias en la cama de la alcoba.
                La señora Magloire salió sin chistar a ejecutar las órdenes que había recibido.
                El obispo se volvió hacia el hombre y le dijo: 
                – Caballero, sentaos junto al fuego; dentro de un momento cenaremos, y mientras cenáis, se os hará la cama.
                La expresión del rostro del hombre, hasta entonces sombría y dura, se cambió en estupefacción, en duda, en alegría. Comenzó a balbucear como un loco:
– ¿Es verdad? ¡Cómo! ¿Me recibís? ¿No me echáis? ¿A mí? ¿A un presidiario? ¿Y me llamáis caballero? ¿Y no me tuteáis? ¿Y no me decís: “¡Sal de aquí, perro!” como acostumbran decirme? Yo creía que tampoco aquí me recibirían; por eso os dije en seguida lo que soy. ¡Oh, gracias a la buena mujer que me envió a esta casa voy a cenar y a dormir en una cama con colchones y sábanas como todo el mundo! ¡Una cama! Hace diecinueve años que no me acuesto en una cama. Sois personas muy buenas. Tengo dinero: pagaré bien. Dispensad, señor posadero: ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un hombre excelente. Sois el posadero, ¿no es verdad?
                – Soy –dijo el obispo– un sacerdote que vive aquí. 
– ¡Un sacerdote!, –dijo el hombre– ¡Oh, un buen sacerdote! Entonces ¿no me pedís dinero? Sois el cura, ¿no es esto? ¿El cura de esta iglesia?
                Mientras hablaba había dejado el saco y el palo en un rincón, guardado su pasaporte en el bolsillo y tomado asiento. La señora Baptistina lo miraba con dulzura. 
                – Sois muy humano, señor cura –continuó diciendo–; vos no despreciáis a nadie. Es gran cosa un buen sacerdote. ¿De modo que no tenéis necesidad de que os pague?
                – No –dijo el obispo-, guardad vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? ¿No me habéis dicho que ciento nueve francos?
                - Y quince sueldos –añadió el hombre.
                – Ciento nueve francos y quince sueldos. ¿Y cuánto tiempo os ha costado ganar ese dinero?
                – ¡Diecinueve años!
                El obispo suspiró profundamente. El hombre prosiguió:
                – Todavía tengo todo mi dinero. En cuatro días no he gastado más que veinticinco suelos, que gané ayudando a descargar unos carros en GRASSE.
                El obispo se levantó a cerrar la puerta, que había quedado completamente abierta.
                La señora Magloire volvió, con un cubierto que puso en la mesa.
                – Señora Magloire –dijo el obispo–, poned ese cubierto lo más cerca posible de la chimenea –y se volvió hacia el huésped–. El viento de la noche es muy crudo en los Alpes. ¿Tenéis frío, caballero?
                Cada vez que pronunciaba la palabra caballero con voz dulcemente grave, se iluminaba la fisonomía del huésped. Llamar caballero a un presidiario, es dar un vaso de agua a un náufrago de la Medusa. La ignominia está sedienta de consideración. 
                – Esta luz alumbra muy poco –prosiguió el obispo.
                La señora Magloire lo oyó; tomó de la chimenea del cuarto de Su Ilustrísima los dos candelabros de plata, y los puso encendidos en la mesa. 
                – Señor cura –dijo el hombre–, sois bueno; no me despreciáis, me recibís en vuestra casa. Encendéis las velas para mí. Y sin embargo, no os he ocultado de donde vengo, y que soy un miserable.
                El obispo, que estaba sentado a su lado, le tocó suavemente la mano:  
                – No tenéis que decirme quien sois. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Esa puerta no pregunta al que entra por ella si tiene un nombre, sino si tiene algún dolor. Padecéis; tenéis hambre y sed; pues sed bienvenido. No me lo agradezcáis; no me digáis que os recibo en mi casa. Aquí no está en su casa más que el que necesita asilo. Vos que pasáis por aquí, estáis en vuestra casa más que en la mía. Todo lo que hay aquí es vuestro. ¿Para qué necesito saber vuestro nombre? Además, tenéis un nombre que antes que me lo dijeseis ya lo sabía.
                El hombre abrió sus ojos asombrado.
                – De veras? ¿Sabíais cómo me llamo?
                – Sí –respondió el obispo–, ¡os llamáis mi hermano!
                – ¡Ah, señor cura!,  –exclamó el viajero–. Antes de entrar aquí tenía mucha hambre, pero sois tan bueno que ahora no sé lo que tengo. El hambre se me ha pasado.
                El obispo lo miró y le dijo:
                – ¿Habéis padecido mucho?
                – ¡Mucho! ¡La chaqueta roja, la cadena al pie, una tarima para dormir, el calor, el frío, el trabajo, los apaleamientos, la doble cadena por nada, el calabozo por una palabra, y, aun enfermo en la cama, la cadena! ¡Los perros, los perros son más felices! ¡Diecinueve años! Ahora tengo cuarenta y seis, y un pasaporte amarillo.
                – Sí –replicó el obispo– salís de un lugar de tristeza. Pero sabed que hay más alegría en el cielo por las lágrimas de un pecador arrepentido, que por la blanca vestidura de cien justos. Si salís de ese lugar de dolores con pensamientos de odio y de cólera contra los hombres, seréis digno de lástima; pero si salís con pensamientos de caridad, de dulzura y de paz, valdréis más que todos nosotros.
                Mientras tanto la señora Magloire había servido la cena; una sopa hecha con agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, un queso fresco, y un gran pan de centeno.
                A la comida ordinaria del obispo había añadido una botella de vino añejo de MAUVES.
                La fisonomía del obispo tomó de repente la expresión de dulzura propia de las personas hospitalarias:
                – A la mesa –dijo con viveza, según acostumbraba cuando cenaba con algún forastero; e hizo sentar al hombre a su derecha. La señorita Baptistina, tranquila y naturalmente, tomó asiento a su izquierda.
                El obispo bendijo la mesa, y después sirvió la sopa según su costumbre. El hombre empezó a comer ávidamente. 
                – Me parece que falta algo en la mesa –dijo el obispo de repente.
                La señora Magloire no había puesto más que los tres cubiertos absolutamente necesarios. Pero era costumbre de la casa, cuando el obispo tenía algún convidado, poner en la mesa los seis cubiertos de plata. Esta graciosa ostentación de lujo era casi una niñería simpática en aquella casa tranquila y severa, que elevaba la pobreza hasta la dignidad.
                La señora Magloire comprendió la observación, salió sin decir una palabra, y un momento después los tres cubiertos pedidos por el obispo lucían en el mantel, colocados simétricamente ante cada uno de los comensales.
                Al fin de la cena, monseñor Bienvenido dio las buenas noches a su hermana, cogió uno de los dos candeleros de plata que había sobre la mesa, dio el otro a su huésped y le dijo: 
                – Caballero, voy a enseñaros vuestro cuarto.
                El hombre lo siguió.
                En el momento en que atravesaban el dormitorio del obispo, la señora Magloire cerraba el armario de la plata que estaba a la cabecera de la cama. Lo hacía cada noche antes de acostarse.
                El obispo instaló a su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia lo esperaba. El hombre puso la luz sobre una mesita.
                – Bien –dijo el obispo–, que paséis buena noche. Mañana temprano, antes de partir, tomaréis una taza de leche de nuestras vacas, bien caliente.
                – Gracias, señor cura –dijo el hombre.
                Pero apenas hubo pronunciado estas palabras de paz, súbitamente, sin transición alguna, hizo un movimiento extraño, que hubiera helado de espanto a las dos santas mujeres si hubieran estado presentes. Se volvió bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y fijando en él una mirada salvaje, exclamó con voz ronca:
                – ¡Ah! ¡De modo que me alojáis en vuestra casa y tan cerca de vos!
                Calló un momento, y añadió con una sonrisa que tenía algo de monstruosa:
                – ¿Habéis reflexionado bien? ¿Quién os ha dicho que no soy un asesino?
                El obispo respondió: 
                – Ese es problema de Dios.
                Después, con toda gravedad, bendijo con los dedos de la mano derecha a su huésped, que ni aun dobló la cabeza, y sin volver la vista atrás entró en su dormitorio.
                Hizo una breve oración, y un momento después estaba en su jardín, donde se paseó meditabundo, contemplando con el alma y con el pensamiento los grandes misterios que Dios descubre por la noche a los ojos que permanecen abiertos.
                En cuanto al hombre, estaba tan cansado que ni aprovechó aquellas blancas sábanas. Apagó la luz soplando con la nariz como acostumbran los presidiarios, se dejó caer vestido en la cama, y se quedó profundamente dormido. Era medianoche cuando el obispo volvió del jardín a su cuarto.
                Algunos minutos después, todos dormían en aquella casa.

Biografía de Wikipedia.

Víctor Hugo.
Joven escritor. Los años del teatro.

Joven escritor.
Los años de separación de su padre lo habían acercado a su madre, y la muerte de ella, el 27 de junio de 1821, le afectó profundamente.
Contrajo matrimonio el 12 de octubre de 1822 con una amiga de la infancia, Adèle Foucher, nacida en 1803, con la que tuvo cinco hijos:   
Léopold (16 de julio de 1823-10 de octubre de 1823);    
Leopoldina (28 de agosto de 1824-4 de septiembre de 1843);     
Charles (4 de noviembre de 1826-13 de marzo de 1871);    
François-Víctor (28 de octubre de 1828-26 de diciembre de 1873);    
Adèle (28 de julio N 2 de 1830-21 de abril de 1915), la única que sobrevivirá a su padre, pero cuyo estado mental, que decaerá muy pronto, le conllevará muchos años de ingreso en centros de salud.
Este matrimonio llevó a su hermano Eugene, que pretendía también a esa misma dama, a la locura, una esquizofrenia que tuvo como consecuencia su reclusión hasta su muerte en 1837.
Ese año comenzó la redacción de Han de Islandia (publicado en 1823) que recibió una tibia acogida. Una bien argumentada crítica de Charles Nodier, es el motivo de un encuentro entre ambos escritores y del nacimiento de su amistad, y participa con él en las reuniones del cenáculo de la Bibliothèque de l'Arsenal (parte de la Biblioteca Nacional de Francia), cuna del Romanticismo. Ésta amistad dura hasta 1827-1830, cuando Nodier comienza a ser muy crítico con las obras de Hugo. Durante este período, Víctor se reconcilia con su padre, que le inspirará los poemas “Odas a mi padre” y “Après la bataille”. Su padre fallece en 1828.
Cromwell”, obra que publica en 1827, arma un escándalo. En el prefacio de este drama, Hugo se opone a las convenciones clásicas, en particular a las unidades aristotélicas de tiempo y lugar, y establece los primeros fundamentos de su drama romántico. En los tres años siguientes, Hugo se asegurará la dirección del movimiento romántico en Francia y la supremacía en todos los géneros literarios. En la lírica, con la edición definitiva de “Odas y baladas” (1828) y, sobre todo, las “Orientales” (1829); en teatro, con el drama romántico “Hernani” (febrero de 1830), seguido de “Marion de Lorme” (1831); en narrativa, con la novela histórica “Nuestra Señora de París” (marzo de 1831).
La pareja recibe a menudo y traba amistad con el crítico Sainte–Beuve, con el poeta Lamartine, con el maestro de la novela corta Mérimée, con el poeta Musset o con el pintor Delacroix. Su esposa Adèle mantiene una relación amorosa con Sainte-Beuve que tiene lugar durante el año 1831. Entre 1826 a 1837, la familia pasa temporadas con frecuencia en el Château des Roches en Bièvres, propiedad de Louis-François Bertín, director del periódico Journal des débats. Durante estas estancias, Hugo se encuentra con personajes como el compositor Berlioz, el prosista Chateaubriand, y los pianistas y compositores Liszt y Giacomo Meyerbeer, y escribe colecciones de poesía entre las que se encuentra “Las hojas de otoño”.
En 1829 publica la colección de poemas “Los orientales”. “El último día de un condenado a muerte” aparece el mismo año y es seguida por Claude Gueux en 1834; en estas dos novelas cortas, Hugo muestra su rechazo hacia la pena de muerte. La novela “Nuestra Señora de París” se publica en 1831.
Los años del teatro.  
Ya en 1828, había montado una obra de juventud, “Amy Robsart” y, aunque también publica colecciones de poesías, como “Las hojas de otoño” (1831), “Los cantos del crepúsculo” (1835), “Las voces interiores” (1837), “Los rayos y las sombras” (1840), entre 1830 y 1843, Hugo se dedica casi exclusivamente al teatro.
En 1830 es el año de estreno de “Hernani”, obra que fue motivo de una larga serie de conflictos y enfrentamientos en torno a la estética teatral entre los «clásicos», partidarios de una jerarquización estricta de los géneros teatrales, y los «modernos», la nueva generación de románticos que, encabezados por Théophile Gautier, aspiraban a una revolución del arte dramático y se agrupaban en torno a Víctor Hugo; el triunfo de la Revolución de 1830 facilitará las cosas. Estos conflictos pasaron a la historia de la literatura bajo el nombre de «La batalla de Hernani». “Marion de Lorme”, prohibida inicialmente en 1829, se estrenó en 1831 en el Teatro de la Porte Saint-Martin y “El rey se divierte” en 1832 en el Théâtre–Français, pieza que fue prohibida inmediatamente después de su estreno, lo que servirá a Hugo para indicar en el prefacio de su edición original de 1832: «La aparición de este drama en el teatro dio motivo a un acto ministerial inaudito. Al día siguiente de su estreno remitió al autor, Jouslin de la Salle, director de escena del Teatro Francés, el siguiente oficio, cuyo original conserva: "En este momento, que son las diez y media, acabo de recibir la orden de suspender las representaciones de “El rey se divierte”, que me comunica H. Taillor en nombre del ministro. Hoy 23 de noviembre."».
En 1833 conoce a la actriz Juliette Drouet, que se convierte en su amante y le consagrará su vida. Drouet lo salvará del encarcelamiento durante el golpe de Estado de Napoleón III. Hugo escribirá para ella numerosos poemas. Ambos pasan juntos cada aniversario de su encuentro y completan, año tras año, un cuaderno común que titulan cariñosamente Libro del aniversario. Además de Juliette, Hugo contó con numerosas amantes.
Lucrecia Borgia” y “María Tudor” se estrenaron en el Teatro de la Porte Saint-Martin en 1833, y “Angelo, tirano de Padua” en el Théâtre-Français en 1835. Ante la falta de escenarios para representar los nuevos dramas, cuya puesta en escena es compleja y costosa por la cantidad de escenografía y tramoya que exige la ruptura de las unidades, Hugo decide, junto con Alejandro Dumas, también hijo de un general napoleónico, crear una sala dedicada al drama romántico. Aténor Joly recibe, por orden ministerial, el privilegio que autoriza la creación del Théâtre de la Renaissance en 1836, donde se representará, en 1838, Ruy Blas.
Hugo accede a la Academia francesa en 1841, después de tres tentativas que resultaron infructuosas, esencialmente a causa de un grupo de académicos entre los que se encontraba el escritor costumbrista Étienne de Jouy, que se oponían al romanticismo y lo combatían ferozmente.
Para Hugo 1843 fue un año funesto; en marzo se estrenó “Los burgraves”, obra que no recibe el éxito esperado. Durante la creación de todas sus obras, Hugo se enfrenta contra todo tipo de dificultades materiales y humanas, como teatros poco propicios a los espectáculos de envergadura o reticencias de los actores franceses ante la audacia de sus dramas, y sus piezas reciben silbidos a menudo por parte de un público poco sensible al drama romántico, aunque también reciben por parte de sus admiradores vigorosos aplausos. El 4 de septiembre de 1843, Leopoldina muere trágicamente en Villequier, en el río Sena, ahogada junto con su marido Charles Vacquerie tras el naufragio de su barco. Hugo se encontraba entonces en los Pirineos con Juliette Drouet, y se entera por la prensa de la muerte de su hija. El escritor se ve afectado terriblemente por esta muerte, que le inspirará varios poemas de “Las contemplaciones” —particularmente, «Mañana, desde el alba»—. Desde esta fecha y hasta su exilio en 1851, Hugo no publicará nada, aunque seguirá escribiendo furiosamente; no estrena teatro, no imprime novelas ni colecciones de poemas. Algunos autores ven en la muerte de Leopoldina y el fracaso de “Los burgraves” una posible razón de este desafecto del autor hacia la creación literaria, mientras que otros ven más bien una posible atracción hacia la política, actividad que le ofrecería otra tribuna a sus actividades. Es verdad que en 1845 fue nombrado Par de Francia y en 1848 no es todavía el furibundo republicano que llegará a ser.
 



Sabiduria.

Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender

– Contra hidalguía en verso -dijo el Diablillo- no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes. (Luis Vélez de Guevara – 1641)

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